martes, diciembre 11, 2007

C111-Zephyr 00: 37

EL Dragón esperaba inquieto. Podía sentirlo revolverse por los cimientos del edificio, algo le había despertado y ahora nada podría pararlo. Por eso supo que el Koreano no esperaría, ni siquiera aunque todas las esperanzas de Zephyr acabaran de perderse más rápido que el agua que tragaba el sumidero de las duchas.

No se permitió mirar de nuevo a su hermana, su cuerpo frágil y desnudo tirado en el suelo de la ducha, las marcas de magulladuras que empezaban a formarse y el vacío de sus ojos. Deseó no haberla abofeteado, poder borrar sus palabras, pero ya era tarde. El agua seguía corriendo.

Adopto su máscara de Serpiente para evitar derrumbarse, para acallar los murmullos y comentarios cuando salió de las duchas al vestuario y para ocultarse de las miradas impertinentes del grupo de orcos que había allí reunidos. No era el momento ni el lugar para demostrar debilidad o se echarían encima como cuervos. Les devolvió la mirada con una frialdad calculada, buscando la menor excusa para descargar su ira contra ellos, aun cuando no fueran los causantes de su miseria. Se removieron inquietos entre los bancos de madera y las taquillas bajando la mirada o fingiendo estar más interesados en su bebida.

Al fondo del vestuario alguien cerró la puerta que daba al pasillo, buitres que venían al olor de la sangre… y miedo, pero suyo. Entrecerró los ojos buscando el origen y entonces le vio, escondiéndose detrás de unas taquillas: Brake. Capturo su mirada, igual que una serpiente con su presa, y se acercó a él dispuesta a hundir su puñal en su cuello y ver como se desangraba sobre el suelo de baldosas. Sujetó con seguridad la empuñadura de piel que ya tenía la forma de sus dedos.

- ¡Espera! Tienes que ayudarme. – Brake salió de su escondite cojeando.

Zephyr le miró de arriba abajo y soltó una risa cruel. Estaba marcado por el mordisco de una serpiente. Devolvió el puñal a su funda, el veneno haría el trabajo y sería mucho peor. La sangre lo iría extendiendo por el resto del cuerpo paralizándolo, de forma lenta y segura. Hasta llegar al corazón.

- Tienes veinticuatro horas para darme un motivo

Le quedaban unas doce. Pero después de tanto tiempo deseando poder vengarse aquel era el mejor modo de alargar su agonía, hacerle creer que aún podía salvarse para negárselo en el último minuto. Merecía el dolor, tanto como había sentido al ver a su hermana. Serpiente sonrió sibilina.

Antes de que Brake respondiera un troll irrumpió en los vestuarios. Zephyr le reconoció por sus cuernos negros retorcidos y los tatuajes de dragones por los brazos. Se llamaba Jeff y trabajaba para el Koreano, bastaba con verle para saber de qué. A su tamaño descomunal y aspecto amenazador, se unían varios implantes dermales, aceleradores sinápticos y un sistema de puntería para un dos de ametralladoras que gracias a su tamaño usaba como pistolas. El Koreano había llamado a uno de sus ejecutores, se avecinaba algo importante.

Brake se escurrió hacia la otra salida junto con el grupo de orcos todo lo deprisa que le permitió su cojera. El vestuario se quedó vació a excepción de ellos. Jeff soltó una risa cavernosa.

- Te está esperando, tienes que decirle a quién tengo que matar.

- Pensaba que te habías retirado, la última vez casi te matan.

El troll se encogió de hombros, viéndole en aquel momento era difícil imaginar que algo pudiera dañarle, pero ella había tenido que retirar las placas dermales perforadas para retirar las balas y luego “parchearle” de nuevo. Por poco no lo había contado.

- No hay muchas salidas para alguien como yo, ya sabes…

Zephyr asintió, conocía a más como él, tal vez no tan buenos en lo que hacían, pero igual. Una vez entrabas era difícil dejar aquel negocio y no pudo evitar preguntarse si había sido demasiado ingenua al pensar que podría sacar a su hermana de las garras de Brake y desaparecer. Salió de los vestuarios. Al fondo del pasillo vio a una mujer vestida de violeta y dorado con una bata blanca meterse en la enfermería. El buitre. No la conocía y eso la hizo desconfiar. Nadie que trabajase para el Koreano estaba limpio y aunque algunos tuvieran su propio código y fueran de fiar, nadie que fuera confiado sobrevivía mucho tiempo.

- Creo que no le gusto. – se rió el troll.

El pasillo no era suficiente ancho para que Jeff caminase a su lado, así que iba un metro detrás suyo, apenas uno de sus pasos.

- ¿Quién es?

- Una Matasanos. Cara, poco simpática, pero no hace preguntas.

