No se permitió mirar de nuevo a su hermana, su cuerpo frágil y desnudo tirado en el suelo de la ducha, las marcas de magulladuras que empezaban a formarse y el vacío de sus ojos. Deseó no haberla abofeteado, poder borrar sus palabras, pero ya era tarde. El agua seguía corriendo.
Adopto su máscara de Serpiente para evitar derrumbarse, para acallar los murmullos y comentarios cuando salió de las duchas al vestuario y para ocultarse de las miradas impertinentes del grupo de orcos que había allí reunidos. No era el momento ni el lugar para demostrar debilidad o se echarían encima como cuervos. Les devolvió la mirada con una frialdad calculada, buscando la menor excusa para descargar su ira contra ellos, aun cuando no fueran los causantes de su miseria. Se removieron inquietos entre los bancos de madera y las taquillas bajando la mirada o fingiendo estar más interesados en su bebida.
Al fondo del vestuario alguien cerró la puerta que daba al pasillo, buitres que venían al olor de la sangre… y miedo, pero suyo. Entrecerró los ojos buscando el origen y entonces le vio, escondiéndose detrás de unas taquillas: Brake. Capturo su mirada, igual que una serpiente con su presa, y se acercó a él dispuesta a hundir su puñal en su cuello y ver como se desangraba sobre el suelo de baldosas. Sujetó con seguridad la empuñadura de piel que ya tenía la forma de sus dedos.
- ¡Espera! Tienes que ayudarme. – Brake salió de su escondite cojeando.
Zephyr le miró de arriba abajo y soltó una risa cruel. Estaba marcado por el mordisco de una serpiente. Devolvió el puñal a su funda, el veneno haría el trabajo y sería mucho peor. La sangre lo iría extendiendo por el resto del cuerpo paralizándolo, de forma lenta y segura. Hasta llegar al corazón.
- Tienes veinticuatro horas para darme un motivo
Le quedaban unas doce. Pero después de tanto tiempo deseando poder vengarse aquel era el mejor modo de alargar su agonía, hacerle creer que aún podía salvarse para negárselo en el último minuto. Merecía el dolor, tanto como había sentido al ver a su hermana. Serpiente sonrió sibilina.
Antes de que Brake respondiera un troll irrumpió en los vestuarios. Zephyr le reconoció por sus cuernos negros retorcidos y los tatuajes de dragones por los brazos. Se llamaba Jeff y trabajaba para el Koreano, bastaba con verle para saber de qué. A su tamaño descomunal y aspecto amenazador, se unían varios implantes dermales, aceleradores sinápticos y un sistema de puntería para un dos de ametralladoras que gracias a su tamaño usaba como pistolas. El Koreano había llamado a uno de sus ejecutores, se avecinaba algo importante.
Brake se escurrió hacia la otra salida junto con el grupo de orcos todo lo deprisa que le permitió su cojera. El vestuario se quedó vació a excepción de ellos. Jeff soltó una risa cavernosa.
- Te está esperando, tienes que decirle a quién tengo que matar.
- Pensaba que te habías retirado, la última vez casi te matan.
El troll se encogió de hombros, viéndole en aquel momento era difícil imaginar que algo pudiera dañarle, pero ella había tenido que retirar las placas dermales perforadas para retirar las balas y luego “parchearle” de nuevo. Por poco no lo había contado.
- No hay muchas salidas para alguien como yo, ya sabes…
Zephyr asintió, conocía a más como él, tal vez no tan buenos en lo que hacían, pero igual. Una vez entrabas era difícil dejar aquel negocio y no pudo evitar preguntarse si había sido demasiado ingenua al pensar que podría sacar a su hermana de las garras de Brake y desaparecer. Salió de los vestuarios. Al fondo del pasillo vio a una mujer vestida de violeta y dorado con una bata blanca meterse en la enfermería. El buitre. No la conocía y eso la hizo desconfiar. Nadie que trabajase para el Koreano estaba limpio y aunque algunos tuvieran su propio código y fueran de fiar, nadie que fuera confiado sobrevivía mucho tiempo.
