sábado, diciembre 29, 2007

C114-Enma Christler 00: 53

El agua caliente sobre sus músculos cansados ayudó a que liberase algo de la tensión acumulada. Incluso aunque aquella ducha no tuviera hidromasaje como la de su apartamento, ver como la suciedad y la sangre resaca se iban por el desagüe la hacía sentirse mejor. Mientras estaba bajo el chorro de agua podía pensar que todo había sido una pesadilla, que Steve seguía vivo, que mañana rodaba un anuncio de cosmética y que los índices de audiencia de este mes habían aumentado un punto. Twitch volvió a aporrear la puerta del baño.

- Vas a acabar con el agua caliente

No respondió, permaneció con los ojos fijos en las baldosas blancas del baño mientras el agua caía sobre ella, sin ser realmente consciente del tiempo que llevaba allí. Hasta que las llamadas se hicieron demasiado insistentes para seguir ignorándolas. No podía permanecer allí para siempre, tarde o temprano tendría que salir y afrontar todo lo que había sucedido. Terminó de aclararse el pelo y salió de la ducha.

Los de la emisora pirata le habían dejado algo de ropa, unos vaqueros que le quedaban largos y un jersey gris ancho que no le estaba del todo mal que supuso serían de la tal Zephyr. Supuso que debía sentirse afortunada de tener ropa limpia. Viendo el cuchitril en el que se escondían ya era mucho. No es que hubiera esperado unas instalaciones de lujo, pero de algún modo resultaba contradictorio que tuvieran un equipo de emisión de última generación escondido en un sótano cutre de unos grandes almacenes abandonados.

Le había echado un vistazo antes de que la sacaran de la sala. Había pocos equipos con una señal tan potente, principalmente porque no resultaba rentable y las emisoras legales tenían anchos de banda asignados. Pero ella tenía su propia experiencia retransmitiendo en lugares donde se interceptaba la señal y estaba segura de que ese equipo incluso podría interceptar la señal de una de las grandes emisoras. Eso le hacía pensar que aquella emisora pirata era más de lo que parecía, alguien tenía que estar financiándola. Pero ¿con qué objetivo?

Twitch volvió a aporrear la puerta del baño. Terminó de arreglarse, se secó el pelo y finalmente abrió la puerta del baño sin previo aviso.

- Ya era hora

Sonrió como si no le hubiera escuchado, era perfectamente consciente del tiempo que había tardado pero después del día que llevaba eso era lo último que le importaba. Además, el primer paso para sentirse bien era que lo pareciese. Eso era lo que su psicólogo siempre le decía, aunque Steve siempre le había dicho que no era más que un charlatán. Ahora nada de eso importaba.

- Todo tuyo

Salió procurando no acercarse demasiado a Twitch, todavía apestaba. Antes de la ducha ella debía de haber tenido un aspecto parecido, o puede que peor, pero una hora de trabajo había conseguido que volviese a tener buen aspecto, incluso con la ropa prestada.

Fue hasta el cruce dónde los pasillos se ensanchaban y alguien había puesto un par de sillones a modo de saloncito. La luz de unas lámparas caseras pinchadas a la red pública iluminaba malamente el lugar. Se sentó en uno de los sillones de un color gris decolorado. Seguía dándole vueltas a los de la emisora, interceptar la señal no bastaba, para que se mantuviese el tiempo suficiente para dar una noticia hacía falta alguien capaz de desactivar los sistemas informáticos que recuperaban la señal interceptada, no era algo que se pudiera improvisar en un momento.

- Parece que el viejo acertó con lo de llamarte princesa… - escuchó a su espalda

Christler dio un respingo sobresaltada por la súbita aparición de Morgan. Su cuerpo musculoso y su porte militar unido a que aún no se había cambiado, le daba un aspecto intimidante. Aunque podía escuchar el sonido de las tuberías y en la sala de montajes se escuchaba el sonido de unas risas, las dos estaban solas en aquella especie de saloncito. Cruzó los brazos sobre el pecho, empezaba a estar cansada de que se metiesen con ella por su aspecto. La miró desafiante.

- Tampoco está tan mal arreglarse un poco, a ti no te vendría mal…

Morgan ignoró la puya y se dejó caer sobre un sillón marrón frente a ella, sin importarle ensuciarlo. Christler se encaró con ella, no iba a permitir que la ignorasen de ese modo.

- Que seas una mercenaria no implica que…

- Déjalo Christler, puede que en tu trabajo el maquillaje sea una de tus armas, pero en el mío sólo sirve para que no te tomen en serio.

Así que era eso de lo que iba todo, aunque al menos ella tenía el valor de decírselo a la cara. Desde que la habían encontrado habían estado tratándola como si sólo fuera una carga, incapaz de hacer nada. Y puede que en el complejo de Infotech hubiera sido cierto, pero aquí, en la emisora pirata, estaba claro quién tenía más experiencia. Es más podía apostar que si alguien podía averiguar qué cojones estaba pasando era ella.

