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miércoles, diciembre 19, 2007

C112-Dra. Verónica Milles 00: 48

Se imponía un cambio de planes. Aguardó en la enfermería apoyada en la puerta. Estaba sola a excepción del elfo y se había asegurado que siguiera inconsciente por varias horas. Eso le daba tiempo para pensar.

Se quedó quieta con el oído pegado a la puerta. En el pasillo se podía escuchar la voz gutural del Troll, pero las respuestas de la elfa se perdían para ella. Estaba segura de que era la misma de su contrato: caucásica, metro setenta, morena, mismas facciones delicadas y mismos ojos que la holografía de su secretaria de bolsillo. Escuchó con atención, no terminaba de entender de qué estaban hablando pero parecía que la elfa Zephyr trabajaba para el Koreano…

Finalmente había localizado a uno de sus objetivos, pero lo que acababa de escuchar complicaba las cosas. Lo que la preocupaba no era que la hubiese visto, estaba claro que el troll sólo la conocía por su tapadera, aunque ella no le había reconocido, todas aquellas bestias le parecían iguales. No, lo que de verdad le preocupaba era la relación que la elfa pudiera tener con el Koreano.

Las voces dejaron de oírse y Verónica se apartó de la puerta para sentarse en una de las camillas vacías. En el poco tiempo que llevaba en aquel edificio le había quedado claro que el Koreano era mucho más que un simple matón, desde luego parecía alguien mucho más influyente y civilizado que el orco que la había contratado. Alguien con quién no convenía enemistarse. Además, era atractivo. Alto, cuerpo bien formado, moreno y, o si, para ella el poder siempre había sido un gran afrodisiaco. Definitivamente le habría preferido como contratador al orco que incluso con un traje caro seguía pareciendo un matón zafio. Claro que los negocios son negocios y ella tenía una reputación como cazarrecompensas…

Se levantó y comprobó el pulso del elfo, seguía estable. Mientras estuviera allí tendría que mantener su tapadera como médico callejera y siempre estaría bien un extra. El Koreano le había ofrecido una cantidad respetable por recomponer a sus luchadores, lo suficiente para vencer su repugnancia a la gente sudorosa y los trolls. Pero no lo suficiente como para que se olvidase de su contrato con el orco.

Comenzó a pasear por la enfermería mientras consideraba sus opciones. Estaba claro que tendría que esperar a que ella saliese de allí e iba a necesitar narcóticos. Cruzó la habitación y rebuscó en el botiquín de la enfermería. Probablemente no notarían si se llevaba alguna cosa.

Acababa de guardar los narcóticos en el bolso cuando la puerta se abrió de golpe. Miró sobresaltada y vio a un troll. No tenía ninguna herida y, por la ropa parecía el mismo troll que había visto con la elfa. Le sonrió falsamente a pesar del asco que le causaba su piel verrugosa, su nariz aplastada y sus colmillos amarillentos que sobresalían de su boca. Con suerte podría sonsacarle dónde había ido la elfa o alguna información, es decir, si es que sabía algo, porque sólo había ver que ver sus ojos bobalicones para darse cuenta que no era muy listo.

- El jefe quiere verte – gruñó

La doctora se levantó y se quitó la bata blanca que se había puesto para atender al elfo. Luego miró de reojo al troll preguntándose cómo sacar el tema de la elfa. Cogió su bolso y sonrió.

- ¿También combates? – dijo para romper el hielo.

Desde luego era lo suficiente grande como para combatir y ¿para qué otra cosa servían aquellas bestias?

- Yo no haría esperar al jefe. – gruñó de nuevo.

Verónica tuvo que ahorrarse un comentario cortante, estaba claro que aquel engendro no tenía ningún tipo de modales. Eran poco más que animales. Forzó una sonrisa.

- Entonces no le hagamos esperar. ¿Qué es lo que quiere?

El troll no respondió, se limitó a darse la vuelta y salir de la habitación. Verónica se quedó quieta por un segundo preguntándose de qué iba todo aquello hasta que el troll volvió a llamarla con su voz grave.

- ¿A qué esperas?

Le siguió a regañadientes hasta dos puertas dobles sin que sus intentos de conversación tuviesen ningún éxito. Allí se detuvo e hizo un gesto brusco indicándole que entrase. Le miró por encima del hombro cansada de perder su tiempo.

- Ya puedes irte – le dijo antes de entrar.

El despacho era grande y estaba decorado con buen gusto a excepción de la moqueta sintética. Le llamó la atención porque no parecía que el Koreano escatimase en gastos, el escritorio de madera era una antigüedad de mediados del siglo veinte y el sillón sobre el que se sentaba parecía de cuero auténtico. No, en una habitación tan lujosa como aquella una moqueta sintética estaba fuera de lugar.

