martes, abril 22, 2008

C117- Twitch 01: 12

Silencio. Ya no escuchaba nada al otro lado del telecom y la pantalla desenfocada sólo le dejaba ver lo que parecía la pata de una mesa o una silla. Había rastreado la señal desde el momento en el que había visto el rostro de Gunner, extrañamente sereno. En todo el tiempo que le había conocido jamás le había visto tan en paz. Ni quejas de su ex mujer, ni historias sobre su antigua compañía, ni cabreos por el último trabajo y eso que este último trabajo no había salido nada bien. Por eso supo que algo iba mal y ahora iba a toda velocidad por las calles de la ciudad intentando llegar hasta la clínica de mala muerte donde le había dejado Morgan.

Se culpaba a sí mismo por no haber confirmado las referencias de aquella doctora, pero había sido el Koreano quién la había enviado y él siempre cumplía su palabra. Siempre. Se agarró a Morgan mientras ella aceleraba la moto y esquivaba los coches a una velocidad que nadie sin implantes podría igualar. Tomaba las curvas apurando el giro para ganar unas milésimas de segundo al reloj y parecía saber dónde y cuándo estaban los obstáculos. Debía tener conexión por satélite, pensó Twitch.

Parte de él sentía curiosidad por saber qué modelos exactos le habían puesto. No preguntó, ese tipo de preguntas se consideraban hacer méritos para que te metieran una bala en el cráneo. O para que estampasen tu cabeza contra un muro de ladrillos en la siguiente curva.

Durante aquella carrera frenética no podía dejar de pensar en qué había podido ir mal. Todo, se dijo. El Koreano podía haberse enterado de los planes que tenían Zeph y él, podía haber matado a Gunner como advertencia. No, imposible, se había cuidado mucho de no dejar rastros y los métodos de Zeph no dejaban pruebas. Además, el Koreano tenía su propio y retorcido sentido del honor, si lo supiera habría ido directamente a por ellos. Si lo supiera él no conservaría todos sus miembros.

Morgan adelantó a unos pandilleros neotribales, tatuajes étnicos, trenzas y ropa cutre de piel falsa. Debieron pensar que era una especie de desafío y comenzaron a seguirles. Estúpidos, pensó Twitch mientras les veía maniobrar sus motos cutres en una formación con forma de punta de flecha. No tenían tiempo para aquello. Morgan debió pensar lo mismo, porque al verlos hizo unos disparos de advertencia. Pero aquellos niñatos debían estar demasiado drogados para entender el mensaje.

Eso no le habría sucedido a Gunner. Puede que sus viejos implantes no fueran ni la mitad de efectivos que la nueva generación que llevaba Morgan, pero le daban un aspecto mucho más intimidatorio. Eso y que no podía decirse que el viejo mercenario tuviese un aspecto amistoso. Su expresión en un día bueno era la de alguien que hubiera estado masticando cristales y en los días malos parecía que fuera capaz de destrozar a mordiscos un vehículo blindado. Morgan era mucho más discreta, incluso de cerca apenas se notaban unas suaves cicatrices ahí donde la piel se unía con más piel sintética, nada que ver con el metal desnudo de Gunner.

Morgan giró bruscamente metiéndose por un callejón estrecho y lleno de basura. Por un segundo pensó que acabarían estampados contra los montones de bolsas malolientes y que le recordaron a la cosa que le había arrancado la pierna a Gunner. Casi le pareció que la basura sonreía con una boca llena de dientes, pero luego vio que no era más que sombras sobre una bolsa rota de la que se derramaban restos de comida medio podrida. Zeph habría dicho alguna paranoia sobre los espíritus, pero ahora no estaba allí, si lo estuviese Gunner no habría tenido que recurrir a una doctora callejera.

Esquivaron un cubo de basura que bloqueaba el callejón casi por completo. Twitch se apretó contra el cuerpo de Morgan, los pandilleros iban justo detrás. Escuchó como el primero se chocaba con el cubo y pensó que tal vez habían conseguido perderlos, pero aunque ganaron ventaja los que no se habían estrellado continuaron la persecución unos segundos más tarde.

Morgan se giró a dispararles perdiendo unas valiosísimas décimas de segundo. Su disparó acertó en la rueda del que iba primero haciendo que reventase en un alarde de puntería del que el propio Gunner se habría sentido orgulloso. Pero los pandilleros eran demasiado idiotas para apreciar la precisión de aquel disparo y continuaron la persecución.

Ninguno de aquellos neotribales tenían ni media oportunidad contra una mercenaria como Morgan aunque parecía que lo aprenderían por las malas. En las calles siempre parecía haber gente como ellos, pijos, raperos, rockers, heavies, grunges, spunchers, punkis, no importaba, todos eran necios que pensaban que tener una pistola te convertía en alguien y terminaban muertos en algún callejón asqueroso.

Twitch prefería mantener un perfil bajo, aparentar ser más inofensivo y más torpe de lo que realmente era para evitar llamar la atención de los peces gordos como el Koreano. Eso le había mantenido vivo, como Gunner siempre se encargaba de recordarle, pero en ocasiones echaba de menos las ventajas que la popularidad. Había montado una emisora pirata capaz de competir con las legales, los graffitis de “Fuck You” estaban por todas partes, la gente de la calle había empezado a grabar sus emisiones, hasta uno de los pandilleros que le seguían ahora llevaba una camiseta con el logo de su emisora. Y no podía decírselo a nadie. Demasiado peligroso, especialmente ahora que habían empezado a tener suficiente audiencia para cabrear a las corporaciones. No, era mejor seguir en las sombras, en eso coincidía con Gunner y con Zeph, la fama no era para ellos.

Morgan derrapó para frenar y Twitch comprendió que habían llegado. La única puerta de aquel callejón miserable no parecía un lugar donde pudiera haber una clínica, aunque probablemente esa era la idea. Corrió hacia ella y reparó con vaguedad que la marca con forma de dragón estaba sobre la puerta, aquel lugar le pertenecía. La puerta estaba cerrada. Morgan voló la cerradura de un tiro y entró. Twitch fue detrás de ella, a su espalda escuchó las motos de los pandilleros.