- No soy una inútil ¿sabes? – espetó señalándola con el dedo.

- Nadie ha dicho que lo seas, pero estás fuera de tu ambiente.

- Tú también, ¿crees que no lo he notado?

Por un momento las dos mujeres permanecieron mirándose en silencio. Esta vez parecía qué sí había dado en el blanco. No hacía falta ser muy observador para ver que Morgan no era como los otros incursores, era más disciplinada, mucho más formal y todos sus intentos de encajar con los otros resultaban forzados. En realidad no era capaz de imaginar a Morgan con ropa que no fuera militar o, por lo menos, con algo que no fuera práctico, ni tatuajes, ni joyas, ni maquillaje, nada que la hiciera destacar. Como los corporativos. Morgan rompió el silencio.

- ¿Qué harás ahora? Tú tampoco puedes volver.

- No es cierto, es cuestión de tiempo que se olviden de esto y pasen a la siguiente noticia…

Pero incluso mientras lo decía sabía que eso no era del todo cierto. La gente se olvidaría pronto de Infotech, pero para entonces también la habrían olvidado a ella. Para una periodista estar sin aparecer en las ondas por tanto tiempo era un suicidio profesional. Así que tenía dos opciones, venderse a la competencia de Infotech o pasarse a la emisora pirata. Morgan comenzó a desmontar su fúsil y limpiar las piezas con un cuidado que estaba segura no dedicaba a sí misma.

- No creo que Infotech vaya a olvidarse de ti – dijo sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.

- ¿A dónde quieres llegar?

- Sé cómo funcionan, tenemos un día, puede que dos, antes de que vengan a por nosotros, querrán eliminar las pruebas.

Morgan hablaba con un tono de voz neutro, como si aquello no la afectase. De algún modo eso era lo que le resultaba más incómodo. Aún así había tomado una decisión y pensaba emitir un reportaje completo sobre lo que había pasado allí.

- Pero lo tenemos grabado…

- Deberíamos considerar no emitirlo, proponerles un cambio. – Morgan siguió sin mirarla pese a que su arma ya debía estar del todo limpia, al menos que ella pudiera ver.

- ¡Ni hablar! Hay mucha gente que ha muerto ya por esta grabación.

- Me imaginaba que dirías eso.

Morgan suspiró, parecía más cansada que molesta y, desde luego, estaba mucho más calmada de lo que lo habría estado el otro mercenario, el tal Gunner. Se alegraba de que se lo hubieran llevado a un médico o lo que fuera, así se ahorraba sus insultos.

- Así que vas a intentar hacer que cambie de opinión.

- No, sería perder el tiempo, pero tenemos que darles algo para que se olviden de nosotros.

Christer entrecerró los ojos y observó la mercenaria. Parecía que después de todo había malinterpretado a Morgan, estaba negociando con ella. Estaba claro que sabía tan bien como ella que ninguna de las dos podrían continuar con su vida hasta que no hubieran zanjado el asunto de Infotech… y ninguna quería esperar a que todo pasase porque podía no suceder nunca. Morgan había vuelto a montar el fusil y revisaba sus otras armas, como si esperase tener que salir en cualquier momento.

- ¿Cómo qué?

- Dexter Smithers.

El nombre le sonaba de algo, pero no era capaz de recordar de qué. Estaba segura que si podía mirar en los datos de su agenda encontraría alguna referencia para ese nombre, sólo necesitaba un sitio para empezar.

- ¿A qué se dedica?

- Investigación paranormal.

Christler recordó entonces de qué le sonaba, hacía un par de años había tenido un accidente con invocaciones en su laboratorio, una noticia de relleno que cortaron en el último minuto. Pero eso le daba un punto de partida antes de ir a preguntar a sus contactos. Se levantó del sillón y se sacudió los pantalones.

- Estaré aquí en un par de horas.

- Mantén un perfil bajo, no dejes que te reconozcan. – Christler levantó una ceja, no necesitaba que le dijeran cómo tenía que hacer su trabajo.

- Me preocupa más si podemos confiar en esta emisora.

- ¿Qué quieres decir?

- No sabemos para quién trabajan y, créeme, todas trabajan para alguien.

- ¿Te preocupa la competencia? – preguntó Twitch con su habitual tono burlón.

Se había puesto unos vaqueros viejos y otra gabardina, idéntica a la otra que tenía, pero limpia. Se preguntó cuánto tiempo llevaría escuchando. Christler puso la manos sobre su cadera y levantó una ceja, estaba claro quién se encargaba de inutilizar el sistema para la emisora pirata. Ahora sólo tenía que encontrar el modo de sonsacárselo…

- Ni de lejos, pero me gusta saber para quién trabajo.