El Koreano la estudió con sus ojos negros rasgados sin decir una palabra. Su expresión era fría, casi amenazadora, hasta el punto de que Verónica llegó a preguntarse si sabría porqué estaba allí. En ese caso la presencia del troll y el comentario de “a quién tenía que matar” cobraba un significado claro.

- Siéntese – la voz autoritaria del Koreano no admitía réplica.

Esperó unos segundos a que tomase asiento en una butaca tapizada de seda blanca. Sobre la mesa había servida una copa de Brandy añejo, caro, y una botella medio vacía del mismo Brandy. Había otro vaso vacío pero no le ofreció.

- Afirmó que tenía conocimientos médicos.

Verónica agachó la cabeza incapaz de sostener la mirada al Koreano. Parecía como si estuviese intentando comprobar su coartada, claro que ella tenía algo más que un título colgado en la pared para demostrar que sabía medicina y si no fuera por el maldito código deontológico habría podido ejercer en los mejores hospitales.

- Creo que ya lo he demostrado – respondió con su orgullo algo herido pero sin apartar la vista de la moqueta sintética.

El Koreano tamborileó con los dedos en la mesa y luego dio un trago de su copa como si intentase decidir algo.

- Bien. ¿Qué sabe de implantes?

La pregunta la tomó por sorpresa pero respiró aliviada. Poner implantes no era en absoluto su especialidad, por otra parte, considerando las chapuzas que se hacían en la calle y el amplio mercado que existía no le convenía cerrarse puertas.

- He hecho alguna cosa – respondió de forma ambigua.

- ¿Cómo qué?

El Koreano rellenó su copa mientras seguía con la mirada clavada en ella, de una forma inequívocamente fría, nada que pudiera considerar halagador. Deseó tener su propia copa pero no se atrevió a pedir que le sirviese un poco de Brandy en el vaso vacío. Tuvo que esforzarse para mantener su aplomo y describir dos intervenciones para injertar implantes de segunda mano del mercado negro.

- Lo habitual, miembros mecánicos y conectores - El Koreano volvió a tamborilear con los dedos en la mesa. – Tendrá que valer. Tengo un trabajo para usted, tarifa estándar por la implantación de un brazo y una pierna.

Pulsó un botón debajo de la mesa y se abrió un panel en la pared revelando una computadora. Sin esperar a una respuesta transfirió los datos al telecom de la doctora. Verónica miró al Koreano impecablemente vestido con un traje que costaba más de lo que muchos ganaban en un mes, estaba claro que estaba acostumbrado a que nadie le discutiese o negase nada. Por otra parte, si hacía ese trabajo para él puede que consiguiese mejores trabajos en el futuro. Abrió su telecom y miró los datos. Le costó no sonreír, acababan de servirle a uno de sus objetivos en bandeja…

jueves, noviembre 15, 2007

C91-Doctora Verónica Milles, 22:40

Los sensores de movimiento se habían vuelto locos y la pantalla hacía cosas raras. Pero ya era tarde para subirle la tarifa al orco. No otra vez. Y eso dejaba a Verónica en la desagradable posición de seguir a ciegas o buscarse otra pista.

Se recostó en el asiendo del conductor y luego desconectó los sensores. De todos modos no servían para nada, una vez habían cesado los disparos el edificio volvía a estar en calma. Y sus inquilinos o bien estaban ausentes o estaban acostumbrados a los disparos porque nadie había salido a mirar. Cogió frustrada los prismáticos y enfocó las ventanas del apartamento, intentando adivinar algún movimiento entre las rendijas de las persianas.

Nada. En eso coincidía con los sensores, ahí arriba no había nada. Pero algo había matado a los dos yonkis. Magia, siempre complicaba las cosas, pensó Verónica. Arrancó el coche pero no llegó a soltar las llaves. Alguien había encendido las luces del portal. Apagó de nuevo el motor y esperó.

Era una elfa rubia vestida de rosa. Las mechas, el bolso y los zapatos también rosas dejaban pocas dudas sobre su identidad: era la hermana prostituta. ¿Pero qué hacía allí? Por su pelo y sus ropas revueltas supuso que venía de visitar a un cliente... o de pagar un favor.

Seguirla por las calles mal iluminadas y casi vacías resultaba sencillo. Bastaba con seguir el repiqueteo de los tacones de aguja sobre el asfalto. Carreras cortas seguidas de pausas por unos segundos para recuperar el aliento. No llevaba los mejores zapatos para correr, aunque tenía que reconocer que eran bonitos. Piel rosa, tacón alto y adornos de flores, corazones y estrellas en dorado. Sin duda eran imitación de Prada, una prostituta no habría podido pagar los originales, pero eran una imitación buena, casi no podía notar la diferencia.