Empezaron a subir las escaleras. El Koreano solía llamarla para operaciones delicadas, ilegales o las dos cosas, que hubiera traído a otra doctora significaba que la habían llamado por otra cosa… y que el Koreano esperaba bajas. Miró a Jeff de reojo, le caía bien el grandullón.

- Se prepara una gorda, ¿a cuántos han llamado?

- A todos.

Zephyr se paró en seco y Jeff casi se la llevó por delante. Estaban hablando de una guerra, no de escaramuzas. Ni siquiera quería considerar las consecuencias de algo así, pero parte de ella se preguntaba si todo aquello estaría relacionado de alguna forma con el espíritu tóxico. ¿Y si lo de su hermana también lo estaba? Sintió un escalofrío. El troll le puso su enorme mano sobre el hombro.

- ¿estás bien?

- Tengo un mal presentimiento… - murmuró.

El troll meneó la cabeza como si ya hubiera escuchado antes algo así, sus cuernos negros casi rozaban el techo.

- Si haces bien tu parte acabará antes de haber empezado. Vamos, no le hagas esperar.

El troll le dio un ligero empujón hacia la puerta doble del despacho del Koreano. Zephyr se encaminó hacía allí cabizbaja, tendría que volver con su hermana, pedirle perdón e intentar arreglar las cosas. Pero el Dragón ya estaba completamente despierto, alerta, no podía volver. Abrió la puerta del despacho.

Era una habitación enorme, uno doce metros de largo por ocho de ancho, una demostración de lujo en una ciudad en la que la gente vivía hacinada. Desde luego era más grande que el ático que compartía con su hermana. Había pasado allí muchas horas y la planta que aún seguía en una de las esquinas del fondo la había traído ella. Recordaba cuando Kuei la había estado decorando siguiendo los conceptos de armonía del Feng Shui, entonces el Dragón dormía. Pero Kuei tenía su propia máscara como el Koreano, era de la sangre del Dragón.

El Koreano estaba de pie, mirando por el ventanal que ocupaba toda la pared del fondo y que daba al ring. No se volvió a mirarla, pero sabía que la había oído entrar. Atravesó la habitación y no pudo evitar notar que acababan de cambiar la moqueta. Aunque la nueva era de la misma tonalidad gris clara esta era sintética, un reemplazo rápido para tapar algo. Zephyr se detuvo delante del escritorio de madera de cerezo blanco. Había una silla también de madera frente a ella, pero permaneció de pie.

- Acércate, es un buen combate.

El Koreano no apartó la mirada del ring donde dos trolls jóvenes estaban golpeándose salvajemente. Zephyr se acercó sin decir nada, sabía que no serviría de nada meterle prisa. Miró hacia las puertas dobles ¿seguiría Tina tirada en las duchas? Se mordió el labio.

- ¿Qué te parecen?

No vio signos de implantes o heridas viejas en ninguno de ellos, pero las heridas que tenían ahora eran profundas y dejarían cicatriz. El más grande de los dos cogió al otro por los cuernos y lo arrojó contra el suelo, el parqué retumbó y supo que el único motivo por el que no lo había atravesado era porque debajo había cemento.

- Es su primer combate, pelean de verdad, no fingen

El Koreano la rodeó y se colocó a su espalda, con las manos apoyadas sobre sus hombros y acariciando su cuello ligeramente con los pulgares.

- Te echo de menos – susurró en su oído.

Zephyr se estremeció ligeramente, un dragón no es sino una sierpe vieja, poderosa, y eso la había atraído. Tenía buenos recuerdos y aún quedaba algo, pero ahora más que nunca le resultaba imposible olvidar porqué había acabado todo.

- ¿Por eso me has llamado? – Se esforzó por controlar su tono de voz, pero en lo único que podía pensar era en salir de allí para ver cómo estaba su hermana.

- No, pero puede arreglarse.

Kuei acarició su mejilla y por un momento le pareció ver al hombre que había bajo la máscara del Koreano. Si simplemente hubieran sido ellos dos las cosas podrían haber sido diferentes pero, al final, los papeles que representaban ante el resto volverían a interponerse. Y también estaba Tina.

- Vuelve conmigo. – rozó su mejilla con los labios.

Aún recordaba cómo había acabado la última vez, cómo había suplicado para que la ayudase a sacar a su hermana del tugurio de Brake y cómo él se había negado. La única cosa que le había pedido y él se había negado para no despertar sospechas. Por eso su hermana había seguido tomando drogas y ahora estaba a un suspiro de morir de sobredosis. Cabrón. Zephyr se apartó bruscamente y negó con la cabeza.