- Bueno, eso es fácil, en este momento estas intentando salvar tu culo. Bienvenida al club.

- Fenomenal, lo celebraremos a mi vuelta - sonrió burlona

La forma en la que había evitado responder a su pregunta confirmaba sus sospechas. Puede que no fuera el momento para investigar la emisora, pero no pensaba olvidarse. Twitch sabía algo y ella iba a averiguar qué.

miércoles, diciembre 26, 2007

C113-Mantis 00: 52

El cartel de neón del motel era la unica fuente de luz, Mantis lo prefería así. El papel arrancado de las paredes, la madera arañada y las manchas de sangre sobre el colchón y la moqueta quedaban al descubierto bajo la luz blanca y fría del fluorescente. La luz cálida de la lampara de la mesilla era algo mas tolerable, pero no ofrecía la ilusión acogedora de las sombras.

Encendió un cigarrillo y dio una calada honda, saboreando el humo. El tabaco acabaría matándola, por eso le gustaba. Exhaló mientras miraba en el espejo el reflejo de Perro. Aún seguía esposado a la cama. Había intentado liberarse sin éxito pero los barrotes de la cama habían aguantado, después de todo ella se había asegurado de que resistiesen los embites de hombres mucho más grandes, algunos con implantes. Finalmente se había desmayado exhausto y había caído en un sueño febril.

Le observó sentada desde la silla dada la vuelta, con los brazos apollados sobre el respaldo. Su pecho subía y bajaba difícultad, pero respiraba. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado así con un hombre, lo normal sería que a estas horas hubiese rajado su garganta y que su cuerpo inerte se estuviese enfriando sobre la cama, aunque la oscuridad siempre le había ofrecido la ilusión de que sólo dormían.

Dio una nueva calada honda y dejó que el humo se escapase de sus labios. Después de tanto tiempo pretendiendo una apariencia de normalidad se había dado cuenta de que no lo echaba de menos. Tal vez por eso volvía una y otra vez a aquella habitación de motel destartalada, aunque hubiesen arrancado el papel amarillento de las paredes, la moqueta verde estuviera manchada de sangre y hubiese tenido que cambiar los barrotes de la cama doble. Aquella habitación había visto nacer a Mantis o, mejor dicho, había sido donde por primera vez había aceptado su naturaleza. De eso va todo ¿no?

Perro lo había olvidado mientras rastreaba a los tóxicos por el vertedero. Se había vuelto rabioso. Incluso había llegado a atacar al Gato. Inspiró el humo lentamente, puede que hubiese sido un error dejarle ir solo estando herido, era poco más que un cachorro y lo que fuese que había atacado a Ezequiel seguía fuera. Claro que Gato era más sutil y sigiloso que Perro, con suerte no le verían.

En cierto modo, estar alli vigilando el sueño intranquilo de Perro le hacía sentirse meláncolica. Se preguntó qué diría Serpiente si la viese. Ella había sido la primera en conocerla, cuando aún no sabía, no entendía, lo que era. La había visto cubierta con la sangre del juez, sobre su cuerpo mutilado y desnudo en aquella misma habitación. En lugar de gritar o correr solo había dicho una palabra. Mantis.

Nunca habían podido limpiar las manchas de sangre del cadáver del juez. Tampoco las de su víctima, se habían limitado a cambiar la moqueta. Pero eso a los espíritus no les importa, la sangre de Eltsbeth y de él seguía fresca en el mundo espíritual. A veces incluso podía escuchar el requiem de Mozart sonando mientras Eltsbeth moría, mientras cortaba la garganta del juez.

Todo estaba ahí, como un lienzo pintado con sangre. No hacía falta decir que ella jamás se había molestado en cambiar la moqueta, no se avergonzaba de nada. No podía decirse que a Serpiente le hubiese resultado agradable ver el cadáver descuartizado del juez. Con todo había tenido suerte de que fuera ella quien la encontrara, los otros no la habrían aceptado, no lo habrían entendido. Serpiente había esperado fuera a que terminase y luego había escuchado.

Perro despertó. En la penumbra no podía ver si sus ojos seguían inyectados de sangre pero sí como se revolvía en la cama intentando soltarse. Los muelles crujieron y Mantis pensó en que tal vez tendría que cambiarla, pero los barrotes de acero reforzado no cedieron. Sonrió en la oscuridad y dio la ultima calada a su cigarrillo.

- No te esfuerces, solo conseguirás hacerte daño.