- Putos niñatos – murmuró Morgan

Aquel comentario tan poco propio de ella le recordó a Gunner cuando gruñía sobre los múltiples vicios que según él tenía la juventud. La puerta daba a unas escaleras mal iluminadas que terminaban en una puerta metálica reforzada de una calidad muy superior a lo que cabría esperar.

Twitch se adelantó esta vez para hacerse cargo de los sistemas de seguridad, eso le llevaría unos treinta segundos, pero en esta ocasión parecía una eternidad. Arriba se escuchaba a los pandilleros discutir a voces. Uno de ellos decía que no pensaba entrar en uno de los locales del Koreano y otro decía que les daría una recompensa si les cogían. Morgan sacó un subfusil, estaba claro que se le acababa la paciencia.

Quitó la cubierta de plástico que cubría el cableado de la cerradura electrónica y enchufó su conector a la red. El sistema de seguridad no era malo, pero había visto los suficientes como ese para que le resultase algo rutinario. Ni siquiera los programas de hielo negro con forma de serpiente le supusieron un esfuerzo y, por una milésima de segundo, casi le pareció ver que las serpientes se apartaban de él para no interferir.

- Paso demasiado tiempo con Zephyr - se dijo - y ni siquiera nos acostamos.

Gunner le había dicho que perdía el tiempo intentándolo. Por eso la apuesta sobre que Ghost se la tiraría, para desviar su atención de la verdad, ocultar que eran cómplices. Zeph sabía lo de su implante experimental robado, lo de la emisora y que estaba robando a Brake. Al principio no le había hecho gracia que lo supiese, pero nunca habría podido llegar tan lejos sin ella. Ahora le resultaba liberador tener alguien a quien contárselo. Y tal vez si salían de esta se lo contase también a Gunner.

Rompió el código de seguridad y abrió la puerta reforzada. La clínica, si es que podía llamarse así, no era gran cosa. Habían instalado lo mínimo, una camilla bajo un foco de luz brillante y varios cacharros que recordaban a un brazo mecánico de dedos alargados que supuso se usaba para la cirugía. Gunner estaba tirado en el suelo, junto a una silla de la que se habían caído su chaleco, un par de pistolas y el telecom. Se arrodilló junto a él sin prestar atención a nada de lo que lo rodeaba. Estaba frío, llegaba demasiado tarde.

La doctora estaba junto a él, con un tiro en la cabeza tan perfecto que no había duda de su autor. Twitch maldijo al reconocer la cara de la mujer, era la misma que había visto en el sistema de Brake. Jodido orko, su puta cazarrecompensas debía haber sustituido al médico del Koreano. Eso o el propio Koreano había ordenado la muerte de Gunner, pero no tenía motivos que él supiera.

Twitch se quedó inmóvil mirando el cadáver de Gunner sin saber qué decir o qué hacer. No había imaginado que acabaría así, estaba a punto de retirarse, o eso decía siempre. Al menos tendría que haberse ido a lo grande, en una incursión de la que se hablase durante años, no en una clínica de mala muerte.

- Al menos se vengó de ella – escuchó a Morgan a su espalda.

- ¿Y eso de qué le sirve ahora?

Morgan puso su mano sobre el hombro de Twitch y apretó ligeramente, en un gesto torpe para intentar reconfortarle.

- Vamos, será mejor que nos lo llevemos antes de que los pandilleros vuelvan.

Twitch asintió de forma mecánica, Gunner habría querido que no dejaran su cuerpo allí. Había vivido y muerto en las sombras, pero él se encargaría de que fuese recordado, sería la estrella de su especial sobre Infotech.

lunes, febrero 18, 2008

C116- Gunner 00: 58

Jodidos carniceros. Otra parte de sí mismo que le arrancaban. Pero ya era tarde para arrepentirse. Había empezado con aquel primer implante para mejorar la puntería que le habían metido en el cerebro. Un precio pequeño por ser el mejor, no había tantos trabajos para mercenarios entrados en la cuarentena. Eso era lo que se había dicho para tragarse su aprehensión mientras le tumbaban sobre una mesa de operaciones de metal, no muy diferente a la que estaba ahora, para abrirle la cabeza. Después de eso ya no hubo vuelta atrás.

Cambiaban los detalles, la mesita con escalpelos y demás trastos de matasanos del lateral parecía algo más organizada que aquella. Los títulos de las paredes que probablemente eran falsos o el propio médico que le abría en canal. Esta vez era una mujer, no muy alta, pero con unos tacones que repiqueteaban por toda la habitación mientras preparaba su instrumental. También tenía un buen escote que el permitía ver sus tetas cada vez que se inclinaba sobre él para comprobar su pulso u otras cosas. Iba demasiado maquillada para su gusto, como aquellas mujeres de las revistas que solía comprar su mujer, pero no estaba en condiciones de quejarse. Eso nunca cambiaba.

Como tantas otras veces seguía sintiéndose igual de expuesto y vulnerable que la primera vez. Se preguntó si realmente merecía la pena. Con el dinero que había gastado en implantes y mejoras podía haberse retirado varias veces ya. Pero de un modo u otro siempre volvía a la mesa del cirujano y seguía atrapado en trabajos donde se jugaba el pellejo. Y ahora iba a gastarse la mitad de lo que tenía en una nueva pierna.

Cada vez que entraba en una sala de operaciones como aquella, con la luz blanca de un foco deslumbrándole, se planteaba dejarlo. Pero esta vez ni siquiera iba a poder cobrar el trabajo y tendría que gastar aún más pasta en quitarse de en medio. Maldita Zephyr, era todo culpa suya. Si no hubiera insistido en seguir con el trabajo no estaría allí. Claro que dejar un trabajo a medias también era meterse en problemas. Gunner maldijo entre dientes, se estaba haciendo viejo para este trabajo.

La doctora se colocó los guantes y la mascarilla. Sus ojos le examinaron del mismo modo que él hacía con su moto, tal vez para ella no había diferencia entre la carne y el metal. Pero seguía siendo una persona, no una cosa, joder, merecía algo mejor. Mientras la mujer le examinaba con mirada fría no podía evitar pensar que había algo cruel en el modo indiferente en que se comportaba. En parte le recordaba a su ex, desde el divorcio nunca había terminado de fiarse de las mujeres.