- Vete a la mierda. He encontrado a mi hermana tirada en los baños con una sobredosis… - la voz le tembló

Se sentía furiosa, dolida, traicionada. Ya ni siquiera era capaz de contener sus lágrimas. Estaba cansada de promesas vacías, de fingir, de esperar el momento adecuado para poder huir las dos de aquella mierda.

- Estás alterada, no sabes lo que dices.

El Koreano la miró sorprendido por aquella reacción y por un breve instante pudo ver el desconcierto producido por algo que escapaba a sus planes, un desconcierto que pasó rápido. Intentó acercarse a ella, abrazarla pero volvió a apartarse.

- Podías haberlo evitado… podías… - Zephyr abrió mucho los ojos y se tapó boca – ¡lo hiciste tu!

- ¡Basta! Lo de tu hermana no ha sido cosa mía. – El Koreano estaba furioso

Zephyr retrocedió hasta el escritorio y le fallaron las fuerzas. Se dejó caer sobre el sillón de cuero negro y ocultó la cara tras las manos. No le importaba lo que pudiera pensar Kuei, lo único en que podía pensar era en que le había fallado a su hermana. Deseó no haber discutido con ella, haber pensado un lugar más seguro para dejarla que con Perro… Se había equivocado en tantas cosas. El Koreano se agachó frente a ella y le acarició el pelo.

- Cálmate. Necesito que vayas con Kurage, tenemos a Enrico.

Así que era eso, desde un principio. La necesitaba para sacarle toda la información sobre los italianos antes de que notaran. No sabía cómo habían capturado a Enrico, aunque parecía un movimiento demasiado precipitado para el Koreano. No pasaría mucho tiempo antes de que otro tomase su lugar y la información que tenía fuera inútil. Todo lo que habían averiguado espiando a Brake no valdría de nada. Pero eso ahora le daba igual.

- Estamos muy cerca.

Miró al Koreano y estudió sus ojos negros. Por un momento le pareció ver algo distinto al dragón.

- ¿Estamos?

Él le devolvió la mirada y acarició su mejilla. Después su rostro recuperó la expresión calculadora, todo negocios.

- Cuando acabes tendrás a tu hermana.

Era lo que habían acordado en un principio, dejar que su hermana y ella se fueran, asegurarse de que nadie iría tras ellas.

- ¿Y eso que importa? Ya es tarde. Esta demasiado enganchada, es cuestión de tiempo que muera de sobredosis.

- Yo me haré cargo de todo. Ve abajo, Kurage te espera.

Esta noche el Dragón saldría de caza y no esperaría por ella. Tampoco le dejarían irse sin darle lo que quería. Zephyr se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

- No te preocupes, tendrás tu información, está claro que es lo único que te importa.


El Koreano siempre cumplía su palabra, sólo podía esperar que para entonces aún estuviera a tiempo de ayudar a su hermana. Y sólo le costaría empezar una guerra de mafias…

martes, noviembre 20, 2007

C110-Morgan 00: 37

La parte de atrás de la furgoneta permanecía en un silencio tenso, casi hostil. Nadie parecía querer ser el primero en hablar, ni siquiera Christler. Llevaban más de quince minutos aparcados en el garaje de un centro comercial abandonado. El lugar desierto con todas sus plazas vacías tenía un aspecto atemporal. Daba la sensación deba la sensación de que si subían encontrarían todos los comercios tal y como habían estado hacía veinte años. Pero sabía que arriba no quedaba nada y que hacía mucho tiempo que se habrían llevado todo lo que tuviese algún valor. Era extraño que siguiera estando en pie después de tantos años.

Pero aunque aquel centro comercial vacío pudiera servir para esconder la emisora pirata “Fuck You” no creía que pudiera esconderlos a ellos de los equipos Alfa de Infotech. Ella mejor que nadie conocía su operativa. Primero rastrearían la zona cero, el complejo, y luego ampliarían la búsqueda siguiendo el rastro de testigos, grabaciones o restos físicos que hubieran dejado tras ellos. Como perros de presa, una vez encontraban una pista no la abandonarían hasta encontrarles. A menos… a menos que arrojasen algo en su camino, algo mas valioso. Y ese algo era el Doctor Smithers, el objetivo del otro equipo. Hasta donde ella sabía no le habían encontrado aún y entregarle podría hacer que se olvidasen de ellos.

- Tenemos que movernos

No lo dijo a nadie en particular, era más un pensamiento expresado en voz alta. Necesitaban objetivos, algo que los mantuviese en movimiento.

- No me jodas, por si no lo has notado no estamos en condiciones de hacer nada.

La droga de Zephyr había dejado de hacer efecto y su aspecto era lastimoso, como si hubiese envejecido diez años en la última hora. Los dos elfos habían desaparecido en el peor momento y Morgan deseó que la droga hubiese dejado de hacer efecto antes de que el mercenario echase a su apoyo mágico y enviase al único otro combatiente tras ella.