Apagó el cigarrillo en el cenicero del tocador y luego observó cómo seguía retorciéndose en un vano esfuerzo por soltarse, como si no hubiera tenido tiempo y experiencia para perfeccionar el modo de apresar a sus víctimas. Aunque no siempre había sido así, al principio se había resistido, se había negado a aceptar que era una devora hombres… en el sentido literal. Ser una abogada ambiciosa sin pareja estable estaba bien, acostarse con un hombre diferente cada noche hacía que la mirasen mal pero no la convertía en un monstruo. Hasta que llegó el juez. Sacar a la luz sus asesinatos habría valido para avanzar su carrera. Las cosas no salieron como ninguno de los dos esperaba y ella terminó matándolo con el mismo cuchillo con el que él pensaba descuartizarla. Que irónico.

Perro se dejó caer exhausto sobre el colchón, imaginó que incluso en su estado alterado se había visto obligado a reconocer que no podía soltarse. Desde dónde estaba podía oler su sangre aunque no pudiese verla, era uno de los dones de Mantis.

- Te lo dije

Perro no respondió, el único sonido era el de su respiración irregular, pesada. Se preguntó si tendría que acabar sacrificándolo: Muerto el perro se acabó la rabia. No, esa era muy mala idea. Perro no era como Eltsbeth o como sus víctimas, a el vendrían a buscarle, querrían vengarle. No podía permitirse algo así, por eso siempre había sido muy cuidadosa escogiendo sus víctimas. No sabía si Serpiente tenía razón en lo de que Eltsbeth la había escogido para vengarla, pero sí que sus sistema funcionaba: escoge siempre a los clientes más cabrones, nadie los va a echar de menos. A veces incluso había tenido la impresión de que las otras se lo agradecían. Casi un servicio público. Por supuesto eso a Serpiente le convenía, no era estúpida y se daba cuenta de que ella tenía sus propios intereses, pero su relación había terminado por ser simbiótica. Y por eso aún seguía allí, vigilando a Perro en lugar de arrojarlo de vuelta al vertedero con un corte en la garganta.

- … mis venas arden… - la voz rasposa de Perro rompió el silencio.

Mantis sacó otro cigarrillo, la llama del mechero osciló bajo una corriente de aire imperceptible. Fuera nada se movía aunque el vertedero no estaba muy lejos.

- Tienes fiebre

Era sólo un síntoma, probablemente lo que recorría sus venas era algo peor, un regalito de los tóxicos. Oso o Serpiente podrían tratarlo, ella no, los dones de Mantis estaban más orientados al asesinato. Tal vez por eso se había sentido tan molesta cuando el espíritu libre la había pedido que se quedase a cuidarlo, proteger a otros era la naturaleza de Perro u Oso, no la suya. Pero ahí seguían los dos, observandose entre las sombras.

- …Envenenado… Oso… - Aquello hizo que Mantis se levantase y casi se le cayese el cigarrillo sobre la moqueta.

- ¿Qué pasa con Oso? – Mantis se acercó hasta la cama y le obligó a mirarla

- Ataque a Neko… - Perro parecia delirar

- Olvidate de Gato, ¿qué hay de Oso?

Osos también podía curarle y entonces se libraría de él. Claro que cuando se fue el espíritu libre había enviado a un par de espíritus mantis a explorar y ninguno había vuelto… Por un instante Perro pareció recuperar la cordura.

- Infectado… – consiguió decir - … no dejes… no dejes que se acerque.

Perro respiraba con difícultad, como si sólo decir aquellas palabras le costase emplear toda su voluntad. Mantis sostuvo su cabeza.

- ¿Dónde está?

Perro la miró con los ojos desencajados, como si acabara de recordar algo horrible. Estaba empapado en sudor aunque su piel estaba fría al tacto. Olía a miedo.

- … la gemela… va a matarla… ratas…

Perro perdió el conocimiento. Lo último que había dicho parecían más delirios que otra cosa pero algo estaba claro: no podían contar con Oso. Fue hasta el tocador y apagó el cigarrillo apenas empezado. Ella era una depredadora, no una protectora, se había acabado el esperar allí hasta que llegasen refuerzos.

Abrió el neceser con el maquillaje y lo vació sobre el tocador. Después abrió el doble fondo y sacó suficientes calmantes para dejar a Perro inconsciente. Eso le daría un par de horas. Y cuando encontrase a Oso haría lo que su naturaleza le pidiese. Mantis, la depredadora, salía de caza.

miércoles, diciembre 19, 2007

C112-Dra. Verónica Milles 00: 48

Se imponía un cambio de planes. Aguardó en la enfermería apoyada en la puerta. Estaba sola a excepción del elfo y se había asegurado que siguiera inconsciente por varias horas. Eso le daba tiempo para pensar.