La observó preparar dos jeringuillas para la anestesia, midiendo cuidadosamente la dosis. Recordó que Zephyr le había explicado que usaban veneno de serpiente para dejar paralizado el cuerpo durante la intervención. Había sido una de las pocas veces en que les había acompañado, la noche que había hecho la apuesta con Twitch. Parecía que hubiera pasado una eternidad desde entonces, habían preguntado a Zephyr sobre sus conocimientos de medicina y, de algún modo, habían terminado hablando sobre el peligro de una dosis demasiado alta en la anestesia. Entonces fue cuando se fijó, la doctora estaba llenando la jeringuilla con un segundo frasco de anestesia…

Gunner maldijo, puede que fuera paranoia, pero hasta ahora eso era lo que le había mantenido vivo. ¿Qué era lo que Twitch había dicho en la furgoneta? Algo sobre cazarrecompensas que había pensado que era sólo una excusa para evitar las preguntar. Maldijo de nuevo, no tenía que haber mandado a Zephyr a la mierda. Tres frascos de anestesia, nunca había necesitado tanto. Mierda.

Se levantó de golpe, sus cosas seguían en la silla junto a la puerta. Eran sólo cuatro pasos de distancia, pero ponerse de pie sobre una sola pierna resultó demasiado para su cuerpo maltratado y cayó al suelo.

- ¿pero qué diablos? – La doctora se giró con la jeringuilla en la mano - ¿qué hace? ¡Vuelva a la camilla!

Gunner no respondió, sino que se arrastró hacia la silla. Tres pasos de distancia, parecía tan lejano. La doctora rodeó la camilla con calma y se agachó junto a él, sostenía la jeringuilla en su mano. La miró con desesperación y toda pretensión de fingir abandonado. Podía sentir la inyección de adrenalina, tan familiar, mejor que cualquier droga. Le dio una patada en la tripa con su única pierna y se arrastró hacia la silla. Tan cerca ya…

- Con que esas tenemos. No sé ni porqué me molesto en calmaros el dolor.

Lo dijo en un tono irritado y claramente despreciativo. Pero esta vez fue más precavida y le rodeó para aproximarse por el otro lado. Gunner hizo un último esfuerzo y se estiró para alcanzar una de sus pistolas, en una funda colgada de la silla. Su mano se cerró sobre la familiar culata. Entonces sintió el pinchazo en su cuello. Quitar el seguro y apuntar para él era una misma cosa. Disparó sin pensar, para él aquello se había convertido en algo tan natural como respirar.

Fue un tiro limpio en la frente, un blanco perfecto cortesía de su sistema de puntería. Joder, pensó, de todos los implantes que se había puesto aquel era el único que merecía la pena. Se llevó la mano al cuello y se quitó la jeringuilla. Vacía. Tragó saliva ¿Cuánto le quedaría? ¿Unos minutos? Sintió el cuerpo cansado y se dejó caer. Sam tenía razón, tenía que haberlo dejado antes, pero para los tipos como él aquella era la única manera. Alargó el brazo hacia la silla y buscó el telecom en sus bolsillos. Marcó el número de Twitch y forzó una sonrisa amarga, al menos se había llevado a la perra por delante.

jueves, enero 24, 2008

C115-Zephyr 00: 57

Ni marcas, ni cicatrices. Enrico sonreía con insolencia pese a estar desnudo y atado a una silla en un sótano frío. El mafioso italiano con aspecto de actor de segunda o cantante de tango, probablemente se creía intocable, claro que Zephyr no necesitaba tocarlo para sacar información de él. Había recuperado la frialdad y su rostro cansado volvía a mostrarse distante.


Entró en la habitación pequeña y sin ventanas donde Kurage vigilaba al mafioso italiano. Estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y la espalda recta. El sombrero de mimbre cubría sus ojos vendados, pero eso no suponía ninguna diferencia, era consciente de todo lo que sucedía en la habitación. Nada más cruzar el umbral de la puerta la shaman Medusa levantó la cabeza y la miró.


Sostuvo su mirada en igualdad de condiciones. Para la shaman de pelo blanco, ella sólo era Serpiente alada. Imaginó cómo sería conocer el mundo sólo a través del tamiz espiritual, pasar de la oscuridad perpetua a la intensidad casi dolorosa del mundo espiritual. Allí Kurage no tenía ojos, pero eso no quería decir que no pudiese ver o sentir. Su pelo blanco y largo se había transformado en tentáculos que flotaban alrededor de su cuerpo mecidos por una corriente de agua inexistente.


- Te esperaba - dijo inclinando la cabeza en señal de reconocimiento.

- ¿Vamos a montar un trío? - Se burló Enrico desde la silla.


Kurage levantó la mano y uno de sus tentáculos se enrolló alrededor de la boca de Enrico. Sus pupilas se dilataron cuando le obligó a abrir la boca y se metió por su garganta. No podía ver los tentáculos pero podía sentirlos, metiéndose por su boca, descendiendo por su garganta, obligándole a permanecer callado y, más importante, recordándole que no tenía el control de la situación.


Zephyr se acercó a la mesa que había al fondo de la habitación. Sobre ella habían extendido un paño y colocado instrumental médico... o de tortura. Puede que pensasen que la vista de los escalpelos, agujas y tenazas intimidaría a Enrico lo suficiente para que hablase. O tal vez que lo usaría ella y después borraría las marcas. Fuera lo que fuese, nadie había utilizado aquellas herramientas con el italiano.


- Ya me encargo yo - dijo mientras giraba el escalpelo en la mano de forma pensativa.


Kurage sonrió bajo su sombrero de mimbre y recogió sus tentáculos. Enrico boqueó como un pez. La shaman se levantó y se llevó el dedo índice a los labios para indicarle silencio. Enrico la miró con un odio mal disimulado, pero permaneció en silencio.


- Estaré fuera.