- Ahórrate el puto sarcasmo, tú echaste a Zeph. Si aún estuviera aquí podría volver a ponerte el brazo y curar tus heridas.

Twitch le miró desafiante y Morgan temió que volviesen a discutir como cuando Gunner había intentado interrogarle. No habían sacado nada entonces y tampoco lo harían ahora. Y el tecnomante de piel oscura era su mejor opción para salir vivos de esta.

- Y una mierda. ¿Qué cojones hay entre Zephyr y tú?

- Ya te lo dije, estamos liados

- Y yo ya te dije que no me lo tragaba.

- Lo que tú digas, pero tiene un culo tremendo.

Morgan pasó una mano por su pelo corto exasperada y miró a los dos hombres discutiendo. Parecía que Gunner estaba en las últimas y su tono de voz traicionado le hizo preguntarse si cometería alguna estupidez. Twitch había adoptado su sonrisa particular con la que se ocultaba de la quienes quisieran leer su rostro, no iba a decirles nada más.

- ¡Basta! – ordenó Morgan poniéndose entre ellos – Me importa una mierda si estáis liados o no, lo que necesitamos ahora es un puto tecnomédico, una pierna nueva y localizar a señor Smithers.

- ¿Y a ti quién cojones te ha nombrado líder? – espetó Gunner

Morgan miró a Gunner irritada. Apenas era capaz de mantenerse sentado, mucho menos de hacerse cargo de la situación.

- Da gracias de que no te dejemos tirado como hiciste con Zephyr, creo que tendrías problemas moviéndote a pie.

Era una pulla fácil, pero dejaba claro cuál era la situación. Aquel grupo necesitaba de un liderazgo fuerte si querían seguir vivos y tenía claro que ninguno de los otros estaba a la altura para ese puesto. La ayuda le llegó de donde menos la esperaba.

- Tengo una idea de dónde empezar a buscarlo – Christler se había levantado y había abierto la puerta trasera.

Morgan la miró por un momento considerando su oferta. Christler no parecía el tipo de persona capaz de valerse por sí misma en las calles, sin implantes de combate o entrenamiento físico, pero esta no era una misión de combate.

- ¿Cómo piensas buscarlo?

- Lo siento, no revelo mis fuentes. – Christler sonrió estaba claro que sabía algo.

Pero allí todos parecían tener contactos, salvo ella misma. De momento la gente que había en esa furgoneta y el telecom de Zephyr eran todo lo que tenía. Morgan hizo un gesto de asentimiento hacia Christler.

- Contacta con nosotros en esta frecuencia. – dijo indicándole uno de sus canales codificados. – y tú – dijo señalando a Twitch – busca cualquier información sobre el señor Smithers.

- ¿Por algún motivo en particular?

- Se lo entregaremos a Infotech a cambio de que se olvide de nosotros.

- ¿Estarán dispuestos a negociar?

Twitch sostuvo su mirada, sus ojos oscuros había recuperado su brillo calculador. Morgan sonrió sintiéndose de nuevo en control de la situación.

- Puedes estar seguro de eso.

Luego se volvió hacia Gunner, el mercenario parecía al borde de la inconsciencia, derrotado. Habría sido mucho más sencillo dejarle tirado pero no era así. Miró el número de contacto que le había dado Zephyr, esperaba que ese “Koreano” pudiese conseguirle un tecnomédico y un sitio seguro para dejar al viejo cascarrabias y poder concentrarse en traer de vuelta a los dos elfos y buscar al Señor Smithers.

- Espero que tengas algo ahorrado – Dijo al mercenario…

jueves, noviembre 15, 2007

¡Por fin!

Bueno, me ha costado muchísimo tiempo actualizar la historia hasta el mismo nivel que la tengo en el foro de Ogame. De todos modos, a partir de ahora, subiré los capítulos aquí antes y esperaré uno o dos día antes de subir los capítulos para incentivar que la gente se pase por aquí y vote en las encuentas.

Saludos

V_V

C109-Pinki 00: 36

Sabía lo que vendría después y no creía que pudiera aguantarlo con la cabeza despejada. De cerca Gar parecía aún más grande y su rostro con colmillos no parecía muy amistoso. Aún estaba cubierto de sangre, tanto suya como de los otros, pero sobre todo de los otros. No quería arriesgarse a conocerle mejor. Pero eso era sólo una excusa conveniente para volver a drogarse, parte de ella sabía que ese no era el motivo.