- Creo que no le gusto. – se rió el troll.
El pasillo no era suficiente ancho para que Jeff caminase a su lado, así que iba un metro detrás suyo, apenas uno de sus pasos.
- ¿Quién es?
- Una Matasanos. Cara, poco simpática, pero no hace preguntas.
Empezaron a subir las escaleras. El Koreano solía llamarla para operaciones delicadas, ilegales o las dos cosas, que hubiera traído a otra doctora significaba que la habían llamado por otra cosa… y que el Koreano esperaba bajas. Miró a Jeff de reojo, le caía bien el grandullón.
- Se prepara una gorda, ¿a cuántos han llamado?
- A todos.
Zephyr se paró en seco y Jeff casi se la llevó por delante. Estaban hablando de una guerra, no de escaramuzas. Ni siquiera quería considerar las consecuencias de algo así, pero parte de ella se preguntaba si todo aquello estaría relacionado de alguna forma con el espíritu tóxico. ¿Y si lo de su hermana también lo estaba? Sintió un escalofrío. El troll le puso su enorme mano sobre el hombro.
- ¿estás bien?
- Tengo un mal presentimiento… - murmuró.
El troll meneó la cabeza como si ya hubiera escuchado antes algo así, sus cuernos negros casi rozaban el techo.
- Si haces bien tu parte acabará antes de haber empezado. Vamos, no le hagas esperar.
El troll le dio un ligero empujón hacia la puerta doble del despacho del Koreano. Zephyr se encaminó hacía allí cabizbaja, tendría que volver con su hermana, pedirle perdón e intentar arreglar las cosas. Pero el Dragón ya estaba completamente despierto, alerta, no podía volver. Abrió la puerta del despacho.
Era una habitación enorme, uno doce metros de largo por ocho de ancho, una demostración de lujo en una ciudad en la que la gente vivía hacinada. Desde luego era más grande que el ático que compartía con su hermana. Había pasado allí muchas horas y la planta que aún seguía en una de las esquinas del fondo la había traído ella. Recordaba cuando Kuei la había estado decorando siguiendo los conceptos de armonía del Feng Shui, entonces el Dragón dormía. Pero Kuei tenía su propia máscara como el Koreano, era de la sangre del Dragón.
El Koreano estaba de pie, mirando por el ventanal que ocupaba toda la pared del fondo y que daba al ring. No se volvió a mirarla, pero sabía que la había oído entrar. Atravesó la habitación y no pudo evitar notar que acababan de cambiar la moqueta. Aunque la nueva era de la misma tonalidad gris clara esta era sintética, un reemplazo rápido para tapar algo. Zephyr se detuvo delante del escritorio de madera de cerezo blanco. Había una silla también de madera frente a ella, pero permaneció de pie.
- Acércate, es un buen combate.
El Koreano no apartó la mirada del ring donde dos trolls jóvenes estaban golpeándose salvajemente. Zephyr se acercó sin decir nada, sabía que no serviría de nada meterle prisa. Miró hacia las puertas dobles ¿seguiría Tina tirada en las duchas? Se mordió el labio.
- ¿Qué te parecen?
No vio signos de implantes o heridas viejas en ninguno de ellos, pero las heridas que tenían ahora eran profundas y dejarían cicatriz. El más grande de los dos cogió al otro por los cuernos y lo arrojó contra el suelo, el parqué retumbó y supo que el único motivo por el que no lo había atravesado era porque debajo había cemento.
- Es su primer combate, pelean de verdad, no fingen
El Koreano la rodeó y se colocó a su espalda, con las manos apoyadas sobre sus hombros y acariciando su cuello ligeramente con los pulgares.
- Te echo de menos – susurró en su oído.
Zephyr se estremeció ligeramente, un dragón no es sino una sierpe vieja, poderosa, y eso la había atraído. Tenía buenos recuerdos y aún quedaba algo, pero ahora más que nunca le resultaba imposible olvidar porqué había acabado todo.