Fue hacia la puerta ayudándose de un cayado que Zephyr sabía que no necesitaba, un arma más que una guía. Zephyr dejó el escalpelo en su lugar junto al resto del instrumental médico. No creía que fuera a necesitarlo, aunque la tentación de vengarse del hombre que había metido a su hermana en la prostitución y las drogas fuera muy grande. Kurage le dedicó otra de sus sonrisas enigmáticas y cerró la puerta tras ella.


- Por fin solos - Enrico sonrió de forma lasciva.


Intentaba provocarla, recuperar el control de la situación, aunque eso pudiera hacer que le rajaran todo el cuerpo. No le daría esa victoria. Arrastró una silla frente a él y se sentó, con los brazos apoyados en el respaldo, mirándole.


- Estás deseando ponerme las manos encima. En el fondo no eres más que una puta, como tu hermana.

- Yo no tentaría tu suerte.


Era una amenaza vacía porque, independientemente de lo que hiciera o dijese, la suerte de Enrico estaba echada y ella no podría vengarse. No sin echarlo todo a perder. El Koreano le había negado su posibilidad de vengarse y lo sabía, por eso sonreía.


- Tu padre tendría que haber aceptado mi oferta.- continuo el mafioso.

- Mi padre está muerto.


Enrico sonrió como si supiera algo que ella no y eso consiguió irritarla. Las serpientes de su forma espiritual serpentearon por sus brazos y sisearon de forma amenazadora, pero el italiano no podía verlas ni oírlas.


- Sólo porque no quiso pagar - Enrico sonrió de forma sádica - y al final ¿para qué? Me tiré a su hija mayor y habría hecho lo mismo contigo si no se la chuparas al Koreano.

-Basta, no me interesa.


Pero por la expresión de satisfacción de Enrico sabía que él creía que sí. Extendió la mano y dejó que la serpiente negra se deslizase desde ella hasta el cuello de Enrico. Se estremeció ligeramente ante el tacto suave y frío de la serpiente pero, al no ver nada, fingió que no lo había notado.


La serpiente blanca se deslizó detrás de su gemela negra hasta el cuerpo de Enrico. Ambas se deslizaban por la piel morena y desnuda del italiano mientras él se esforzaba en ignorarlo.


- Te han mandado para que me interrogues - afirmó - pero si quieres algo de mí vas a tener que soltarme.


Zephyr sonrió levemente mientras observaba a las serpientes enrollarse entorno a su cuello. Aquella manifestación de su máscara shamánica no era realmente necesaria, pero cuanto más cerca de la superficie más sencillo le era emplear los dones de Serpiente. Al igual que mantis podía emplear sus tentáculos para paralizar o causar temor, ella era capaz de extraer cualquier secreto de la mente de su víctima... siempre y cuando tuviera tranquilidad y tiempo.


- Me parece que no lo entiendes - comentó distraída mientras observaba a la serpiente negra subir lentamente por su nariz.


Enrico se removió incómodo. Tiraba de las ataduras intentando soltar su mano, si no hubiera estado atado se hubiera llevado la mano a la nariz para sacar a la serpiente de ahí.


- No te diré nada.

- No lo necesito. - Zephyr sonrió.


La serpiente blanca se introdujo por el oído. Zephyr hizo un gesto revelando su forma espiritual. Sacudió ligeramente las alas estirándolas y le miró con sus ojos serpentinos. La serpiente negra seguía subiendo por la fosa nasal. Enrico vio entonces las serpientes y gritó. Sacudió sin éxito la cabeza intentando sacarse las serpientes de encima, pero Zephyr sabía que no funcionaría. Las serpientes era sólo una manifestación espiritual, no estaban realmente en el mundo material, aunque Enrico sintiera el dolor como si de verdad estuvieran devorando su cerebro. Cuando el proceso terminase sabría todo lo que necesitaba y más. Sonrió de nuevo mirándole desde la silla.


- Veo que empiezas a entenderlo...



miércoles, enero 02, 2008

¿Cuál es tu personaje Favorito?

Bueno, los resultados de la encuesta para el 2007 son los siguientes:

Como puede verse en la captura de pantalla apenas hubo votos. Aún así, parece que la encuesta claramente se decanta a favor de tres personajes: Zephyr, Twitch y Ghost. Aunque la encuesta tiene 15 votos, al permitir más de un voto por persona, eso ha dado lugar a 19 votos. Los porcentajes que se muestran son la cantidad de personas que votaron una opción sobre el total de votos. La conclusión bastante clara es que, de momento, los favoritos no sorprenden.

De todos modos, iré abriendo encuestas cada mes para seguir viendo la opinión de la gente.

Proxima encuesta: ¿Qué personaje te gusta menos?


sábado, diciembre 29, 2007

C114-Enma Christler 00: 53

El agua caliente sobre sus músculos cansados ayudó a que liberase algo de la tensión acumulada. Incluso aunque aquella ducha no tuviera hidromasaje como la de su apartamento, ver como la suciedad y la sangre resaca se iban por el desagüe la hacía sentirse mejor. Mientras estaba bajo el chorro de agua podía pensar que todo había sido una pesadilla, que Steve seguía vivo, que mañana rodaba un anuncio de cosmética y que los índices de audiencia de este mes habían aumentado un punto. Twitch volvió a aporrear la puerta del baño.

- Vas a acabar con el agua caliente

No respondió, permaneció con los ojos fijos en las baldosas blancas del baño mientras el agua caía sobre ella, sin ser realmente consciente del tiempo que llevaba allí. Hasta que las llamadas se hicieron demasiado insistentes para seguir ignorándolas. No podía permanecer allí para siempre, tarde o temprano tendría que salir y afrontar todo lo que había sucedido. Terminó de aclararse el pelo y salió de la ducha.

Los de la emisora pirata le habían dejado algo de ropa, unos vaqueros que le quedaban largos y un jersey gris ancho que no le estaba del todo mal que supuso serían de la tal Zephyr. Supuso que debía sentirse afortunada de tener ropa limpia. Viendo el cuchitril en el que se escondían ya era mucho. No es que hubiera esperado unas instalaciones de lujo, pero de algún modo resultaba contradictorio que tuvieran un equipo de emisión de última generación escondido en un sótano cutre de unos grandes almacenes abandonados.