Así que cogió la dosis de su mano callosa, tenía los nudillos despellejados. El cristal de hoy era de un color rosa traslucido, qué ironía, y era más grande de lo normal, casi del tamaño de su uña meñique. Podría haberse confundido con una pequeña cuenta de colores o, tal vez, con un caramelo, pero ella sabía muy bien lo que era.

Estaban solos en las duchas. Gar olía a alcohol y sudor, aunque pronto no sería consciente de ello, si siquiera aunque estuviera encima suyo. El orco se quito la ropa dejando al descubierto su piel gruesa surcada de cicatrices nuevas y viejas.

Pinki colocó el cristal sobre su lengua dejando que la cubierta se deshiciese en su lengua para liberar su contenido. Bajo la mirada de Gar deslizó los tirantes de su vestido por los hombros y se desnudo. No quería mancharse, las manchas sí seguirían allí cuando se pasase el efecto y entonces sería más difícil fingir que no había sucedido nada. Cerró los ojos deseando que el cristal hiciera efecto.

Sentía las manos ásperas y el aliento de Gar sobre su piel desnuda. Pronto le seguiría el resto del cuerpo, contra la pared de baldosas azules de las duchas, pero aún podía sentir el cuerpo, ligeramente entumecido, y todo lo que la rodeaba.

Entonces, cuando el orco empezó a presionarla para que se arrodillase, comenzó a notar el efecto. Era como si todo lo que la rodeaba dejase de existir. Ni gar, ni las baldosas azules, ni nada que le hiciese. Ahora sólo importaba la huída. Unos minutos, horas, días, todo lo que pudiera permitirse. Lo único que deseaba era no regresar a su mierda de vida, costara lo que costara.

Pero Brake siempre había sido cuidadoso y nunca le había dado más de lo que podía aguantar en una dosis, siempre lo mínimo para asegurarse que estaría allí al día siguiente y que podría seguir jodiéndola, a ella y a su hermana. Se odió por ello. Lo mejor sería quedarse allí y no despertar nunca.

Lejos, muy lejos, escuchó gritos de alguien. No quería regresar e intentó sin éxito mover la mano para apartar la figura borrosa de un orco. ¿Brake? No, más grande, el otro. En el fondo no importaba, no dónde ella estaba ahora. Pero fuera quién fuera nos e daba por vencido y empezó a sacudirla. La habría dicho que se marchase, que la dejase en paz, pero eso supondría despertar.

Cerró los ojos y se aferró a la sensación de vacio que empezaba a invadirla. Nada, no más dolor o pesadillas en la vigilia. Eso era lo que le esperaba si no despertaba y abrazaba aquel destino sin remordimientos.

Gritos, más gritos y más gente, demasiado lejanos para poder molestarla ahora. Ya nada de eso importaba. Se sentía culpable por Alex, pero no lo suficiente, sin ella sería libre. Sí, estaría mejor sin ella. Y pronto la habría olvidado, porque allí era a dónde se dirigía, al olvido.

Entonces sintió un torrente caer sobre ella, arrastrarla, como si tirasen de ella. Se sintió deshorientada, intentando comprender de dónde había salido el agua. Y aunque intentó ahogarse algo la obligó a regresar para encontrarse frente a su hermana.

Boqueó intentando recuperar el aliento bajo un chorro de agua que las empapaba a ambas. Era difícil no ver el dolor y la decepción en sus ojos azules. Pero lo único que sentía era resentimiento hacia ella por haberla traído de vuelta. Estaba tirada desnuda en el suelo de las duchas. Detrás de su hermana estaba el orco, Gar, también desnudo, haciendo todo lo posible por pasar desapercibido. Cerró los ojos y su hermana la abofeteó.

- ¿Esto es lo que quieres? ¿Morir de sobredosis?

Miro a Alex, estaba cabreada. Pero aunque tendría que haberlo hecho, no era capaz de sentirse culpable. Abrió la boca balbuceando, ya no le quedaban excusas, ni promesas. Nada.

- Lo hice por ti… – murmuró su hermana – pero no te importa… No te importa nada que no sea tu dosis.

Pinki intentó pensar en algo que decir o que hacer, algo que convenciese a su hermana de que todo iba a cambiar. Lo único que consiguió fue echarse a llorar, encogida bajo el chorro de agua fría de la ducha.

Alex se levantó. Sus ojos se había vuelto fríos, como los de un reptil o tal vez una de esas serpientes que había pintadas por todo su edificio. Era como si ya no fuera su hermana y estuviera ante una desconocida.

- Muy bien, si eso es lo que quieres vuelve con Brake. A mi ya no me importa.

Le dio la espalda y fue hacia la salida de las duchas. Tendría que llamarla, intentar detenerla, pedirla que se quedase con ella. Pero no lo hizo, en lo único que podía pensar era que si hubiera tenido otro chute no habría dudado en metérselo. Se sintió vacía.

