Se imponía un cambio de planes. Aguardó en la enfermería apoyada en la puerta. Estaba sola a excepción del elfo y se había asegurado que siguiera inconsciente por varias horas. Eso le daba tiempo para pensar.
Se quedó quieta con el oído pegado a la puerta. En el pasillo se podía escuchar la voz gutural del Troll, pero las respuestas de la elfa se perdían para ella. Estaba segura de que era la misma de su contrato: caucásica, metro setenta, morena, mismas facciones delicadas y mismos ojos que la holografía de su secretaria de bolsillo. Escuchó con atención, no terminaba de entender de qué estaban hablando pero parecía que la elfa Zephyr trabajaba para el Koreano…
Finalmente había localizado a uno de sus objetivos, pero lo que acababa de escuchar complicaba las cosas. Lo que la preocupaba no era que la hubiese visto, estaba claro que el troll sólo la conocía por su tapadera, aunque ella no le había reconocido, todas aquellas bestias le parecían iguales. No, lo que de verdad le preocupaba era la relación que la elfa pudiera tener con el Koreano.
Las voces dejaron de oírse y Verónica se apartó de la puerta para sentarse en una de las camillas vacías. En el poco tiempo que llevaba en aquel edificio le había quedado claro que el Koreano era mucho más que un simple matón, desde luego parecía alguien mucho más influyente y civilizado que el orco que la había contratado. Alguien con quién no convenía enemistarse. Además, era atractivo. Alto, cuerpo bien formado, moreno y, o si, para ella el poder siempre había sido un gran afrodisiaco. Definitivamente le habría preferido como contratador al orco que incluso con un traje caro seguía pareciendo un matón zafio. Claro que los negocios son negocios y ella tenía una reputación como cazarrecompensas…
Se levantó y comprobó el pulso del elfo, seguía estable. Mientras estuviera allí tendría que mantener su tapadera como médico callejera y siempre estaría bien un extra. El Koreano le había ofrecido una cantidad respetable por recomponer a sus luchadores, lo suficiente para vencer su repugnancia a la gente sudorosa y los trolls. Pero no lo suficiente como para que se olvidase de su contrato con el orco.
Comenzó a pasear por la enfermería mientras consideraba sus opciones. Estaba claro que tendría que esperar a que ella saliese de allí e iba a necesitar narcóticos. Cruzó la habitación y rebuscó en el botiquín de la enfermería. Probablemente no notarían si se llevaba alguna cosa.
Acababa de guardar los narcóticos en el bolso cuando la puerta se abrió de golpe. Miró sobresaltada y vio a un troll. No tenía ninguna herida y, por la ropa parecía el mismo troll que había visto con la elfa. Le sonrió falsamente a pesar del asco que le causaba su piel verrugosa, su nariz aplastada y sus colmillos amarillentos que sobresalían de su boca. Con suerte podría sonsacarle dónde había ido la elfa o alguna información, es decir, si es que sabía algo, porque sólo había ver que ver sus ojos bobalicones para darse cuenta que no era muy listo.
- El jefe quiere verte – gruñó
La doctora se levantó y se quitó la bata blanca que se había puesto para atender al elfo. Luego miró de reojo al troll preguntándose cómo sacar el tema de la elfa. Cogió su bolso y sonrió.
- ¿También combates? – dijo para romper el hielo.
Desde luego era lo suficiente grande como para combatir y ¿para qué otra cosa servían aquellas bestias?
- Yo no haría esperar al jefe. – gruñó de nuevo.
Verónica tuvo que ahorrarse un comentario cortante, estaba claro que aquel engendro no tenía ningún tipo de modales. Eran poco más que animales. Forzó una sonrisa.
- Entonces no le hagamos esperar. ¿Qué es lo que quiere?
El troll no respondió, se limitó a darse la vuelta y salir de la habitación. Verónica se quedó quieta por un segundo preguntándose de qué iba todo aquello hasta que el troll volvió a llamarla con su voz grave.
- ¿A qué esperas?
Le siguió a regañadientes hasta dos puertas dobles sin que sus intentos de conversación tuviesen ningún éxito. Allí se detuvo e hizo un gesto brusco indicándole que entrase. Le miró por encima del hombro cansada de perder su tiempo.
- Ya puedes irte – le dijo antes de entrar.
El despacho era grande y estaba decorado con buen gusto a excepción de la moqueta sintética. Le llamó la atención porque no parecía que el Koreano escatimase en gastos, el escritorio de madera era una antigüedad de mediados del siglo veinte y el sillón sobre el que se sentaba parecía de cuero auténtico. No, en una habitación tan lujosa como aquella una moqueta sintética estaba fuera de lugar.
El Koreano la estudió con sus ojos negros rasgados sin decir una palabra. Su expresión era fría, casi amenazadora, hasta el punto de que Verónica llegó a preguntarse si sabría porqué estaba allí. En ese caso la presencia del troll y el comentario de “a quién tenía que matar” cobraba un significado claro.
- Siéntese – la voz autoritaria del Koreano no admitía réplica.
Esperó unos segundos a que tomase asiento en una butaca tapizada de seda blanca. Sobre la mesa había servida una copa de Brandy añejo, caro, y una botella medio vacía del mismo Brandy. Había otro vaso vacío pero no le ofreció.
- Afirmó que tenía conocimientos médicos.
Verónica agachó la cabeza incapaz de sostener la mirada al Koreano. Parecía como si estuviese intentando comprobar su coartada, claro que ella tenía algo más que un título colgado en la pared para demostrar que sabía medicina y si no fuera por el maldito código deontológico habría podido ejercer en los mejores hospitales.
- Creo que ya lo he demostrado – respondió con su orgullo algo herido pero sin apartar la vista de la moqueta sintética.
El Koreano tamborileó con los dedos en la mesa y luego dio un trago de su copa como si intentase decidir algo.
- Bien. ¿Qué sabe de implantes?
La pregunta la tomó por sorpresa pero respiró aliviada. Poner implantes no era en absoluto su especialidad, por otra parte, considerando las chapuzas que se hacían en la calle y el amplio mercado que existía no le convenía cerrarse puertas.
- He hecho alguna cosa – respondió de forma ambigua.
- ¿Cómo qué?
El Koreano rellenó su copa mientras seguía con la mirada clavada en ella, de una forma inequívocamente fría, nada que pudiera considerar halagador. Deseó tener su propia copa pero no se atrevió a pedir que le sirviese un poco de Brandy en el vaso vacío. Tuvo que esforzarse para mantener su aplomo y describir dos intervenciones para injertar implantes de segunda mano del mercado negro.
- Lo habitual, miembros mecánicos y conectores - El Koreano volvió a tamborilear con los dedos en la mesa. – Tendrá que valer. Tengo un trabajo para usted, tarifa estándar por la implantación de un brazo y una pierna.
Pulsó un botón debajo de la mesa y se abrió un panel en la pared revelando una computadora. Sin esperar a una respuesta transfirió los datos al telecom de la doctora. Verónica miró al Koreano impecablemente vestido con un traje que costaba más de lo que muchos ganaban en un mes, estaba claro que estaba acostumbrado a que nadie le discutiese o negase nada. Por otra parte, si hacía ese trabajo para él puede que consiguiese mejores trabajos en el futuro. Abrió su telecom y miró los datos. Le costó no sonreír, acababan de servirle a uno de sus objetivos en bandeja…