Ni marcas, ni cicatrices. Enrico sonreía con insolencia pese a estar desnudo y atado a una silla en un sótano frío. El mafioso italiano con aspecto de actor de segunda o cantante de tango, probablemente se creía intocable, claro que Zephyr no necesitaba tocarlo para sacar información de él. Había recuperado la frialdad y su rostro cansado volvía a mostrarse distante.
Entró en la habitación pequeña y sin ventanas donde Kurage vigilaba al mafioso italiano. Estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda recta. El sombrero de mimbre cubría sus ojos vendados, pero eso no suponía ninguna diferencia, era consciente de todo lo que sucedía en la habitación. Nada más cruzar el umbral de la puerta la shaman Medusa levantó la cabeza y la miró.
Sostuvo su mirada en igualdad de condiciones. Para la shaman de pelo blanco, ella sólo era Serpiente alada. Imaginó cómo sería conocer el mundo sólo a través del tamiz espiritual, pasar de la oscuridad perpetua a la intensidad casi dolorosa del mundo espiritual. Allí Kurage no tenía ojos, pero eso no quería decir que no pudiese ver o sentir. Su pelo blanco y largo se había transformado en tentáculos que flotaban alrededor de su cuerpo mecidos por una corriente de agua inexistente.
- Te esperaba - dijo inclinando la cabeza en señal de reconocimiento.
- ¿Vamos a montar un trío? - Se burló Enrico desde la silla.
Kurage levantó la mano y uno de sus tentáculos se enrolló alrededor de la boca de Enrico. Sus pupilas se dilataron cuando le obligó a abrir la boca y se metió por su garganta. No podía ver los tentáculos pero podía sentirlos, metiéndose por su boca, descendiendo por su garganta, obligándole a permanecer callado y, más importante, recordándole que no tenía el control de la situación.
Zephyr se acercó a la mesa que había al fondo de la habitación. Sobre ella habían extendido un paño y colocado instrumental médico... o de tortura. Puede que pensasen que la vista de los escalpelos, agujas y tenazas intimidaría a Enrico lo suficiente para que hablase. O tal vez que lo usaría ella y después borraría las marcas. Fuera lo que fuese, nadie había utilizado aquellas herramientas con el italiano.
- Ya me encargo yo - dijo mientras giraba el escalpelo en la mano de forma pensativa.
Kurage sonrió bajo su sombrero de mimbre y recogió sus tentáculos. Enrico boqueó como un pez. La shaman se levantó y se llevó el dedo índice a los labios para indicarle silencio. Enrico la miró con un odio mal disimulado, pero permaneció en silencio.
- Estaré fuera.
Fue hacia la puerta ayudándose de un cayado que Zephyr sabía que no necesitaba, un arma más que una guía. Zephyr dejó el escalpelo en su lugar junto al resto del instrumental médico. No creía que fuera a necesitarlo, aunque la tentación de vengarse del hombre que había metido a su hermana en la prostitución y las drogas fuera muy grande. Kurage le dedicó otra de sus sonrisas enigmáticas y cerró la puerta tras ella.
- Por fin solos - Enrico sonrió de forma lasciva.
Intentaba provocarla, recuperar el control de la situación, aunque eso pudiera hacer que le rajaran todo el cuerpo. No le daría esa victoria. Arrastró una silla frente a él y se sentó, con los brazos apoyados en el respaldo, mirándole.
- Estás deseando ponerme las manos encima. En el fondo no eres más que una puta, como tu hermana.
- Yo no tentaría tu suerte.
Era una amenaza vacía porque, independientemente de lo que hiciera o dijese, la suerte de Enrico estaba echada y ella no podría vengarse. No sin echarlo todo a perder. El Koreano le había negado su posibilidad de vengarse y lo sabía, por eso sonreía.
- Tu padre tendría que haber aceptado mi oferta.- continuo el mafioso.
- Mi padre está muerto.
Enrico sonrió como si supiera algo que ella no y eso consiguió irritarla. Las serpientes de su forma espiritual serpentearon por sus brazos y sisearon de forma amenazadora, pero el italiano no podía verlas ni oírlas.
- Sólo porque no quiso pagar - Enrico sonrió de forma sádica - y al final ¿para qué? Me tiré a su hija mayor y habría hecho lo mismo contigo si no se la chuparas al Koreano.
-Basta, no me interesa.
Pero por la expresión de satisfacción de Enrico sabía que él creía que sí. Extendió la mano y dejó que la serpiente negra se deslizase desde ella hasta el cuello de Enrico. Se estremeció ligeramente ante el tacto suave y frío de la serpiente pero, al no ver nada, fingió que no lo había notado.
La serpiente blanca se deslizó detrás de su gemela negra hasta el cuerpo de Enrico. Ambas se deslizaban por la piel morena y desnuda del italiano mientras él se esforzaba en ignorarlo.
- Te han mandado para que me interrogues - afirmó - pero si quieres algo de mí vas a tener que soltarme.
Zephyr sonrió levemente mientras observaba a las serpientes enrollarse entorno a su cuello. Aquella manifestación de su máscara shamánica no era realmente necesaria, pero cuanto más cerca de la superficie más sencillo le era emplear los dones de Serpiente. Al igual que mantis podía emplear sus tentáculos para paralizar o causar temor, ella era capaz de extraer cualquier secreto de la mente de su víctima... siempre y cuando tuviera tranquilidad y tiempo.
- Me parece que no lo entiendes - comentó distraída mientras observaba a la serpiente negra subir lentamente por su nariz.
Enrico se removió incómodo. Tiraba de las ataduras intentando soltar su mano, si no hubiera estado atado se hubiera llevado la mano a la nariz para sacar a la serpiente de ahí.
- No te diré nada.
- No lo necesito. - Zephyr sonrió.
La serpiente blanca se introdujo por el oído. Zephyr hizo un gesto revelando su forma espiritual. Sacudió ligeramente las alas estirándolas y le miró con sus ojos serpentinos. La serpiente negra seguía subiendo por la fosa nasal. Enrico vio entonces las serpientes y gritó. Sacudió sin éxito la cabeza intentando sacarse las serpientes de encima, pero Zephyr sabía que no funcionaría. Las serpientes era sólo una manifestación espiritual, no estaban realmente en el mundo material, aunque Enrico sintiera el dolor como si de verdad estuvieran devorando su cerebro. Cuando el proceso terminase sabría todo lo que necesitaba y más. Sonrió de nuevo mirándole desde la silla.
- Veo que empiezas a entenderlo...