C108-Mantis 00: 36

Fiebre. El espíritu vagabundo tenía razón. No importaba que el cuerpo que animaba estuviese hecho de harapos y periódicos viejos, eso sólo era una máscara. Y estaba en lo cierto. La piel de Perro ardía y estaba cubierta por una capa de sudor agrio. Su respiración raspaba su garganta como si el propio aliento se arrastrase cansado. Su piel morena se había vuelto de color cetrino pero no era ni la mitad de preocupante que sus ojos inyectados de sangre cuando levantabas sus párpados.

Miró al Gato, encaramado sobre una silla y envuelto en ropas demasiado grandes para él. Abrazaba sus rodillas mientras miraba fijamente el cuerpo dormido de Ezequiel. Había insistido en arrastrarlo hasta la cama y prácticamente le había bufado cuando había sugerido esposarle. Se resistía a aceptar que le habían perdido. Una hora era demasiado tiempo, los dos lo sabían.

El espíritu abandonó su cáscara dejando un montón de ropas sucias y húmedas sobre el suelo de la habitación. Una mancha más en la moqueta no se notará, la sangre nunca desaparece del todo. Y ni siquiera otras manchas más recientes podían ocultar la primera de ellas, la que había empezado todo. No mientras quedase el recuerdo.

El Gato y ella también tendrían que irse antes de que despertase. Dejar atrás el motel Sunsine y su cartel de neón que empezaba fallarle. Dejar atrás las grabaciones viejas y la cama doble de muelles viejos. Dejar el nido.

Acarició el filo irregular de su puñal. La hoja de quitina había saboreado la sangre de muchos hombres y sólo el recuerdo hacía que se estremeciese. Era una sensación a la vez terrible y excitante. Perro no despertaba ese deseo. Matarle solo sería el precio para no abandonar el nido. Su cuerpo no serviría de larva ni su carne de alimento. Y rompería el pacto con Serpiente.

Mantis se revolvió incómoda junto a la puerta del motel y miró la carretera apenas transitada por la que se llegaba al motel, pasaba demasiado cerca del vertedero. Antes eso no había sido un problema, no es como si quisiera visitas en el nido y sólo advertía el olor cuando el viento soplaba desde allí. Ahora lo impregnaba todo. Era como si la basura del vertedero se arrastrase hacia ellos.

Tenía que convencer al Gato para dejar a Ezequiel. Pero si se acercaba a él, no sabía si sacaría las uñas o si se apartaría de un salto. No le importaban los arañazos, fueran el resultado de una noche de pasión o de pelea no eran sino trofeos. Si corría sería presa fácil, no suya, de los tóxicos. No, Gato no alcanzaría el otro lado del vertedero con vida sin ayuda.

Ezequiel se agitó sobre el colchón y los muelles protestaron. Murmuraba algo incomprensible que recordaba más a un gruñido que a palabras. El Gato se inclinó sobre él para intentar entender lo que decía, sentándose tan al borde de la silla que pensó que iba a caer. Y entonces Perro se levantó y le golpeó con todas sus fuerzas. Sus ojos se habían vuelto rojo sangre y las pupilas dilatas hacían que el iris apenas fuese visible.

Mantis maldijo para sus adentros, tenía que haber dejado el nido como le había recomendado el espíritu vagabundo. Se puso en guardia sosteniendo el puñal de quitina de forma que apuntase al cuello de Perro. Gato estaba en el suelo y antes de que pudiera levantarse Ezequiel se le había echado encima. Maldijo de nuevo, esta vez de forma audible y eso pareció atraer la atención del perro rabioso en que se había convertido.

Saltó sobre ella y apenas tuvo tiempo de apartarse. Hacía un instante su cuerpo había estado débil y exhausto sobre el colchón. ¿Qué le daba la fuerza ahora? ¿Qué le impulsaba? Retrocedió hacia el aparcamiento sin perderle de vista.

Ezequiel aulló y se echó encima de ella. Sus dedos arañaban el aire, cada vez más cerca suyo mientras ella intentaba esquivar. Hasta que rasgaron su mono de cuero y probaron su carne, tan afilados como su propio puñal. Su estómago ardía ahí donde la había herido.

En un acto reflejo extendió el brazo y sintió como su puñal se clavaba. Instinto. No estaba acostumbrada a luchar a la defensiva y su cuerpo había retomado el ataque como por voluntad propia. Sintió la excitación en la boca del estómago mientras asestaba tajos precisos en el pecho de Ezequiel.

- ¿Pero qué hacéis? ¡Dejad de pelear! – El Gato intentó meterse entre ellos para detener su duelo.

