miércoles, diciembre 26, 2007

C113-Mantis 00: 52

El cartel de neón del motel era la unica fuente de luz, Mantis lo prefería así. El papel arrancado de las paredes, la madera arañada y las manchas de sangre sobre el colchón y la moqueta quedaban al descubierto bajo la luz blanca y fría del fluorescente. La luz cálida de la lampara de la mesilla era algo mas tolerable, pero no ofrecía la ilusión acogedora de las sombras.

Encendió un cigarrillo y dio una calada honda, saboreando el humo. El tabaco acabaría matándola, por eso le gustaba. Exhaló mientras miraba en el espejo el reflejo de Perro. Aún seguía esposado a la cama. Había intentado liberarse sin éxito pero los barrotes de la cama habían aguantado, después de todo ella se había asegurado de que resistiesen los embites de hombres mucho más grandes, algunos con implantes. Finalmente se había desmayado exhausto y había caído en un sueño febril.

Le observó sentada desde la silla dada la vuelta, con los brazos apollados sobre el respaldo. Su pecho subía y bajaba difícultad, pero respiraba. Hacía mucho tiempo desde la última vez que había estado así con un hombre, lo normal sería que a estas horas hubiese rajado su garganta y que su cuerpo inerte se estuviese enfriando sobre la cama, aunque la oscuridad siempre le había ofrecido la ilusión de que sólo dormían.

Dio una nueva calada honda y dejó que el humo se escapase de sus labios. Después de tanto tiempo pretendiendo una apariencia de normalidad se había dado cuenta de que no lo echaba de menos. Tal vez por eso volvía una y otra vez a aquella habitación de motel destartalada, aunque hubiesen arrancado el papel amarillento de las paredes, la moqueta verde estuviera manchada de sangre y hubiese tenido que cambiar los barrotes de la cama doble. Aquella habitación había visto nacer a Mantis o, mejor dicho, había sido donde por primera vez había aceptado su naturaleza. De eso va todo ¿no?

Perro lo había olvidado mientras rastreaba a los tóxicos por el vertedero. Se había vuelto rabioso. Incluso había llegado a atacar al Gato. Inspiró el humo lentamente, puede que hubiese sido un error dejarle ir solo estando herido, era poco más que un cachorro y lo que fuese que había atacado a Ezequiel seguía fuera. Claro que Gato era más sutil y sigiloso que Perro, con suerte no le verían.

En cierto modo, estar alli vigilando el sueño intranquilo de Perro le hacía sentirse meláncolica. Se preguntó qué diría Serpiente si la viese. Ella había sido la primera en conocerla, cuando aún no sabía, no entendía, lo que era. La había visto cubierta con la sangre del juez, sobre su cuerpo mutilado y desnudo en aquella misma habitación. En lugar de gritar o correr solo había dicho una palabra. Mantis.

Nunca habían podido limpiar las manchas de sangre del cadáver del juez. Tampoco las de su víctima, se habían limitado a cambiar la moqueta. Pero eso a los espíritus no les importa, la sangre de Eltsbeth y de él seguía fresca en el mundo espíritual. A veces incluso podía escuchar el requiem de Mozart sonando mientras Eltsbeth moría, mientras cortaba la garganta del juez.

Todo estaba ahí, como un lienzo pintado con sangre. No hacía falta decir que ella jamás se había molestado en cambiar la moqueta, no se avergonzaba de nada. No podía decirse que a Serpiente le hubiese resultado agradable ver el cadáver descuartizado del juez. Con todo había tenido suerte de que fuera ella quien la encontrara, los otros no la habrían aceptado, no lo habrían entendido. Serpiente había esperado fuera a que terminase y luego había escuchado.

Perro despertó. En la penumbra no podía ver si sus ojos seguían inyectados de sangre pero sí como se revolvía en la cama intentando soltarse. Los muelles crujieron y Mantis pensó en que tal vez tendría que cambiarla, pero los barrotes de acero reforzado no cedieron. Sonrió en la oscuridad y dio la ultima calada a su cigarrillo.

- No te esfuerces, solo conseguirás hacerte daño.