Se quedó quieta con el oído pegado a la puerta. En el pasillo se podía escuchar la voz gutural del Troll, pero las respuestas de la elfa se perdían para ella. Estaba segura de que era la misma de su contrato: caucásica, metro setenta, morena, mismas facciones delicadas y mismos ojos que la holografía de su secretaria de bolsillo. Escuchó con atención, no terminaba de entender de qué estaban hablando pero parecía que la elfa Zephyr trabajaba para el Koreano…

Finalmente había localizado a uno de sus objetivos, pero lo que acababa de escuchar complicaba las cosas. Lo que la preocupaba no era que la hubiese visto, estaba claro que el troll sólo la conocía por su tapadera, aunque ella no le había reconocido, todas aquellas bestias le parecían iguales. No, lo que de verdad le preocupaba era la relación que la elfa pudiera tener con el Koreano.

Las voces dejaron de oírse y Verónica se apartó de la puerta para sentarse en una de las camillas vacías. En el poco tiempo que llevaba en aquel edificio le había quedado claro que el Koreano era mucho más que un simple matón, desde luego parecía alguien mucho más influyente y civilizado que el orco que la había contratado. Alguien con quién no convenía enemistarse. Además, era atractivo. Alto, cuerpo bien formado, moreno y, o si, para ella el poder siempre había sido un gran afrodisiaco. Definitivamente le habría preferido como contratador al orco que incluso con un traje caro seguía pareciendo un matón zafio. Claro que los negocios son negocios y ella tenía una reputación como cazarrecompensas…

Se levantó y comprobó el pulso del elfo, seguía estable. Mientras estuviera allí tendría que mantener su tapadera como médico callejera y siempre estaría bien un extra. El Koreano le había ofrecido una cantidad respetable por recomponer a sus luchadores, lo suficiente para vencer su repugnancia a la gente sudorosa y los trolls. Pero no lo suficiente como para que se olvidase de su contrato con el orco.

Comenzó a pasear por la enfermería mientras consideraba sus opciones. Estaba claro que tendría que esperar a que ella saliese de allí e iba a necesitar narcóticos. Cruzó la habitación y rebuscó en el botiquín de la enfermería. Probablemente no notarían si se llevaba alguna cosa.

Acababa de guardar los narcóticos en el bolso cuando la puerta se abrió de golpe. Miró sobresaltada y vio a un troll. No tenía ninguna herida y, por la ropa parecía el mismo troll que había visto con la elfa. Le sonrió falsamente a pesar del asco que le causaba su piel verrugosa, su nariz aplastada y sus colmillos amarillentos que sobresalían de su boca. Con suerte podría sonsacarle dónde había ido la elfa o alguna información, es decir, si es que sabía algo, porque sólo había ver que ver sus ojos bobalicones para darse cuenta que no era muy listo.

- El jefe quiere verte – gruñó

La doctora se levantó y se quitó la bata blanca que se había puesto para atender al elfo. Luego miró de reojo al troll preguntándose cómo sacar el tema de la elfa. Cogió su bolso y sonrió.

- ¿También combates? – dijo para romper el hielo.

Desde luego era lo suficiente grande como para combatir y ¿para qué otra cosa servían aquellas bestias?

- Yo no haría esperar al jefe. – gruñó de nuevo.

Verónica tuvo que ahorrarse un comentario cortante, estaba claro que aquel engendro no tenía ningún tipo de modales. Eran poco más que animales. Forzó una sonrisa.

- Entonces no le hagamos esperar. ¿Qué es lo que quiere?

El troll no respondió, se limitó a darse la vuelta y salir de la habitación. Verónica se quedó quieta por un segundo preguntándose de qué iba todo aquello hasta que el troll volvió a llamarla con su voz grave.

- ¿A qué esperas?

Le siguió a regañadientes hasta dos puertas dobles sin que sus intentos de conversación tuviesen ningún éxito. Allí se detuvo e hizo un gesto brusco indicándole que entrase. Le miró por encima del hombro cansada de perder su tiempo.

- Ya puedes irte – le dijo antes de entrar.

El despacho era grande y estaba decorado con buen gusto a excepción de la moqueta sintética. Le llamó la atención porque no parecía que el Koreano escatimase en gastos, el escritorio de madera era una antigüedad de mediados del siglo veinte y el sillón sobre el que se sentaba parecía de cuero auténtico. No, en una habitación tan lujosa como aquella una moqueta sintética estaba fuera de lugar.

El Koreano la estudió con sus ojos negros rasgados sin decir una palabra. Su expresión era fría, casi amenazadora, hasta el punto de que Verónica llegó a preguntarse si sabría porqué estaba allí. En ese caso la presencia del troll y el comentario de “a quién tenía que matar” cobraba un significado claro.

- Siéntese – la voz autoritaria del Koreano no admitía réplica.

Esperó unos segundos a que tomase asiento en una butaca tapizada de seda blanca. Sobre la mesa había servida una copa de Brandy añejo, caro, y una botella medio vacía del mismo Brandy. Había otro vaso vacío pero no le ofreció.

- Afirmó que tenía conocimientos médicos.