Mantis frenó su puñal, Perro no detuvo su ataque y sus dedos convertidos en garras destrozaron la espalda de Gato haciendo que cayese al suelo. Pero aquel breve instante le permitió mirar al rostro enajenado de Perro. No era su presa, no se sentía atraída por él, no debería estar excitada. Pero lo estaba. Algo no iba bien.

Invocó a los espíritus mantis para ganar tiempo. Tenía que empujarle hacia la habitación del motel, alejarle del Gato. Aunque no sabía qué haría después. ¿Y si se veía forzada a matarle? ¿Lo entendería Serpiente?

Pero Ezequiel se movía como si no le importase morir, como si los cortes apenas le afectasen. Mantis decidió cambiar de táctica y reculó para intentar atraerle hacia la habitación. Sus espíritus danzaban recibiendo los golpes que tendría que haber recibido ella. No aguantarían mucho, peor aún, podía sentir como se corrompían. Pronto cambiarían de bando.

Detrás de Ezequiel Gato se levantó tambaleándose. Mantis tomó una decisión rápida y le lanzó las llaves de su coche. Decían que los gatos tienen varias vidas, no importa tanto si pierde una atravesando el vertedero.

- Sal de aquí, busca a Serpiente.

Ezequiel se giró, pero no estaba dispuesta a dejarle ir y aprovechó para empujarle hacia la habitación. Ezequiel cayó sobre la cama y el colchón terminó de ceder.

- Ahora estamos los dos solos.

Sonó lasciva, pero no se reconocía en su propia voz. No era su presa, no tendría que sentirse excitada. Es el espíritu tóxico, comprendió de pronto. Era como las manchas de sangre en la moqueta y ella nunca había conseguido quitarlas del todo.

Ezequiel se levantó. Había perdido sangre, se debilitaba. Mantis danzó a su alrededor, tenía que cansarle. Pero le costaba concentrarse. Sentía calor emanando de su vientre.

Perro aprovechó para atacar y sus garras destrozaron uno de sus espíritus mantis. Podía estar débil pero aún era una amenaza. Saltó sobre la cama para evitar un nuevo ataque y luego siguió esquivando mientras se preguntaba por cuanto tiempo podría mantener esa situación. Cada vez sentía más calor y sudores, tenía la fiebre. El espíritu vagabundo tenía razón, se extiende, se alimenta. Entonces, como si pensar en él le hubiese invocado, las ropas viejas se enrollaron en los pies de Ezequiel haciendo que cayese. Perro se revolvió, pero sólo consiguió enredarse aún más en las ropas, hasta que estas le envolvieron por completo, como una mortaja.

Bendito espíritu. Aprovechó para recuperar el aliento e intentar calmarse.

- No es mi presa. Ni siquiera le gustan las mujeres. - Decirlo en voz alta la ayudó, era como si desafiase a la fiebre a contradecirla.

Miro a Ezequiel envuelto en ropas sucias y papeles de periódico viejo. En un impulso le agarró y le arrastró de nuevo a la cama. Luego, se puso encima de él, sujetó sus muñecas y le esposó. Tenía a Perro indefenso y esposado a una cama. Mantis esbozó una sonrisa burlona y se inclinó para besar su mejilla. Había recuperado el control y ya no sentía ni excitación ni deseo.

- Da gracias de no ser mi tipo. – susurró a su oído

C107-Brake 00: 35

El cuerpo del elfo rebotó contra las cuerdas para recibir otro golpe brutal del Gar y caer deslomado sobre el suelo de madera del ring. Tenía suerte, aún respiraba. La doctora abrió su bolso dorado y comenzó a preparar otra jeringuilla pero el Koreano hizo un gesto de negación con la cabeza. Estaba claro que su popularidad entre las mujeres y el odio de los orcos le habían salvado el pellejo. Era un clásico de las luchas amañadas. Aunque las heridas de Gar eran reales y si el último combate no hubiese estado preparado puede que hubiesen tenido un nuevo campeón.

La doctora guardó sus drogas en el bolso mientras el Koreano se levantaba de la mesa y salía por la puerta trasera. Por un momento le pareció ver la silueta de Kurage mirar desde la puerta pero la puerta se cerró un instante después y de todos modos la shaman era ciega aunque hubiera mirado no le habría visto.

Gar levantó el grueso cinturón dorado del campeón y lo mostró al público con un grito de triunfo. Tenía la nariz rota, cortes en los brazos y en el pecho y uno de los ojos completamente cerrado por los golpes, pero eso sólo contribuía a darle un aspecto más amenazador, salvaje. La hebilla con forma de dragón pareció serpentear. Brake parpadeó, la bebida debía estarle afectando.

El público parecía encantado con la victoria de Gar, que le dieran una paliza al típico tío que te quitaba las tías siempre funcionaba y estaba seguro de que se dejarían una pasta en bebida mientras cambiaban las cuerdas del ring por cadenas para cuando subieran los trolls.