Apagó el cigarrillo en el cenicero del tocador y luego observó cómo seguía retorciéndose en un vano esfuerzo por soltarse, como si no hubiera tenido tiempo y experiencia para perfeccionar el modo de apresar a sus víctimas. Aunque no siempre había sido así, al principio se había resistido, se había negado a aceptar que era una devora hombres… en el sentido literal. Ser una abogada ambiciosa sin pareja estable estaba bien, acostarse con un hombre diferente cada noche hacía que la mirasen mal pero no la convertía en un monstruo. Hasta que llegó el juez. Sacar a la luz sus asesinatos habría valido para avanzar su carrera. Las cosas no salieron como ninguno de los dos esperaba y ella terminó matándolo con el mismo cuchillo con el que él pensaba descuartizarla. Que irónico.

Perro se dejó caer exhausto sobre el colchón, imaginó que incluso en su estado alterado se había visto obligado a reconocer que no podía soltarse. Desde dónde estaba podía oler su sangre aunque no pudiese verla, era uno de los dones de Mantis.

- Te lo dije

Perro no respondió, el único sonido era el de su respiración irregular, pesada. Se preguntó si tendría que acabar sacrificándolo: Muerto el perro se acabó la rabia. No, esa era muy mala idea. Perro no era como Eltsbeth o como sus víctimas, a el vendrían a buscarle, querrían vengarle. No podía permitirse algo así, por eso siempre había sido muy cuidadosa escogiendo sus víctimas. No sabía si Serpiente tenía razón en lo de que Eltsbeth la había escogido para vengarla, pero sí que sus sistema funcionaba: escoge siempre a los clientes más cabrones, nadie los va a echar de menos. A veces incluso había tenido la impresión de que las otras se lo agradecían. Casi un servicio público. Por supuesto eso a Serpiente le convenía, no era estúpida y se daba cuenta de que ella tenía sus propios intereses, pero su relación había terminado por ser simbiótica. Y por eso aún seguía allí, vigilando a Perro en lugar de arrojarlo de vuelta al vertedero con un corte en la garganta.

- … mis venas arden… - la voz rasposa de Perro rompió el silencio.

Mantis sacó otro cigarrillo, la llama del mechero osciló bajo una corriente de aire imperceptible. Fuera nada se movía aunque el vertedero no estaba muy lejos.

- Tienes fiebre

Era sólo un síntoma, probablemente lo que recorría sus venas era algo peor, un regalito de los tóxicos. Oso o Serpiente podrían tratarlo, ella no, los dones de Mantis estaban más orientados al asesinato. Tal vez por eso se había sentido tan molesta cuando el espíritu libre la había pedido que se quedase a cuidarlo, proteger a otros era la naturaleza de Perro u Oso, no la suya. Pero ahí seguían los dos, observandose entre las sombras.

- …Envenenado… Oso… - Aquello hizo que Mantis se levantase y casi se le cayese el cigarrillo sobre la moqueta.

- ¿Qué pasa con Oso? – Mantis se acercó hasta la cama y le obligó a mirarla

- Ataque a Neko… - Perro parecia delirar

- Olvidate de Gato, ¿qué hay de Oso?

Osos también podía curarle y entonces se libraría de él. Claro que cuando se fue el espíritu libre había enviado a un par de espíritus mantis a explorar y ninguno había vuelto… Por un instante Perro pareció recuperar la cordura.

- Infectado… – consiguió decir - … no dejes… no dejes que se acerque.

Perro respiraba con difícultad, como si sólo decir aquellas palabras le costase emplear toda su voluntad. Mantis sostuvo su cabeza.

- ¿Dónde está?

Perro la miró con los ojos desencajados, como si acabara de recordar algo horrible. Estaba empapado en sudor aunque su piel estaba fría al tacto. Olía a miedo.

- … la gemela… va a matarla… ratas…

Perro perdió el conocimiento. Lo último que había dicho parecían más delirios que otra cosa pero algo estaba claro: no podían contar con Oso. Fue hasta el tocador y apagó el cigarrillo apenas empezado. Ella era una depredadora, no una protectora, se había acabado el esperar allí hasta que llegasen refuerzos.

Abrió el neceser con el maquillaje y lo vació sobre el tocador. Después abrió el doble fondo y sacó suficientes calmantes para dejar a Perro inconsciente. Eso le daría un par de horas. Y cuando encontrase a Oso haría lo que su naturaleza le pidiese. Mantis, la depredadora, salía de caza.

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