Le había echado un vistazo antes de que la sacaran de la sala. Había pocos equipos con una señal tan potente, principalmente porque no resultaba rentable y las emisoras legales tenían anchos de banda asignados. Pero ella tenía su propia experiencia retransmitiendo en lugares donde se interceptaba la señal y estaba segura de que ese equipo incluso podría interceptar la señal de una de las grandes emisoras. Eso le hacía pensar que aquella emisora pirata era más de lo que parecía, alguien tenía que estar financiándola. Pero ¿con qué objetivo?

Twitch volvió a aporrear la puerta del baño. Terminó de arreglarse, se secó el pelo y finalmente abrió la puerta del baño sin previo aviso.

- Ya era hora

Sonrió como si no le hubiera escuchado, era perfectamente consciente del tiempo que había tardado pero después del día que llevaba eso era lo último que le importaba. Además, el primer paso para sentirse bien era que lo pareciese. Eso era lo que su psicólogo siempre le decía, aunque Steve siempre le había dicho que no era más que un charlatán. Ahora nada de eso importaba.

- Todo tuyo

Salió procurando no acercarse demasiado a Twitch, todavía apestaba. Antes de la ducha ella debía de haber tenido un aspecto parecido, o puede que peor, pero una hora de trabajo había conseguido que volviese a tener buen aspecto, incluso con la ropa prestada.

Fue hasta el cruce dónde los pasillos se ensanchaban y alguien había puesto un par de sillones a modo de saloncito. La luz de unas lámparas caseras pinchadas a la red pública iluminaba malamente el lugar. Se sentó en uno de los sillones de un color gris decolorado. Seguía dándole vueltas a los de la emisora, interceptar la señal no bastaba, para que se mantuviese el tiempo suficiente para dar una noticia hacía falta alguien capaz de desactivar los sistemas informáticos que recuperaban la señal interceptada, no era algo que se pudiera improvisar en un momento.

- Parece que el viejo acertó con lo de llamarte princesa… - escuchó a su espalda

Christler dio un respingo sobresaltada por la súbita aparición de Morgan. Su cuerpo musculoso y su porte militar unido a que aún no se había cambiado, le daba un aspecto intimidante. Aunque podía escuchar el sonido de las tuberías y en la sala de montajes se escuchaba el sonido de unas risas, las dos estaban solas en aquella especie de saloncito. Cruzó los brazos sobre el pecho, empezaba a estar cansada de que se metiesen con ella por su aspecto. La miró desafiante.

- Tampoco está tan mal arreglarse un poco, a ti no te vendría mal…

Morgan ignoró la puya y se dejó caer sobre un sillón marrón frente a ella, sin importarle ensuciarlo. Christler se encaró con ella, no iba a permitir que la ignorasen de ese modo.

- Que seas una mercenaria no implica que…

- Déjalo Christler, puede que en tu trabajo el maquillaje sea una de tus armas, pero en el mío sólo sirve para que no te tomen en serio.

Así que era eso de lo que iba todo, aunque al menos ella tenía el valor de decírselo a la cara. Desde que la habían encontrado habían estado tratándola como si sólo fuera una carga, incapaz de hacer nada. Y puede que en el complejo de Infotech hubiera sido cierto, pero aquí, en la emisora pirata, estaba claro quién tenía más experiencia. Es más podía apostar que si alguien podía averiguar qué cojones estaba pasando era ella.

- No soy una inútil ¿sabes? – espetó señalándola con el dedo.

- Nadie ha dicho que lo seas, pero estás fuera de tu ambiente.

- Tú también, ¿crees que no lo he notado?

Por un momento las dos mujeres permanecieron mirándose en silencio. Esta vez parecía qué sí había dado en el blanco. No hacía falta ser muy observador para ver que Morgan no era como los otros incursores, era más disciplinada, mucho más formal y todos sus intentos de encajar con los otros resultaban forzados. En realidad no era capaz de imaginar a Morgan con ropa que no fuera militar o, por lo menos, con algo que no fuera práctico, ni tatuajes, ni joyas, ni maquillaje, nada que la hiciera destacar. Como los corporativos. Morgan rompió el silencio.

- ¿Qué harás ahora? Tú tampoco puedes volver.

- No es cierto, es cuestión de tiempo que se olviden de esto y pasen a la siguiente noticia…

Pero incluso mientras lo decía sabía que eso no era del todo cierto. La gente se olvidaría pronto de Infotech, pero para entonces también la habrían olvidado a ella. Para una periodista estar sin aparecer en las ondas por tanto tiempo era un suicidio profesional. Así que tenía dos opciones, venderse a la competencia de Infotech o pasarse a la emisora pirata. Morgan comenzó a desmontar su fúsil y limpiar las piezas con un cuidado que estaba segura no dedicaba a sí misma.

- No creo que Infotech vaya a olvidarse de ti – dijo sin levantar la vista de lo que estaba haciendo.

- ¿A dónde quieres llegar?

- Sé cómo funcionan, tenemos un día, puede que dos, antes de que vengan a por nosotros, querrán eliminar las pruebas.

Morgan hablaba con un tono de voz neutro, como si aquello no la afectase. De algún modo eso era lo que le resultaba más incómodo. Aún así había tomado una decisión y pensaba emitir un reportaje completo sobre lo que había pasado allí.

- Pero lo tenemos grabado…

- Deberíamos considerar no emitirlo, proponerles un cambio. – Morgan siguió sin mirarla pese a que su arma ya debía estar del todo limpia, al menos que ella pudiera ver.

- ¡Ni hablar! Hay mucha gente que ha muerto ya por esta grabación.

- Me imaginaba que dirías eso.

Morgan suspiró, parecía más cansada que molesta y, desde luego, estaba mucho más calmada de lo que lo habría estado el otro mercenario, el tal Gunner. Se alegraba de que se lo hubieran llevado a un médico o lo que fuera, así se ahorraba sus insultos.

- Así que vas a intentar hacer que cambie de opinión.

- No, sería perder el tiempo, pero tenemos que darles algo para que se olviden de nosotros.