- ¿Por eso me has llamado? – Se esforzó por controlar su tono de voz, pero en lo único que podía pensar era en salir de allí para ver cómo estaba su hermana.
- No, pero puede arreglarse.
Kuei acarició su mejilla y por un momento le pareció ver al hombre que había bajo la máscara del Koreano. Si simplemente hubieran sido ellos dos las cosas podrían haber sido diferentes pero, al final, los papeles que representaban ante el resto volverían a interponerse. Y también estaba Tina.
- Vuelve conmigo. – rozó su mejilla con los labios.
Aún recordaba cómo había acabado la última vez, cómo había suplicado para que la ayudase a sacar a su hermana del tugurio de Brake y cómo él se había negado. La única cosa que le había pedido y él se había negado para no despertar sospechas. Por eso su hermana había seguido tomando drogas y ahora estaba a un suspiro de morir de sobredosis. Cabrón. Zephyr se apartó bruscamente y negó con la cabeza.
- Vete a la mierda. He encontrado a mi hermana tirada en los baños con una sobredosis… - la voz le tembló
Se sentía furiosa, dolida, traicionada. Ya ni siquiera era capaz de contener sus lágrimas. Estaba cansada de promesas vacías, de fingir, de esperar el momento adecuado para poder huir las dos de aquella mierda.
- Estás alterada, no sabes lo que dices.
El Koreano la miró sorprendido por aquella reacción y por un breve instante pudo ver el desconcierto producido por algo que escapaba a sus planes, un desconcierto que pasó rápido. Intentó acercarse a ella, abrazarla pero volvió a apartarse.
- Podías haberlo evitado… podías… - Zephyr abrió mucho los ojos y se tapó boca – ¡lo hiciste tu!
- ¡Basta! Lo de tu hermana no ha sido cosa mía. – El Koreano estaba furioso
Zephyr retrocedió hasta el escritorio y le fallaron las fuerzas. Se dejó caer sobre el sillón de cuero negro y ocultó la cara tras las manos. No le importaba lo que pudiera pensar Kuei, lo único en que podía pensar era en que le había fallado a su hermana. Deseó no haber discutido con ella, haber pensado un lugar más seguro para dejarla que con Perro… Se había equivocado en tantas cosas. El Koreano se agachó frente a ella y le acarició el pelo.
- Cálmate. Necesito que vayas con Kurage, tenemos a Enrico.
Así que era eso, desde un principio. La necesitaba para sacarle toda la información sobre los italianos antes de que notaran. No sabía cómo habían capturado a Enrico, aunque parecía un movimiento demasiado precipitado para el Koreano. No pasaría mucho tiempo antes de que otro tomase su lugar y la información que tenía fuera inútil. Todo lo que habían averiguado espiando a Brake no valdría de nada. Pero eso ahora le daba igual.
- Estamos muy cerca.
Miró al Koreano y estudió sus ojos negros. Por un momento le pareció ver algo distinto al dragón.
- ¿Estamos?
Él le devolvió la mirada y acarició su mejilla. Después su rostro recuperó la expresión calculadora, todo negocios.
- Cuando acabes tendrás a tu hermana.
Era lo que habían acordado en un principio, dejar que su hermana y ella se fueran, asegurarse de que nadie iría tras ellas.
- ¿Y eso que importa? Ya es tarde. Esta demasiado enganchada, es cuestión de tiempo que muera de sobredosis.
- Yo me haré cargo de todo. Ve abajo, Kurage te espera.
Esta noche el Dragón saldría de caza y no esperaría por ella. Tampoco le dejarían irse sin darle lo que quería. Zephyr se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
- No te preocupes, tendrás tu información, está claro que es lo único que te importa.
El Koreano siempre cumplía su palabra, sólo podía esperar que para entonces aún estuviera a tiempo de ayudar a su hermana. Y sólo le costaría empezar una guerra de mafias…
1 comentario:
Buen capítulo, voy escribiendo el de Kurage acorde con eso...
Publicar un comentario