La elfa no se volvió a mirar ni una sola vez, pero por si acaso conducía despacio y sin luces. Recorrieron varias manzanas. Las carreras de la elfa se habían vuelto más cortas y los descansos más largos, pero empezaba a verse más actividad. Varias prostitutas se exhibían medio desnudas sobre la acera, otras se habían reunido en un corrillo y hablaban animadamente mientras que otras se abalanzaban sobre varios coches que conducían lentamente.

Escuchó unos golpecitos en la ventana de cristal tintado de su coche. Una prostituta morena intentaba llamar su atención mostrándole unos pechos grandes y algo caídos. Verónica miró con asco la horrible minifalda naranja, ¡naranja!, y las botas blancas que llevaba. Era una suerte que no pudieran verla a ella y el desprecio que le producían. La cirugía podría arreglar sus tetas, pero nada podría arreglar su pésimo gusto, pensó.

La elfa ya no corría, caminaba con la confianza de la familiaridad, ignorando las llamadas que le hacían desde los coches. Verónica intentó seguirla, pero las otras prostitutas se interponían delante de su coche frenando su avance. Comenzó a alejarse, una mancha rosa rodeada de colores chillones.

La gorda de la minifalda naranja seguía pegada a su cristal oscuro y empezó a considerar los inconvenientes de bajar la ventanilla y clavarle una jeringa con arsénico. Realmente no entendía porque las teorías eugenésicas tenían tantos detractores. Por suerte, otra prostituta la apartó de su ventanilla y empezaron a discutir entre ellas.

Aprovechó para avanzar y dejarlas atrás, pero había perdido de vista a la elfa. Buscó desesperada algo de color rosa en aquel caos de carne y colores fuertes que rodeaba la procesión de coches justo a tiempo de ver una pierna y un zapato de tacón rosa con adornos dorados meterse en una limusina negra. Verónica maldijo mientras intentaba escaparse de las putas más insistentes que le bloqueaban el paso.

Consiguió salir de la calle justo a tiempo de ver como la limusina se alejaba por la calle hacia la incorporación de la autopista. Siguió a la limusina con las luces aún apagadas hasta un barrio industrial de las afueras.

Era una de esas zonas en las que no había nada abierto por la noche. Sólo almacenes y fábricas silenciosas. Excepto un cartel luminoso con un dragón oriental sobre los típicos símbolos orientales en rojo. La limusina paró justo delante.

Verónica detuvo también su coche y sacó los prismáticos. Un hombre vestido en chándal abrió la puerta de la limusina y de ella salió un hombre oriental vestido con un traje de chaqueta. El hombre ayudó a salir a la elfa y los dos entraron en el edificio.

Verónica conectó los sensores de movimiento pero sólo captó interferencias. Intentó recalibrar el aparato sin éxito, debían de tener un buen sistema de contravigilancia. ¿Dónde diablos se había metido?

Otra vez escuchó golpecitos en la ventana, pero esta vez no era ninguna prostituta molesta. Al otro lado del cristal tintado había un orco en chándal con una bolsa de deporte en una mano y una pistola de calibre pesado en la otra. El orco le hizo un gesto con la pistola para que saliese. Verónica abrió la puerta y cogió el bolso, la jeringuilla con arsénico seguía allí pero no quería arriesgarse a que el orco disparase primero.

- Será mejor que me acompañe señorita.

Para ser orco su pronunciación era bastante aceptable pero se notaba las dificultades que le producían sus colmillos. Verónica tuvo que morderse la lengua para no hacer comentarios sobre la cirugía maxilar y le siguió hasta la puerta bajo el cartel del dragón.

Nada más entrar, con el orco aún apuntándole con su pistola, vio un ring donde dos hombres, uno humano y otro orco, estaban peleando sin guantes. Parecía que valía todo, puñetazos, patadas y cualquier maniobra que pudiera herir, incluidos estrangulamientos. A su alrededor había docenas de personas contemplando el combate y con papeles en las manos. Sobre el ring, el humano había caído pero el orco seguía dándole patadas sin que el árbitro hiciese nada por detenerlo. El público comenzó a gritar animando al orco. Así que era eso, peleas ilegales.

- Escucha cielo, me gustaría hacer una apuesta. - El orco la miró con desconfianza pero no se inmutó.

- Seguro señorita, en cuanto comprobemos que no es poli.

- Naturalmente cielo, naturalmente.