Un par de hombres del Koreano bajaron al elfo del ring y lo sacaron por la parte de atrás seguidos de la Doctora. Había que reconocérselo, pese a sus ropas pijas y aspecto de maniquí había conseguido entrar sin levantar sospechas.

Gar bajó por su propio pie, esforzándose hasta el último momento por no demostrar debilidad. Pero no engañaba a Brake, él había estado en suficientes peleas de verdad para saber que en cuanto se le pasase el subidón de adrenalina se vendría abajo.

Los orcos le recibieron con alcohol, palmadas en la espalda y bromas soeces sobre el elfo. Brake rió de buena gana incluso aunque la sensación de ardor de su pierna se estaba extendiendo y su cojera se había vuelto más pronunciada. Maldita Zephyr, tanta protección por unas malditas bragas porque no había encontrado nada más. Salvo que el Koreano quería hablar con ella y con Pinki sentaba en su mesa estaba muy claro con que iba a negociar el oriental.

Su “colega”, el orco al que había estado pasando la pasta trajo un barril de cerveza y le palmeó en el hombro. Había estado pagando la bebida de todos, para él era solo calderilla y le había comprado su lugar en el grupo. Y era un lugar muy bueno, tanto que sin darse cuenta había acabado delante de Gar y se lo estaban presentando.

Estrechó su mano devolviendo el apretón más fuerte de lo necesario. Más por costumbre que por verdadero interés examinó la marca de su antebrazo que identificaba al fabricante de sus refuerzos musculares. Probablemente también tenía algo de blindaje dermal pero era más difícil de ver bajo la piel. Sonrió de forma amistosa e invitó a todos a otra ronda de bebida para quitárselo de encima. Su interés seguía centrado en la puerta trasera por la que habían desaparecido el Koreano y la doctora y por la que él mismo había entrado.

- ¿De dónde sacas la pasta?

La pregunta la había hecho su “colega” entre trago y trago de cerveza, pero todos los demás le estaban mirando. La mayoría vestían como él ahora, cazadoras de cuero, pinchos y cadenas. Seguro que la mayoría estaban pelados de pasta, tendría que haber esperado la pregunta, pero había estado demasiado preocupado por el Koreano para darse cuenta. Por un momento vio a Pinki sentada sola.

- Putas – dio un trago de cerveza esperando que eso acallase todas las preguntas.

Aún tenía la tarjeta de la puta que le había dado el gilipollas del traje morado antes de convertirle en pulpa y siempre podía usarla. Pero gar tenía la vista fija en la mesa del Koreano donde estaba Pinki seguía sola y, para variar, llevaba uno de sus vestidos rosas con la cantidad mínima de tela.

- ¿Esa es una de las tuyas?

Gar hizo un gesto con la cabeza hacia ella. Apuró la copa aún mirándola y luego se lamió la espuma de cerveza de lo labios. Por si fuera poco Pinki le había visto. Se palpó los bolsillos y encontró lo que buscaba. Lo único que podía salvarle era dejarla tan colocada que no recordase nada de lo que pasase.

- Es posible, dale esto cuando te acerques.

Brake le pasó una buena dosis a Gar y le siguió cojeando. La gente le abría paso por lo que tuvo que esforzarse para no quedarse atrás. Los otros orcos les acompañaron. Por los comentarios parecían pensar que habría fiesta en los vestuarios.

Esperó mientras Gar discutía con un par de matones del Koreano gesticulando hacia Pinki y los vestuarios. Brake gruñó, sabía perfectamente como zanjar aquella discusión, solo esperaba que ninguno de los dos matones le reconociese. Se acercó hasta Gar y le pasó un puñado de billetes.

- Diles que te la llevas al vestuario y se la devuelves ahora, nadie tiene porqué enterarse.

Gar discutió un rato más con los matones hasta que consiguió convencerlos de que no iba a salir del edificio. Los otros orcos parecían haber encontrado alguna mujer más, probablemente también putas, aunque de bastante peor aspecto que Pinki. Incluso la rubia insulsa de la noche pasada resultaba apetecible a su lado, pero imagino que tampoco tendrían tanto donde elegir.

Les siguió hacia los vestuarios. Gar arrastraba a Pinki del brazo y Brake casi sintió pena por ella, no creía que Gar supiera valorar su habilidad. Casi, porque estaba claro que era ella quién le había vendido. Después de todo, mientras el Koreano tuviera a Pinki, Zephyr haría lo que quisiese y con Kurage de por medio necesitaba una shaman. Si tenía alguna oportunidad de hacer entrar en razón a Zephyr para ayudarle era esa…