Christer entrecerró los ojos y observó la mercenaria. Parecía que después de todo había malinterpretado a Morgan, estaba negociando con ella. Estaba claro que sabía tan bien como ella que ninguna de las dos podrían continuar con su vida hasta que no hubieran zanjado el asunto de Infotech… y ninguna quería esperar a que todo pasase porque podía no suceder nunca. Morgan había vuelto a montar el fusil y revisaba sus otras armas, como si esperase tener que salir en cualquier momento.

- ¿Cómo qué?

- Dexter Smithers.

El nombre le sonaba de algo, pero no era capaz de recordar de qué. Estaba segura que si podía mirar en los datos de su agenda encontraría alguna referencia para ese nombre, sólo necesitaba un sitio para empezar.

- ¿A qué se dedica?

- Investigación paranormal.

Christler recordó entonces de qué le sonaba, hacía un par de años había tenido un accidente con invocaciones en su laboratorio, una noticia de relleno que cortaron en el último minuto. Pero eso le daba un punto de partida antes de ir a preguntar a sus contactos. Se levantó del sillón y se sacudió los pantalones.

- Estaré aquí en un par de horas.

- Mantén un perfil bajo, no dejes que te reconozcan. – Christler levantó una ceja, no necesitaba que le dijeran cómo tenía que hacer su trabajo.

- Me preocupa más si podemos confiar en esta emisora.

- ¿Qué quieres decir?

- No sabemos para quién trabajan y, créeme, todas trabajan para alguien.

- ¿Te preocupa la competencia? – preguntó Twitch con su habitual tono burlón.

Se había puesto unos vaqueros viejos y otra gabardina, idéntica a la otra que tenía, pero limpia. Se preguntó cuánto tiempo llevaría escuchando. Christler puso la manos sobre su cadera y levantó una ceja, estaba claro quién se encargaba de inutilizar el sistema para la emisora pirata. Ahora sólo tenía que encontrar el modo de sonsacárselo…

- Ni de lejos, pero me gusta saber para quién trabajo.

- Bueno, eso es fácil, en este momento estas intentando salvar tu culo. Bienvenida al club.

- Fenomenal, lo celebraremos a mi vuelta - sonrió burlona

La forma en la que había evitado responder a su pregunta confirmaba sus sospechas. Puede que no fuera el momento para investigar la emisora, pero no pensaba olvidarse. Twitch sabía algo y ella iba a averiguar qué.

miércoles, diciembre 26, 2007

C113-Mantis 00: 52

El cartel de neón del motel era la unica fuente de luz, Mantis lo prefería así. El papel arrancado de las paredes, la madera arañada y las manchas de sangre sobre el colchón y la moqueta quedaban al descubierto bajo la luz blanca y fría del fluorescente. La luz cálida de la lampara de la mesilla era algo mas tolerable, pero no ofrecía la ilusión acogedora de las sombras.

Encendió un cigarrillo y dio una calada honda, saboreando el humo. El tabaco acabaría matándola, por eso le gustaba. Exhaló mientras miraba en el espejo el reflejo de Perro. Aún seguía esposado a la cama. Había intentado liberarse sin éxito pero los barrotes de la cama habían aguantado, después de todo ella se había asegurado de que resistiesen los embites de hombres mucho más grandes, algunos con implantes. Finalmente se había desmayado exhausto y había caído en un sueño febril.

Le observó sentada desde la silla dada la vuelta, con los brazos apollados sobre el respaldo. Su pecho subía y bajaba difícultad, pero respiraba. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado así con un hombre, lo normal sería que a estas horas hubiese rajado su garganta y que su cuerpo inerte se estuviese enfriando sobre la cama, aunque la oscuridad siempre le había ofrecido la ilusión de que sólo dormían.

Dio una nueva calada honda y dejó que el humo se escapase de sus labios. Después de tanto tiempo pretendiendo una apariencia de normalidad se había dado cuenta de que no lo echaba de menos. Tal vez por eso volvía una y otra vez a aquella habitación de motel destartalada, aunque hubiesen arrancado el papel amarillento de las paredes, la moqueta verde estuviera manchada de sangre y hubiese tenido que cambiar los barrotes de la cama doble. Aquella habitación había visto nacer a Mantis o, mejor dicho, había sido donde por primera vez había aceptado su naturaleza. De eso va todo ¿no?

Perro lo había olvidado mientras rastreaba a los tóxicos por el vertedero. Se había vuelto rabioso. Incluso había llegado a atacar al Gato. Inspiró el humo lentamente, puede que hubiese sido un error dejarle ir solo estando herido, era poco más que un cachorro y lo que fuese que había atacado a Ezequiel seguía fuera. Claro que Gato era más sutil y sigiloso que Perro, con suerte no le verían.

En cierto modo, estar alli vigilando el sueño intranquilo de Perro le hacía sentirse meláncolica. Se preguntó qué diría Serpiente si la viese. Ella había sido la primera en conocerla, cuando aún no sabía, no entendía, lo que era. La había visto cubierta con la sangre del juez, sobre su cuerpo mutilado y desnudo en aquella misma habitación. En lugar de gritar o correr solo había dicho una palabra. Mantis.

Nunca habían podido limpiar las manchas de sangre del cadáver del juez. Tampoco las de su víctima, se habían limitado a cambiar la moqueta. Pero eso a los espíritus no les importa, la sangre de Eltsbeth y de él seguía fresca en el mundo espíritual. A veces incluso podía escuchar el requiem de Mozart sonando mientras Eltsbeth moría, mientras cortaba la garganta del juez.

Todo estaba ahí, como un lienzo pintado con sangre. No hacía falta decir que ella jamás se había molestado en cambiar la moqueta, no se avergonzaba de nada. No podía decirse que a Serpiente le hubiese resultado agradable ver el cadáver descuartizado del juez. Con todo había tenido suerte de que fuera ella quien la encontrara, los otros no la habrían aceptado, no lo habrían entendido. Serpiente había esperado fuera a que terminase y luego había escuchado.