Verónica sonrió confiada, si jugaba bien sus cartas no le costaría saber qué hacía la elfa allí. Y si sólo estaba allí por un trabajo siempre podía seguirla más tarde. Además, aquel lugar era una oportunidad de negocio, después de todo, dudaba que allí se practicase el antidopping…

C82-Doctora Verónica Milles, 22:01

- ¿Es buena esta mierda? – preguntó el yonki del piercing en la ceja.

- La mejor – Verónica había bajado la ventanilla del coche lo imprescindible para hablar con ellos.

Apenas podía ocultar su desdén por aquella escoria. Pero eran una escoria útil y ella sabía como utilizarla. Cristal líquido, cocaína, speed, heroína… Después de todo tenía que financiar sus nuevos zapatos Tucci en piel de serpiente auténtica a juego con el bolso del que sacó una polvera. Dentro guardaba varias bolsitas de plástico, cada una con diez gramos de heroína pura.

Les enseñó una bolsita sujetándola entre dos dedos y aprovechó para comprobar su maquillaje, se llevaban los tonos púrpura y dorados, aunque no creía que aquellos perdedores lo supieran. Eran una pareja de yonkis con implantes baratos, los típicos pandilleros. El chico tenía los brazos tatuados con diseños neotribales, algo completamente “out” y un piercing en la ceja, pero ni siquiera debía ser de plata. La chica tampoco merecía su atención, típico tatuaje en el ombligo, tanga asomando por los pantalones y pelo rubio de bote. Puede que aún viviese con los padres porque tenía marcas de pinchazos entre los dedos, típico entre lo que querían esconder que se pinchan. Antes de que el chico pudiese coger la bolsita apartó la mano y volvió a guardarla en la polvera cerrándola de golpe.

- Antes tenéis que hacer algo por mí. – Con un gesto elegante devolvió la polvera a su bolso.

- ¿Qué… qué tendríamos que hacer? – preguntó la chica alargando su mano hacia el bolso.

Verónica apartó el bolso de piel de serpiente antes de que pudiera tocarlo con sus asquerosas manos y se lo colocó bajo el brazo de forma casi brusca. Sus labios carnosos perfectamente perfilados de púrpura esbozaron una sonrisa, pero ni siquiera el maquillaje dorado de sus párpados consiguió darle calidez a su mirada.

- Nada difícil, en realidad es una tontería – Comentó en tono casual – Sólo necesito que entréis en una casa y me traigáis una cosita…

No había sido difícil conseguir la dirección del ex-amante después de terminar con la camarera. En realidad había sido insultantemente fácil. Lo único que había tenido que hacer era visitar el club y mostrar sus “encantos” hasta encontrar a un tipo que los sabía. Un poco de “spice” en su bebida había hecho el resto, incluso había terminado pagando la cena en el lujoso japonés que tanto le gustaba. Tal vez por eso le había dejado irse.

Lo que no había podido averiguar era qué sistemas de seguridad tenía la casa. Estaba en un barrio antiguo, sorprendentemente tranquilo. El edificio también era antiguo, construido en ladrillo rojo. Incluso la cerradura era la original y eso era lo que más le extrañaba porque el dueño de un club podía permitirse algo mejor. Por eso había decidido enviar a aquel par de yonkis. Si había algún sistema de seguridad lo harían saltar y si no, bueno, se ahorraba tener que entrar ella misma. En cualquiera de los casos salía ganando. Verónica sonrió a la pareja de yonkis, todo púrpura y dorados.

- Es una nimiedad, entrar y buscar rastros de estos dos elfos – dijo mostrándoles las holografías de Ghost y Zephyr –Y si me traéis a alguno de los dos habrá un extra. Nada complicado.

Los dos yonkis se miraron indecisos, como si no terminasen de creerla, pero ella sabía que no podrían rechazar la droga que les ofrecía.

- ¿Sólo eso? – preguntó el del piercing en la ceja.

- Solo eso – repitió Verónica – Y ni siquiera hay policía en ese barrio.

- Está bien.

- Estaré esperando – dijo mientras subía la ventanilla de cristal tintado.

Miró al espejo retrovisor y retocó su pintalabios, estaba resultando demasiado fácil.

C74-Doctora Verónica Milles, 21: 26

Verónica sirvió un vaso de agua y le dio de beber a la camarera. Después cogió un pañuelo y limpió su cara de los restos de maquillaje corrido y sus propias babas.

- Mucho mejor – murmuró para sí misma – Ahora volvamos a intentarlo – le dijo a la chica. - ¿Qué pasó anoche?

- Nada… - comenzó a decir. Verónica entrecerró los ojos. – Ezequiel estuvo hablando con aquella zorra hasta que Ghost se les unió. – Añadió.

- ¿Y? – dijo Verónica sirviéndose una taza de té.

- Se fueron al privado por una hora o así – Verónica dio un sorbo a su té antes de preguntar, la faltaba algo de sacarina.