Verónica agachó la cabeza incapaz de sostener la mirada al Koreano. Parecía como si estuviese intentando comprobar su coartada, claro que ella tenía algo más que un título colgado en la pared para demostrar que sabía medicina y si no fuera por el maldito código deontológico habría podido ejercer en los mejores hospitales.

- Creo que ya lo he demostrado – respondió con su orgullo algo herido pero sin apartar la vista de la moqueta sintética.

El Koreano tamborileó con los dedos en la mesa y luego dio un trago de su copa como si intentase decidir algo.

- Bien. ¿Qué sabe de implantes?

La pregunta la tomó por sorpresa pero respiró aliviada. Poner implantes no era en absoluto su especialidad, por otra parte, considerando las chapuzas que se hacían en la calle y el amplio mercado que existía no le convenía cerrarse puertas.

- He hecho alguna cosa – respondió de forma ambigua.

- ¿Cómo qué?

El Koreano rellenó su copa mientras seguía con la mirada clavada en ella, de una forma inequívocamente fría, nada que pudiera considerar halagador. Deseó tener su propia copa pero no se atrevió a pedir que le sirviese un poco de Brandy en el vaso vacío. Tuvo que esforzarse para mantener su aplomo y describir dos intervenciones para injertar implantes de segunda mano del mercado negro.

- Lo habitual, miembros mecánicos y conectores - El Koreano volvió a tamborilear con los dedos en la mesa. – Tendrá que valer. Tengo un trabajo para usted, tarifa estándar por la implantación de un brazo y una pierna.

Pulsó un botón debajo de la mesa y se abrió un panel en la pared revelando una computadora. Sin esperar a una respuesta transfirió los datos al telecom de la doctora. Verónica miró al Koreano impecablemente vestido con un traje que costaba más de lo que muchos ganaban en un mes, estaba claro que estaba acostumbrado a que nadie le discutiese o negase nada. Por otra parte, si hacía ese trabajo para él puede que consiguiese mejores trabajos en el futuro. Abrió su telecom y miró los datos. Le costó no sonreír, acababan de servirle a uno de sus objetivos en bandeja…

martes, diciembre 11, 2007

C111-Zephyr 00: 37

EL Dragón esperaba inquieto. Podía sentirlo revolverse por los cimientos del edificio, algo le había despertado y ahora nada podría pararlo. Por eso supo que el Koreano no esperaría, ni siquiera aunque todas las esperanzas de Zephyr acabaran de perderse más rápido que el agua que tragaba el sumidero de las duchas.

No se permitió mirar de nuevo a su hermana, su cuerpo frágil y desnudo tirado en el suelo de la ducha, las marcas de magulladuras que empezaban a formarse y el vacío de sus ojos. Deseó no haberla abofeteado, poder borrar sus palabras, pero ya era tarde. El agua seguía corriendo.

Adopto su máscara de Serpiente para evitar derrumbarse, para acallar los murmullos y comentarios cuando salió de las duchas al vestuario y para ocultarse de las miradas impertinentes del grupo de orcos que había allí reunidos. No era el momento ni el lugar para demostrar debilidad o se echarían encima como cuervos. Les devolvió la mirada con una frialdad calculada, buscando la menor excusa para descargar su ira contra ellos, aun cuando no fueran los causantes de su miseria. Se removieron inquietos entre los bancos de madera y las taquillas bajando la mirada o fingiendo estar más interesados en su bebida.

Al fondo del vestuario alguien cerró la puerta que daba al pasillo, buitres que venían al olor de la sangre… y miedo, pero suyo. Entrecerró los ojos buscando el origen y entonces le vio, escondiéndose detrás de unas taquillas: Brake. Capturo su mirada, igual que una serpiente con su presa, y se acercó a él dispuesta a hundir su puñal en su cuello y ver como se desangraba sobre el suelo de baldosas. Sujetó con seguridad la empuñadura de piel que ya tenía la forma de sus dedos.

- ¡Espera! Tienes que ayudarme. – Brake salió de su escondite cojeando.

Zephyr le miró de arriba abajo y soltó una risa cruel. Estaba marcado por el mordisco de una serpiente. Devolvió el puñal a su funda, el veneno haría el trabajo y sería mucho peor. La sangre lo iría extendiendo por el resto del cuerpo paralizándolo, de forma lenta y segura. Hasta llegar al corazón.

- Tienes veinticuatro horas para darme un motivo

Le quedaban unas doce. Pero después de tanto tiempo deseando poder vengarse aquel era el mejor modo de alargar su agonía, hacerle creer que aún podía salvarse para negárselo en el último minuto. Merecía el dolor, tanto como había sentido al ver a su hermana. Serpiente sonrió sibilina.