Perro despertó. En la penumbra no podía ver si sus ojos seguían inyectados de sangre pero sí como se revolvía en la cama intentando soltarse. Los muelles crujieron y Mantis pensó en que tal vez tendría que cambiarla, pero los barrotes de acero reforzado no cedieron. Sonrió en la oscuridad y dio la ultima calada a su cigarrillo.

- No te esfuerces, solo conseguirás hacerte daño.

Apagó el cigarrillo en el cenicero del tocador y luego observó cómo seguía retorciéndose en un vano esfuerzo por soltarse, como si no hubiera tenido tiempo y experiencia para perfeccionar el modo de apresar a sus víctimas. Aunque no siempre había sido así, al principio se había resistido, se había negado a aceptar que era una devora hombres… en el sentido literal. Ser una abogada ambiciosa sin pareja estable estaba bien, acostarse con un hombre diferente cada noche hacía que la mirasen mal pero no la convertía en un monstruo. Hasta que llegó el juez. Sacar a la luz sus asesinatos habría valido para avanzar su carrera. Las cosas no salieron como ninguno de los dos esperaba y ella terminó matándolo con el mismo cuchillo con el que él pensaba descuartizarla. Que irónico.

Perro se dejó caer exhausto sobre el colchón, imaginó que incluso en su estado alterado se había visto obligado a reconocer que no podía soltarse. Desde dónde estaba podía oler su sangre aunque no pudiese verla, era uno de los dones de Mantis.

- Te lo dije

Perro no respondió, el único sonido era el de su respiración irregular, pesada. Se preguntó si tendría que acabar sacrificándolo: Muerto el perro se acabó la rabia. No, esa era muy mala idea. Perro no era como Eltsbeth o como sus víctimas, a el vendrían a buscarle, querrían vengarle. No podía permitirse algo así, por eso siempre había sido muy cuidadosa escogiendo sus víctimas. No sabía si Serpiente tenía razón en lo de que Eltsbeth la había escogido para vengarla, pero sí que sus sistema funcionaba: escoge siempre a los clientes más cabrones, nadie los va a echar de menos. A veces incluso había tenido la impresión de que las otras se lo agradecían. Casi un servicio público. Por supuesto eso a Serpiente le convenía, no era estúpida y se daba cuenta de que ella tenía sus propios intereses, pero su relación había terminado por ser simbiótica. Y por eso aún seguía allí, vigilando a Perro en lugar de arrojarlo de vuelta al vertedero con un corte en la garganta.

- … mis venas arden… - la voz rasposa de Perro rompió el silencio.

Mantis sacó otro cigarrillo, la llama del mechero osciló bajo una corriente de aire imperceptible. Fuera nada se movía aunque el vertedero no estaba muy lejos.

- Tienes fiebre

Era sólo un síntoma, probablemente lo que recorría sus venas era algo peor, un regalito de los tóxicos. Oso o Serpiente podrían tratarlo, ella no, los dones de Mantis estaban más orientados al asesinato. Tal vez por eso se había sentido tan molesta cuando el espíritu libre la había pedido que se quedase a cuidarlo, proteger a otros era la naturaleza de Perro u Oso, no la suya. Pero ahí seguían los dos, observandose entre las sombras.

- …Envenenado… Oso… - Aquello hizo que Mantis se levantase y casi se le cayese el cigarrillo sobre la moqueta.

- ¿Qué pasa con Oso? – Mantis se acercó hasta la cama y le obligó a mirarla

- Ataque a Neko… - Perro parecia delirar

- Olvidate de Gato, ¿qué hay de Oso?

Osos también podía curarle y entonces se libraría de él. Claro que cuando se fue el espíritu libre había enviado a un par de espíritus mantis a explorar y ninguno había vuelto… Por un instante Perro pareció recuperar la cordura.

- Infectado… – consiguió decir - … no dejes… no dejes que se acerque.

Perro respiraba con difícultad, como si sólo decir aquellas palabras le costase emplear toda su voluntad. Mantis sostuvo su cabeza.

- ¿Dónde está?

Perro la miró con los ojos desencajados, como si acabara de recordar algo horrible. Estaba empapado en sudor aunque su piel estaba fría al tacto. Olía a miedo.

- … la gemela… va a matarla… ratas…

Perro perdió el conocimiento. Lo último que había dicho parecían más delirios que otra cosa pero algo estaba claro: no podían contar con Oso. Fue hasta el tocador y apagó el cigarrillo apenas empezado. Ella era una depredadora, no una protectora, se había acabado el esperar allí hasta que llegasen refuerzos.

Abrió el neceser con el maquillaje y lo vació sobre el tocador. Después abrió el doble fondo y sacó suficientes calmantes para dejar a Perro inconsciente. Eso le daría un par de horas. Y cuando encontrase a Oso haría lo que su naturaleza le pidiese. Mantis, la depredadora, salía de caza.

miércoles, diciembre 19, 2007

C112-Dra. Verónica Milles 00: 48

Se imponía un cambio de planes. Aguardó en la enfermería apoyada en la puerta. Estaba sola a excepción del elfo y se había asegurado que siguiera inconsciente por varias horas. Eso le daba tiempo para pensar.

Se quedó quieta con el oído pegado a la puerta. En el pasillo se podía escuchar la voz gutural del Troll, pero las respuestas de la elfa se perdían para ella. Estaba segura de que era la misma de su contrato: caucásica, metro setenta, morena, mismas facciones delicadas y mismos ojos que la holografía de su secretaria de bolsillo. Escuchó con atención, no terminaba de entender de qué estaban hablando pero parecía que la elfa Zephyr trabajaba para el Koreano…

Finalmente había localizado a uno de sus objetivos, pero lo que acababa de escuchar complicaba las cosas. Lo que la preocupaba no era que la hubiese visto, estaba claro que el troll sólo la conocía por su tapadera, aunque ella no le había reconocido, todas aquellas bestias le parecían iguales. No, lo que de verdad le preocupaba era la relación que la elfa pudiera tener con el Koreano.