- ¿De qué hablaron? – la chica negó con la cabeza y Verónica torció el gesto mientras removía la cucharilla.

- ¿Hay cámaras en el reservado? – la chica volvió a negar con la cabeza. Verónica volvió a probar su té para tranquilizarse.

- Y tampoco sabrás a dónde fueron después – Verónica estudió a la chica con los ojos entrecerrados. La temblaba el labio y negaba frenéticamente.

- Esta bien, - dijo Verónica en un tono que intentaba ser tranquilizador – háblame de ese tal Ezequiel.

Verónica se apoyó sobre un taburete alto y bebió de nuevo. De momento la camarera no estaba siendo demasiado útil.

- Yo… - comenzó a decir la camarera – No sé mucho sobre Ezequiel.

- Haz memoria – cortó Verónica.

- Se pasa de vez en cuando, monta fiestas privadas en la sala VIP, le gustan los hombres…

- ¡Basta! – la cortó Verónica - ¿No sabes nada útil? ¿Dónde vive? ¿A qué se dedica? ¿Dónde puedo encontrarlo?

- No, no, - la chica negaba también con la cabeza - por favor… yo no sé más.

Verónica depositó la taza medio vacía sobre la mesa, no sabía por cuanto tiempo más podría aguantar aquella estupidez. Aún así se forzó a sí misma a responder con un tono de voz calmado.

- ¿Y de ellos dos? – dijo señalando las imágenes de Ghost y Zephyr - ¿Sabes algo útil de ellos dos?

- Bueno yo… - la chica pareció dudar, pero no fue necesario que Verónica insistiera –… conozco a una chica que se acostó con Ghost.

- ¿Algo más? – dijo Verónica poniendo las manos sobre sus caderas.

- Me dijo dónde vivía.

Por fin estaban llegando a alguna parte. Tal vez en la casa del runner podría encontrar alguna pista.

- ¿Y bien? – inquirió Verónica.

La camarera balbuceó la dirección mientras Verónica se cercioraba de que su secretaria de bolsillo estaba grabándola correctamente. No parecía que fuera a sacar mucho más de aquella chica y Verónica estaba ya cansada de tener que extraer hasta la información más básica. Decidió dar por concluida la sesión.

- ¿Algo más que quieras contarme? – dijo dándole la espalda y revisando su material.

- No, no, eso es todo lo que sé. De verás – Verónica la observó de reojo, parecía que era cierto.

- Entonces supongo que eso es todo – Verónica cogió una probeta y leyó la etiqueta antes de vaciar su contenido en una jeringuilla nueva.

- ¿Me dejarás irme ahora? – preguntó la chica esperanzada.

Verónica no se volvió para responderla mientras comprobaba que la jeringuilla funcionaba correctamente haciendo que saliera un poco de líquido transparente.

- Me temo que eso no es posible – respondió con tranquilidad – Quién sabe lo que podrías ir contando por ahí…

- Pero dijiste que si respondía a tus preguntas podría irme – la ansiedad en la voz de la chica era evidente.

Verónica se volvió hacia ella con todo el material dispuesto en una bandeja de plástico blanco que colocó en la mesilla junto a la paciente.

- Es cierto, - comentó con indiferencia Verónica – pero tu grupo sanguíneo coincide con el de uno de mis clientes y sería una lástima desaprovechar unos órganos sanos cuando la demanda es tan alta últimamente…

La chica gritó pidiendo ayuda y se retorció intentando liberarse de sus ataduras. Verónica la observó durante unos instantes.

- Si pones el músculo duro te dolerá más – comentó justo antes de clavarle la aguja.

C69-Doctora Verónica Milles, 21: 14

Por el modo en que la chica dejó de apretar los puños Verónica supo que el calmante había comenzado a hacer efecto. Pero antes de quitarle la mordaza a la camarera quería estar segura de que no montaría una escena, odiaba cuando se ponían a lloriquear.

- Tranquila, no voy a hacerte daño – le dijo con voz suave. – solo quiero hacerte unas preguntas.

La chica asintió con la cabeza aún llorosa. Verónica despreciaba a las mujeres como la camarera, débiles y vulgares. Ni siquiera su estudiado look gótico tenía muestras de personalidad o estilo propios, era solo una superposición de viejos clichés que nunca deberían haberse inventado en primer lugar. Verónica ocultó una mueca de desagrado y recuperó su tono de voz suave. Aquel tono de voz solía servir para ganarse la confianza de los sujetos interrogados.

- Muy bien, ahora voy a quitarte la mordaza – Verónica espero a una señal de que la había entendido antes de retirar el trapo. - ¿Mejor?

- ¿Por… por qué estoy aquí? – No era muy brillante, pensó Verónica.