Antes de que Brake respondiera un troll irrumpió en los vestuarios. Zephyr le reconoció por sus cuernos negros retorcidos y los tatuajes de dragones por los brazos. Se llamaba Jeff y trabajaba para el Koreano, bastaba con verle para saber de qué. A su tamaño descomunal y aspecto amenazador, se unían varios implantes dermales, aceleradores sinápticos y un sistema de puntería para un dos de ametralladoras que gracias a su tamaño usaba como pistolas. El Koreano había llamado a uno de sus ejecutores, se avecinaba algo importante.

Brake se escurrió hacia la otra salida junto con el grupo de orcos todo lo deprisa que le permitió su cojera. El vestuario se quedó vació a excepción de ellos. Jeff soltó una risa cavernosa.

- Te está esperando, tienes que decirle a quién tengo que matar.

- Pensaba que te habías retirado, la última vez casi te matan.

El troll se encogió de hombros, viéndole en aquel momento era difícil imaginar que algo pudiera dañarle, pero ella había tenido que retirar las placas dermales perforadas para retirar las balas y luego “parchearle” de nuevo. Por poco no lo había contado.

- No hay muchas salidas para alguien como yo, ya sabes…

Zephyr asintió, conocía a más como él, tal vez no tan buenos en lo que hacían, pero igual. Una vez entrabas era difícil dejar aquel negocio y no pudo evitar preguntarse si había sido demasiado ingenua al pensar que podría sacar a su hermana de las garras de Brake y desaparecer. Salió de los vestuarios. Al fondo del pasillo vio a una mujer vestida de violeta y dorado con una bata blanca meterse en la enfermería. El buitre. No la conocía y eso la hizo desconfiar. Nadie que trabajase para el Koreano estaba limpio y aunque algunos tuvieran su propio código y fueran de fiar, nadie que fuera confiado sobrevivía mucho tiempo.

- Creo que no le gusto. – se rió el troll.

El pasillo no era suficiente ancho para que Jeff caminase a su lado, así que iba un metro detrás suyo, apenas uno de sus pasos.

- ¿Quién es?

- Una Matasanos. Cara, poco simpática, pero no hace preguntas.

Empezaron a subir las escaleras. El Koreano solía llamarla para operaciones delicadas, ilegales o las dos cosas, que hubiera traído a otra doctora significaba que la habían llamado por otra cosa… y que el Koreano esperaba bajas. Miró a Jeff de reojo, le caía bien el grandullón.

- Se prepara una gorda, ¿a cuántos han llamado?

- A todos.

Zephyr se paró en seco y Jeff casi se la llevó por delante. Estaban hablando de una guerra, no de escaramuzas. Ni siquiera quería considerar las consecuencias de algo así, pero parte de ella se preguntaba si todo aquello estaría relacionado de alguna forma con el espíritu tóxico. ¿Y si lo de su hermana también lo estaba? Sintió un escalofrío. El troll le puso su enorme mano sobre el hombro.

- ¿estás bien?

- Tengo un mal presentimiento… - murmuró.

El troll meneó la cabeza como si ya hubiera escuchado antes algo así, sus cuernos negros casi rozaban el techo.

- Si haces bien tu parte acabará antes de haber empezado. Vamos, no le hagas esperar.

El troll le dio un ligero empujón hacia la puerta doble del despacho del Koreano. Zephyr se encaminó hacía allí cabizbaja, tendría que volver con su hermana, pedirle perdón e intentar arreglar las cosas. Pero el Dragón ya estaba completamente despierto, alerta, no podía volver. Abrió la puerta del despacho.

Era una habitación enorme, uno doce metros de largo por ocho de ancho, una demostración de lujo en una ciudad en la que la gente vivía hacinada. Desde luego era más grande que el ático que compartía con su hermana. Había pasado allí muchas horas y la planta que aún seguía en una de las esquinas del fondo la había traído ella. Recordaba cuando Kuei la había estado decorando siguiendo los conceptos de armonía del Feng Shui, entonces el Dragón dormía. Pero Kuei tenía su propia máscara como el Koreano, era de la sangre del Dragón.

El Koreano estaba de pie, mirando por el ventanal que ocupaba toda la pared del fondo y que daba al ring. No se volvió a mirarla, pero sabía que la había oído entrar. Atravesó la habitación y no pudo evitar notar que acababan de cambiar la moqueta. Aunque la nueva era de la misma tonalidad gris clara esta era sintética, un reemplazo rápido para tapar algo. Zephyr se detuvo delante del escritorio de madera de cerezo blanco. Había una silla también de madera frente a ella, pero permaneció de pie.

- Acércate, es un buen combate.

El Koreano no apartó la mirada del ring donde dos trolls jóvenes estaban golpeándose salvajemente. Zephyr se acercó sin decir nada, sabía que no serviría de nada meterle prisa. Miró hacia las puertas dobles ¿seguiría Tina tirada en las duchas? Se mordió el labio.

