lunes, febrero 18, 2008

C116- Gunner 00: 58

Jodidos carniceros. Otra parte de sí mismo que le arrancaban. Pero ya era tarde para arrepentirse. Había empezado con aquel primer implante para mejorar la puntería que le habían metido en el cerebro. Un precio pequeño por ser el mejor, no había tantos trabajos para mercenarios entrados en la cuarentena. Eso era lo que se había dicho para tragarse su aprehensión mientras le tumbaban sobre una mesa de operaciones de metal, no muy diferente a la que estaba ahora, para abrirle la cabeza. Después de eso ya no hubo vuelta atrás.

Cambiaban los detalles, la mesita con escalpelos y demás trastos de matasanos del lateral parecía algo más organizada que aquella. Los títulos de las paredes que probablemente eran falsos o el propio médico que le abría en canal. Esta vez era una mujer, no muy alta, pero con unos tacones que repiqueteaban por toda la habitación mientras preparaba su instrumental. También tenía un buen escote que el permitía ver sus tetas cada vez que se inclinaba sobre él para comprobar su pulso u otras cosas. Iba demasiado maquillada para su gusto, como aquellas mujeres de las revistas que solía comprar su mujer, pero no estaba en condiciones de quejarse. Eso nunca cambiaba.

Como tantas otras veces seguía sintiéndose igual de expuesto y vulnerable que la primera vez. Se preguntó si realmente merecía la pena. Con el dinero que había gastado en implantes y mejoras podía haberse retirado varias veces ya. Pero de un modo u otro siempre volvía a la mesa del cirujano y seguía atrapado en trabajos donde se jugaba el pellejo. Y ahora iba a gastarse la mitad de lo que tenía en una nueva pierna.

Cada vez que entraba en una sala de operaciones como aquella, con la luz blanca de un foco deslumbrándole, se planteaba dejarlo. Pero esta vez ni siquiera iba a poder cobrar el trabajo y tendría que gastar aún más pasta en quitarse de en medio. Maldita Zephyr, era todo culpa suya. Si no hubiera insistido en seguir con el trabajo no estaría allí. Claro que dejar un trabajo a medias también era meterse en problemas. Gunner maldijo entre dientes, se estaba haciendo viejo para este trabajo.

La doctora se colocó los guantes y la mascarilla. Sus ojos le examinaron del mismo modo que él hacía con su moto, tal vez para ella no había diferencia entre la carne y el metal. Pero seguía siendo una persona, no una cosa, joder, merecía algo mejor. Mientras la mujer le examinaba con mirada fría no podía evitar pensar que había algo cruel en el modo indiferente en que se comportaba. En parte le recordaba a su ex, desde el divorcio nunca había terminado de fiarse de las mujeres.

La observó preparar dos jeringuillas para la anestesia, midiendo cuidadosamente la dosis. Recordó que Zephyr le había explicado que usaban veneno de serpiente para dejar paralizado el cuerpo durante la intervención. Había sido una de las pocas veces en que les había acompañado, la noche que había hecho la apuesta con Twitch. Parecía que hubiera pasado una eternidad desde entonces, habían preguntado a Zephyr sobre sus conocimientos de medicina y, de algún modo, habían terminado hablando sobre el peligro de una dosis demasiado alta en la anestesia. Entonces fue cuando se fijó, la doctora estaba llenando la jeringuilla con un segundo frasco de anestesia…

Gunner maldijo, puede que fuera paranoia, pero hasta ahora eso era lo que le había mantenido vivo. ¿Qué era lo que Twitch había dicho en la furgoneta? Algo sobre cazarrecompensas que había pensado que era sólo una excusa para evitar las preguntar. Maldijo de nuevo, no tenía que haber mandado a Zephyr a la mierda. Tres frascos de anestesia, nunca había necesitado tanto. Mierda.

Se levantó de golpe, sus cosas seguían en la silla junto a la puerta. Eran sólo cuatro pasos de distancia, pero ponerse de pie sobre una sola pierna resultó demasiado para su cuerpo maltratado y cayó al suelo.

- ¿pero qué diablos? – La doctora se giró con la jeringuilla en la mano - ¿qué hace? ¡Vuelva a la camilla!

Gunner no respondió, sino que se arrastró hacia la silla. Tres pasos de distancia, parecía tan lejano. La doctora rodeó la camilla con calma y se agachó junto a él, sostenía la jeringuilla en su mano. La miró con desesperación y toda pretensión de fingir abandonado. Podía sentir la inyección de adrenalina, tan familiar, mejor que cualquier droga. Le dio una patada en la tripa con su única pierna y se arrastró hacia la silla. Tan cerca ya…

- Con que esas tenemos. No sé ni porqué me molesto en calmaros el dolor.

Lo dijo en un tono irritado y claramente despreciativo. Pero esta vez fue más precavida y le rodeó para aproximarse por el otro lado. Gunner hizo un último esfuerzo y se estiró para alcanzar una de sus pistolas, en una funda colgada de la silla. Su mano se cerró sobre la familiar culata. Entonces sintió el pinchazo en su cuello. Quitar el seguro y apuntar para él era una misma cosa. Disparó sin pensar, para él aquello se había convertido en algo tan natural como respirar.

Fue un tiro limpio en la frente, un blanco perfecto cortesía de su sistema de puntería. Joder, pensó, de todos los implantes que se había puesto aquel era el único que merecía la pena. Se llevó la mano al cuello y se quitó la jeringuilla. Vacía. Tragó saliva ¿Cuánto le quedaría? ¿Unos minutos? Sintió el cuerpo cansado y se dejó caer. Sam tenía razón, tenía que haberlo dejado antes, pero para los tipos como él aquella era la única manera. Alargó el brazo hacia la silla y buscó el telecom en sus bolsillos. Marcó el número de Twitch y forzó una sonrisa amarga, al menos se había llevado a la perra por delante.