- Yo hago las preguntas. Respóndelas y podrás irte a casa. – LA chica asintió con vehemencia.

- Muy bien, empecemos con algo sencillo – dijo Verónica sacando su secretaria de bolsillo - ¿Conoces a alguno de estos dos?

Todos los testigos decían que Zephyr y Ghost habían estado en el inferno. La camarera había estado allí toda la noche y, con suerte, sabría algo que la ayudase a encontrarlos. Verónica tecleó el código para los objetivos tres y cuatro, la imagen de los dos elfos se materializó en tres dimensiones frente a la camarera. LA chica asintió otra vez, su respiración volvía a ser regular y pausada.

- Es Ghost… - la chica se quedó pensando un momento – Y la zorra con la que estuvo la otra noche.

- ¿Cuándo fue la última vez que les viste? – Verónica ya conocía la respuesta, solo estaba probando a la camarera.

- ¿Por qué quieres saberlo? – preguntó la chica, Verónica la miró molesta, no parecía entender su situación.

- Hazte un favor y limítate a contestar. – respondió con un leve tono de amenaza.

- Solo la vi a ella, ayer creo. – Voz de la chica sonaba demasiado casual y, por supuesto estaba mintiendo.

Verónica no respondió y se limitó a seleccionar un escalpelo entre su instrumental. La chica miró desconcertada la afilada cuchilla.

- ¿Derecha o izquierda? – preguntó Verónica sin rodeos

- ¿Cómo? – dijo la camarera sin terminar de entender.

- Me has mentido y no me gusta que me mientan. Ahora dime, ¿en qué mano prefieres perder el meñique?

- No, por favor – suplicó la chica – No volveré a mentirte. Te lo diré todo.

- Haberlo pensado antes. Cada mentira te costará un dedo y cuando te quedes sin ellos te rajaré tu bonita cara. – Verónica la miró con frialdad mientras la chica gritaba, parecía diestra. – Esto te va a doler más a ti que a mí. Si lo dejase pasar ya no me tomarías en serio.

Sin ninguna contemplación la doctora sujetó la mano con los dedos abiertos y seccionó limpiamente el dedo meñique. La camarera lloraba escandalosamente y Verónica la miró con desagrado. Es patética, pensó mientras arrojaba el dedo a una basura.

- Cálmate o tendré que seguir cortando – amenazó Verónica.

Los gritos de la camarera cesaron, pero no dejaba de sollozar y sorberse los mocos. Verónica hubiera preferido tratar con algún mercenario, al menos armaría menos escándalo que aquella mujer.

- Volveré a preguntártelo – dijo Verónica con un tono de voz duro - ¿Cuándo les viste por última vez?

- La otra noche – dijo entre lágrimas la rubia.

- Bien – asintió Verónica - ¿Ves cómo no es tan difícil? Ahora dime, ¿Qué hicieron mientras estuvieron en el Inferno?

Verónica echó algo de alcohol en un algodón y lo colocó en el muñón del dedo para limpiar la herida y después comenzó a vendarlo.

- Yo… - dudó la chica – no lo sé

- Y yo que pensaba que ya nos habíamos entendido – Verónica paró de vendar – Haz memoria.

- Bueno… la… la chica me preguntó por Ghost y le dije que no estaba – la chica se sorbió los mocos.

- ¿Y? – Insistió Verónica finalizando el vendaje.

- Si que estaba, pero yo no quería que se fuese con ella. - explicó con voz titubeante.

- Eso no me interesa ¿Qué hizo ella entonces? ¿Se fue? – Insistió.

- No, no se fue – la camarera había torcido el gesto como si aquello la hubiera molestado – Se quedó con Ezequiel.

- ¿Ezequiel? – preguntó Verónica.

- Uno de los dueños – explicó la camarera.

- ¿Tu jefe? – A Verónica no le habría extrañado que la elfa hubiera ido a protestar por la camarera.

- No, el no lleva el local.

- Entonces, ¿para qué quería hablar con él? – preguntó Verónica.

- No lo sé, lo juro – Verónica sospechó que la chica estaba ocultándole algo y se limitó a cortarle otro dedo.

Antes de continuar con el interrogatorio esperó a que la chica volviera a calmarse. ¿Cómo de estúpida podía llegar a ser? No ganaba nada mintiéndola y ni siquiera se le daba bien.

- ¿Y bien? – dijo Verónica acercando el escalpelo a su ojo. La chica intentó apartar el rostro.

- Ezequiel y Ghost estuvieron liados – admitió la chica a regañadientes.