- ¿Qué te parecen?

No vio signos de implantes o heridas viejas en ninguno de ellos, pero las heridas que tenían ahora eran profundas y dejarían cicatriz. El más grande de los dos cogió al otro por los cuernos y lo arrojó contra el suelo, el parqué retumbó y supo que el único motivo por el que no lo había atravesado era porque debajo había cemento.

- Es su primer combate, pelean de verdad, no fingen

El Koreano la rodeó y se colocó a su espalda, con las manos apoyadas sobre sus hombros y acariciando su cuello ligeramente con los pulgares.

- Te echo de menos – susurró en su oído.

Zephyr se estremeció ligeramente, un dragón no es sino una sierpe vieja, poderosa, y eso la había atraído. Tenía buenos recuerdos y aún quedaba algo, pero ahora más que nunca le resultaba imposible olvidar porqué había acabado todo.

- ¿Por eso me has llamado? – Se esforzó por controlar su tono de voz, pero en lo único que podía pensar era en salir de allí para ver cómo estaba su hermana.

- No, pero puede arreglarse.

Kuei acarició su mejilla y por un momento le pareció ver al hombre que había bajo la máscara del Koreano. Si simplemente hubieran sido ellos dos las cosas podrían haber sido diferentes pero, al final, los papeles que representaban ante el resto volverían a interponerse. Y también estaba Tina.

- Vuelve conmigo. – rozó su mejilla con los labios.

Aún recordaba cómo había acabado la última vez, cómo había suplicado para que la ayudase a sacar a su hermana del tugurio de Brake y cómo él se había negado. La única cosa que le había pedido y él se había negado para no despertar sospechas. Por eso su hermana había seguido tomando drogas y ahora estaba a un suspiro de morir de sobredosis. Cabrón. Zephyr se apartó bruscamente y negó con la cabeza.

- Vete a la mierda. He encontrado a mi hermana tirada en los baños con una sobredosis… - la voz le tembló

Se sentía furiosa, dolida, traicionada. Ya ni siquiera era capaz de contener sus lágrimas. Estaba cansada de promesas vacías, de fingir, de esperar el momento adecuado para poder huir las dos de aquella mierda.

- Estás alterada, no sabes lo que dices.

El Koreano la miró sorprendido por aquella reacción y por un breve instante pudo ver el desconcierto producido por algo que escapaba a sus planes, un desconcierto que pasó rápido. Intentó acercarse a ella, abrazarla pero volvió a apartarse.

- Podías haberlo evitado… podías… - Zephyr abrió mucho los ojos y se tapó boca – ¡lo hiciste tu!

- ¡Basta! Lo de tu hermana no ha sido cosa mía. – El Koreano estaba furioso

Zephyr retrocedió hasta el escritorio y le fallaron las fuerzas. Se dejó caer sobre el sillón de cuero negro y ocultó la cara tras las manos. No le importaba lo que pudiera pensar Kuei, lo único en que podía pensar era en que le había fallado a su hermana. Deseó no haber discutido con ella, haber pensado un lugar más seguro para dejarla que con Perro… Se había equivocado en tantas cosas. El Koreano se agachó frente a ella y le acarició el pelo.

- Cálmate. Necesito que vayas con Kurage, tenemos a Enrico.

Así que era eso, desde un principio. La necesitaba para sacarle toda la información sobre los italianos antes de que notaran. No sabía cómo habían capturado a Enrico, aunque parecía un movimiento demasiado precipitado para el Koreano. No pasaría mucho tiempo antes de que otro tomase su lugar y la información que tenía fuera inútil. Todo lo que habían averiguado espiando a Brake no valdría de nada. Pero eso ahora le daba igual.

- Estamos muy cerca.

Miró al Koreano y estudió sus ojos negros. Por un momento le pareció ver algo distinto al dragón.

- ¿Estamos?

Él le devolvió la mirada y acarició su mejilla. Después su rostro recuperó la expresión calculadora, todo negocios.

- Cuando acabes tendrás a tu hermana.

Era lo que habían acordado en un principio, dejar que su hermana y ella se fueran, asegurarse de que nadie iría tras ellas.

- ¿Y eso que importa? Ya es tarde. Esta demasiado enganchada, es cuestión de tiempo que muera de sobredosis.

- Yo me haré cargo de todo. Ve abajo, Kurage te espera.

Esta noche el Dragón saldría de caza y no esperaría por ella. Tampoco le dejarían irse sin darle lo que quería. Zephyr se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

- No te preocupes, tendrás tu información, está claro que es lo único que te importa.


El Koreano siempre cumplía su palabra, sólo podía esperar que para entonces aún estuviera a tiempo de ayudar a su hermana. Y sólo le costaría empezar una guerra de mafias…