Las voces dejaron de oírse y Verónica se apartó de la puerta para sentarse en una de las camillas vacías. En el poco tiempo que llevaba en aquel edificio le había quedado claro que el Koreano era mucho más que un simple matón, desde luego parecía alguien mucho más influyente y civilizado que el orco que la había contratado. Alguien con quién no convenía enemistarse. Además, era atractivo. Alto, cuerpo bien formado, moreno y, o si, para ella el poder siempre había sido un gran afrodisiaco. Definitivamente le habría preferido como contratador al orco que incluso con un traje caro seguía pareciendo un matón zafio. Claro que los negocios son negocios y ella tenía una reputación como cazarrecompensas…

Se levantó y comprobó el pulso del elfo, seguía estable. Mientras estuviera allí tendría que mantener su tapadera como médico callejera y siempre estaría bien un extra. El Koreano le había ofrecido una cantidad respetable por recomponer a sus luchadores, lo suficiente para vencer su repugnancia a la gente sudorosa y los trolls. Pero no lo suficiente como para que se olvidase de su contrato con el orco.

Comenzó a pasear por la enfermería mientras consideraba sus opciones. Estaba claro que tendría que esperar a que ella saliese de allí e iba a necesitar narcóticos. Cruzó la habitación y rebuscó en el botiquín de la enfermería. Probablemente no notarían si se llevaba alguna cosa.

Acababa de guardar los narcóticos en el bolso cuando la puerta se abrió de golpe. Miró sobresaltada y vio a un troll. No tenía ninguna herida y, por la ropa parecía el mismo troll que había visto con la elfa. Le sonrió falsamente a pesar del asco que le causaba su piel verrugosa, su nariz aplastada y sus colmillos amarillentos que sobresalían de su boca. Con suerte podría sonsacarle dónde había ido la elfa o alguna información, es decir, si es que sabía algo, porque sólo había ver que ver sus ojos bobalicones para darse cuenta que no era muy listo.

- El jefe quiere verte – gruñó

La doctora se levantó y se quitó la bata blanca que se había puesto para atender al elfo. Luego miró de reojo al troll preguntándose cómo sacar el tema de la elfa. Cogió su bolso y sonrió.

- ¿También combates? – dijo para romper el hielo.

Desde luego era lo suficiente grande como para combatir y ¿para qué otra cosa servían aquellas bestias?

- Yo no haría esperar al jefe. – gruñó de nuevo.

Verónica tuvo que ahorrarse un comentario cortante, estaba claro que aquel engendro no tenía ningún tipo de modales. Eran poco más que animales. Forzó una sonrisa.

- Entonces no le hagamos esperar. ¿Qué es lo que quiere?

El troll no respondió, se limitó a darse la vuelta y salir de la habitación. Verónica se quedó quieta por un segundo preguntándose de qué iba todo aquello hasta que el troll volvió a llamarla con su voz grave.

- ¿A qué esperas?

Le siguió a regañadientes hasta dos puertas dobles sin que sus intentos de conversación tuviesen ningún éxito. Allí se detuvo e hizo un gesto brusco indicándole que entrase. Le miró por encima del hombro cansada de perder su tiempo.

- Ya puedes irte – le dijo antes de entrar.

El despacho era grande y estaba decorado con buen gusto a excepción de la moqueta sintética. Le llamó la atención porque no parecía que el Koreano escatimase en gastos, el escritorio de madera era una antigüedad de mediados del siglo veinte y el sillón sobre el que se sentaba parecía de cuero auténtico. No, en una habitación tan lujosa como aquella una moqueta sintética estaba fuera de lugar.

El Koreano la estudió con sus ojos negros rasgados sin decir una palabra. Su expresión era fría, casi amenazadora, hasta el punto de que Verónica llegó a preguntarse si sabría porqué estaba allí. En ese caso la presencia del troll y el comentario de “a quién tenía que matar” cobraba un significado claro.

- Siéntese – la voz autoritaria del Koreano no admitía réplica.

Esperó unos segundos a que tomase asiento en una butaca tapizada de seda blanca. Sobre la mesa había servida una copa de Brandy añejo, caro, y una botella medio vacía del mismo Brandy. Había otro vaso vacío pero no le ofreció.

- Afirmó que tenía conocimientos médicos.

Verónica agachó la cabeza incapaz de sostener la mirada al Koreano. Parecía como si estuviese intentando comprobar su coartada, claro que ella tenía algo más que un título colgado en la pared para demostrar que sabía medicina y si no fuera por el maldito código deontológico habría podido ejercer en los mejores hospitales.

- Creo que ya lo he demostrado – respondió con su orgullo algo herido pero sin apartar la vista de la moqueta sintética.

El Koreano tamborileó con los dedos en la mesa y luego dio un trago de su copa como si intentase decidir algo.

- Bien. ¿Qué sabe de implantes?

La pregunta la tomó por sorpresa pero respiró aliviada. Poner implantes no era en absoluto su especialidad, por otra parte, considerando las chapuzas que se hacían en la calle y el amplio mercado que existía no le convenía cerrarse puertas.

- He hecho alguna cosa – respondió de forma ambigua.

- ¿Cómo qué?

El Koreano rellenó su copa mientras seguía con la mirada clavada en ella, de una forma inequívocamente fría, nada que pudiera considerar halagador. Deseó tener su propia copa pero no se atrevió a pedir que le sirviese un poco de Brandy en el vaso vacío. Tuvo que esforzarse para mantener su aplomo y describir dos intervenciones para injertar implantes de segunda mano del mercado negro.

- Lo habitual, miembros mecánicos y conectores - El Koreano volvió a tamborilear con los dedos en la mesa. – Tendrá que valer. Tengo un trabajo para usted, tarifa estándar por la implantación de un brazo y una pierna.

Pulsó un botón debajo de la mesa y se abrió un panel en la pared revelando una computadora. Sin esperar a una respuesta transfirió los datos al telecom de la doctora. Verónica miró al Koreano impecablemente vestido con un traje que costaba más de lo que muchos ganaban en un mes, estaba claro que estaba acostumbrado a que nadie le discutiese o negase nada. Por otra parte, si hacía ese trabajo para él puede que consiguiese mejores trabajos en el futuro. Abrió su telecom y miró los datos. Le costó no sonreír, acababan de servirle a uno de sus objetivos en bandeja…