Verónica meditó sobre aquella información, parecía que había más gente implicada en aquella desaparición. Pero tenía sentido, querían desaparecer y habían ido a pedir ayuda a un antiguo amante. Pero de todos modos no era buena idea dar las cosas por supuestas y decidió seguir preguntando.

C67-Doctora Verónica Milles, 21: 13

La doctora se puso su bata blanca y entró en la sala de operaciones. La chica ya se había despertado y forcejeaba para intentar liberarse de las correas que la sujetaban. Al verla intentó gritar, pero la mordaza impidió que se oyera nada. Verónica la observó con desaprobación, estaba demasiado nerviosa para poder interrogarla y tendría que administrarle un calmante.

Se dirigió con calma a su mesa y preparó el suero que pensaba administrarle. Calculaba que la chica pesaría unos sesenta y cinco quilos por lo que necesitaría unos veinte miligramos. Midió con cuidado las cantidades para estar segura de que no quedaría demasiado atontada para responder sus preguntas y preparó la jeringuilla. Abrió el cajón de agujas esterilizadas y escogió una del cero coma dos. Aquellas agujas eran muy cómodas para encontrar la vena.

Cuando terminó de preparar su inyección se volvió hacia su paciente. La chica negaba con la cabeza y su respiración se había acelerado. Verónica se acercó a la camarera y colocó la jeringuilla en la mesa supletoria donde tenía el resto del material. Ignorando los ojos suplicantes de la chica cogió una tira de goma y la ató alrededor del brazo. Tenía la piel pálida y era fácil localizar una vena. Metódicamente cogió un algodón con alcohol y limpió el lugar dónde iba a pincharla.

Verónica golpeó la aguja para asegurarse que el líquido salía bien y se dispuso a pincharla. Los ojos de la chica se abrieron desmesuradamente al ver la aguja. Una lágrima se deslizo por uno de sus ojos. La doctora torció el gesto, la aguja había entrado bien, había gente demasiado sensible. Aún así sonrió a la camarera y le dijo:

- Ahora vas a ser una buena chica y me vas a decir lo que necesito saber.

C62-Doctora Verónica Milles, 20: 55

Puso música para ahogar el rumor del tráfico y las ambulancias nueve pisos más abajo. El apartamento tenía las luces apagadas pero en el exterior docenas de carteles y pantallas iluminaban la noche. A Verónica le gustaba el ambiente íntimo que aportaba la penumbra. Dejó que sonaran los primeros acordes del piano mientras contemplaba el paisaje de luces que le ofrecía la ciudad. Aquel apartamento le costaba una fortuna pero la vista merecía la pena y ella era una persona acostumbrada a lo mejor.

Se desnudó sin preocuparse de que alguien pudiera verla a través del ventanal del salón. La alfombra bajo sus pies era suave y mullida, sin duda valía lo que había pagado por ella. Verónica era una persona acostumbrada a lo mejor, pero mantener ese nivel de vida tenía un precio. Un precio que no podía pagar dedicándose a nada legal y mucho menos con un sueldo de doctora.

Una nueva pieza de música comenzó a sonar, Verónica imaginaba los dedos del pianista deslizándose por las teclas blancas y negras. Aquella era su parte preferida de la pieza y decidió acompañarla de una copa de vino. Sirvió solo dos dedos en una copa ancha y redonda, el degradado de color era perfecto y tenía un olor a madera y frutas. Su sabor intenso le llenaba el paladar y descendía por la garganta llenándola de calidez. Había envejecido bien.

Se llevó consigo el vino mientras se preparaba un buen baño de espuma. Era como un pequeño ritual personal, nada mejor para terminar el día. Primero abrió el grifo y comprobó la temperatura del agua. Luego encendió una a una las velas aromáticas. Después sacó varios frascos de fragancias y aceites tomándose un tiempo para decidir cuál era el más apropiado. Al final se decidió por un gel aromático y un aceite hidratante para después.

El baño ya estaba casi lleno. Comprobó una vez más la temperatura del agua antes de introducirse en ella lentamente. Verónica suspiro de placer mientras dejaba a un lado el cansancio y la suciedad del día. Mucho más relajada meditó sobre lo que había descubierto sobre sus objetivos actuales. Aquella era con mucho una de las experiencias más íntimas de su trabajo.

Aprendía sobre su vida, visitaba los lugares que ellos frecuentaban, veía el modo en que vivían y lo que les gustaba. Se familiarizaba con ellos hasta sentir que les conocía. De ese modo podía imaginar cómo acercarse a ellos, ganarse su confianza o administrarles el veneno o droga más apropiado para finalizar el encargo.

Había estado estudiando los datos que le había proporcionado el orco hasta que supo que no podría sacar nada más. Entonces se decidió a visitar el antiguo hogar del mercenario. La investigación había sido más fácil de lo esperado, aún había datos en la red sobre su antigua vida, su vida como trabajador en una de las fábricas de Cool-Cola. Descubrió que había estado casado y tenía un hijo. Su familia se había ido a pique tras el traslado de la producción y el cierre de la fábrica. Tras años de trabajo allí les echaban con una indemnización despreciable.

Verónica bebió un poco de vino mientras intentaba imaginar cómo debió sentirse cuando la corporación prescindió de él. Recordó el aspecto del barrio obrero en el que había vivido, cómo eran las casas viejas de ladrillo y la gente que vivía allí. Su ex mujer aún vivía allí con su hijo. Recordó el ceño fruncido por la preocupación y los labios apretados, ya apenas quedaba algo de la mujer que había compartido la vida con él. En las fotos que él conservaba, tenía una mirada franca y una gran sonrisa, ahora su cabello rubio parecía deslucido y tenía la mirada esquiva.

El hijo también había notado la ausencia paterna y había crecido para convertirse en uno de los pandilleros que hacían la vida imposible a los otros residentes del barrio. Era casi imposible reconocer en él al niño regordete y dulce que hacía que sus padres parecieran llenos de orgullo en las fotografías.

Sin duda aquel despido y la imposibilidad de encontrar un nuevo trabajo a su edad habían destruido la vida de Gunner. Para la Cool-Cola había sido solo una decisión comercial, pero para ellos había sido el final de todo lo que conocían y amaban. Si ella estuviera en su lugar odiaría la empresa, pensó Verónica. Y sobre todo viendo el cuchitril en el que vivía ahora. Apenas veinte metros cuadrados en la que los únicos detalles hogareños eran las fotografías de una vida que ya no tenía.

Pero faltaba algo más para terminar de pintar el cuadro. No había armas allí, ni un lugar para guardar el equipo. Los mercenarios siempre tenían las armas cerca, siempre estaban preparados. No, no era ese el lugar al que acudía cuando había trabajo o problemas y en su profesión el trabajo siempre significaba problemas. De modo que tenía que haber otro lugar que fuera su santuario, uno que de verdad reflejase cómo era. Tenía que seguir buscando.

Verónica se sirvió otra copa y consideró su otro problema. Su cliente le había mentido, los datos sobre la elfa eran incompletos y eso la enervaba. Tal vez no había considerado importante recopilar datos sobre sus chicas o, como ella se inclinaba a pensar, le estaba ocultando algo.

Su investigación no era concluyente. La chica, Zephyr, había dejado la carrera de medicina al morir sus padres, hasta ahí todo encajaba. Imaginó que tal vez se había dedicado a la prostitución como medio para sobrevivir, pero las chicas del club le habían contado una historia muy diferente.

En la calle todos se conocían y se podía averiguar muchas cosas si se sabía dónde preguntar. Cual no habría sido su sorpresa cuando descubrió que no había una elfa, sino dos hermanas. Efectivamente una de ellas era prostituta y debido a ello tardó un tiempo en descubrir que no estaba investigando al objetivo correcto. Al principio había pensado que todo se debía una confusión y que debía buscar a la hermana prostituta, pero el orco le había dejado bien claro a cuál de las dos hermanas buscaba.

Y no tenía pinta de que la tal Zephyr fuera lo que el orco decía. Alguna de las bailarinas “exóticas” del club le había hablado de la hermana prostituta y yonki, una presa mucho más fácil para alguien que podía hacer recetas como ella. También le habían hablado de la relación entre las dos hermanas y cómo el orco la utilizaba para extorsionarla. Pero si algo le había quedado claro era que su objetivo NO era una de sus chicas y él lo sabía.

Y si no era una prostituta ¿quién era exactamente? ¿A qué se dedicaba y qué relación tenía con el orco? Y lo que era más importante ¿qué era lo que su cliente le estaba ocultando? Verónica casi se había terminado la botella de vino y el agua había comenzado a enfriarse. No podría descansar aquella noche su “invitada” debía estar a punto de despertarse.

La doctora se envolvió en una toalla y se dirigió a su despacho. Su ordenador estaba conectado a las cámaras de seguridad de su clínica. Cambió la cámara hasta que apareció la imagen de la sala de operaciones. Atada a la mesa de operaciones había una chica, habría gritado de no estar aterrorizada y su maquillaje se había corrido por las lágrimas. Pobre chica pensó la doctora, lugar equivocado en el momento equivocado. Todas las pistas conducían hacia el Inferno y ella era la camarera.

Pero de momento podía esperar, primero tenía que renegociar el contrato y no podía hacerlo envuelta en una toalla, aunque no dudaba que a el orco no le importaría. Menudo trozo de escoria, nunca le habían gustado los orcos.