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jueves, noviembre 15, 2007

C109-Pinki 00: 36

Sabía lo que vendría después y no creía que pudiera aguantarlo con la cabeza despejada. De cerca Gar parecía aún más grande y su rostro con colmillos no parecía muy amistoso. Aún estaba cubierto de sangre, tanto suya como de los otros, pero sobre todo de los otros. No quería arriesgarse a conocerle mejor. Pero eso era sólo una excusa conveniente para volver a drogarse, parte de ella sabía que ese no era el motivo.

Así que cogió la dosis de su mano callosa, tenía los nudillos despellejados. El cristal de hoy era de un color rosa traslucido, qué ironía, y era más grande de lo normal, casi del tamaño de su uña meñique. Podría haberse confundido con una pequeña cuenta de colores o, tal vez, con un caramelo, pero ella sabía muy bien lo que era.

Estaban solos en las duchas. Gar olía a alcohol y sudor, aunque pronto no sería consciente de ello, si siquiera aunque estuviera encima suyo. El orco se quito la ropa dejando al descubierto su piel gruesa surcada de cicatrices nuevas y viejas.

Pinki colocó el cristal sobre su lengua dejando que la cubierta se deshiciese en su lengua para liberar su contenido. Bajo la mirada de Gar deslizó los tirantes de su vestido por los hombros y se desnudo. No quería mancharse, las manchas sí seguirían allí cuando se pasase el efecto y entonces sería más difícil fingir que no había sucedido nada. Cerró los ojos deseando que el cristal hiciera efecto.

Sentía las manos ásperas y el aliento de Gar sobre su piel desnuda. Pronto le seguiría el resto del cuerpo, contra la pared de baldosas azules de las duchas, pero aún podía sentir el cuerpo, ligeramente entumecido, y todo lo que la rodeaba.

Entonces, cuando el orco empezó a presionarla para que se arrodillase, comenzó a notar el efecto. Era como si todo lo que la rodeaba dejase de existir. Ni gar, ni las baldosas azules, ni nada que le hiciese. Ahora sólo importaba la huída. Unos minutos, horas, días, todo lo que pudiera permitirse. Lo único que deseaba era no regresar a su mierda de vida, costara lo que costara.

Pero Brake siempre había sido cuidadoso y nunca le había dado más de lo que podía aguantar en una dosis, siempre lo mínimo para asegurarse que estaría allí al día siguiente y que podría seguir jodiéndola, a ella y a su hermana. Se odió por ello. Lo mejor sería quedarse allí y no despertar nunca.

Lejos, muy lejos, escuchó gritos de alguien. No quería regresar e intentó sin éxito mover la mano para apartar la figura borrosa de un orco. ¿Brake? No, más grande, el otro. En el fondo no importaba, no dónde ella estaba ahora. Pero fuera quién fuera nos e daba por vencido y empezó a sacudirla. La habría dicho que se marchase, que la dejase en paz, pero eso supondría despertar.

Cerró los ojos y se aferró a la sensación de vacio que empezaba a invadirla. Nada, no más dolor o pesadillas en la vigilia. Eso era lo que le esperaba si no despertaba y abrazaba aquel destino sin remordimientos.

Gritos, más gritos y más gente, demasiado lejanos para poder molestarla ahora. Ya nada de eso importaba. Se sentía culpable por Alex, pero no lo suficiente, sin ella sería libre. Sí, estaría mejor sin ella. Y pronto la habría olvidado, porque allí era a dónde se dirigía, al olvido.

Entonces sintió un torrente caer sobre ella, arrastrarla, como si tirasen de ella. Se sintió deshorientada, intentando comprender de dónde había salido el agua. Y aunque intentó ahogarse algo la obligó a regresar para encontrarse frente a su hermana.

Boqueó intentando recuperar el aliento bajo un chorro de agua que las empapaba a ambas. Era difícil no ver el dolor y la decepción en sus ojos azules. Pero lo único que sentía era resentimiento hacia ella por haberla traído de vuelta. Estaba tirada desnuda en el suelo de las duchas. Detrás de su hermana estaba el orco, Gar, también desnudo, haciendo todo lo posible por pasar desapercibido. Cerró los ojos y su hermana la abofeteó.

- ¿Esto es lo que quieres? ¿Morir de sobredosis?

Miro a Alex, estaba cabreada. Pero aunque tendría que haberlo hecho, no era capaz de sentirse culpable. Abrió la boca balbuceando, ya no le quedaban excusas, ni promesas. Nada.

- Lo hice por ti… – murmuró su hermana – pero no te importa… No te importa nada que no sea tu dosis.

Pinki intentó pensar en algo que decir o que hacer, algo que convenciese a su hermana de que todo iba a cambiar. Lo único que consiguió fue echarse a llorar, encogida bajo el chorro de agua fría de la ducha.

Alex se levantó. Sus ojos se había vuelto fríos, como los de un reptil o tal vez una de esas serpientes que había pintadas por todo su edificio. Era como si ya no fuera su hermana y estuviera ante una desconocida.

- Muy bien, si eso es lo que quieres vuelve con Brake. A mi ya no me importa.

Le dio la espalda y fue hacia la salida de las duchas. Tendría que llamarla, intentar detenerla, pedirla que se quedase con ella. Pero no lo hizo, en lo único que podía pensar era que si hubiera tenido otro chute no habría dudado en metérselo. Se sintió vacía.

C94-Pinki, 23: 03

El dragón dormido, decían las letras rojas del cartel. Pero el dragón no dormía. Se lo había dicho su hermana y era cierto. La nave industrial reconvertida en gimnasio bullía de actividad. Podía oler la excitación y el sudor, sentir el calor de la multitud y escuchar el ruido provocado por sus voces. El orco Gar esperaba al siguiente aspirante sobre el ring. La raja de su cara y la sangre le daban un aspecto incluso más amenazador. Probablemente dejaría una cicatriz que se sumaría a las que ya tenía. Había ganado todos sus combates pero eso no había impedido que le partiesen uno de los colmillos que ahora asomaba roto por encima del labio. Y tenía una ligera cojera en la pierna derecha.

Pero el aspirante estaba tardando. Pinki no le culpaba, la muerte del luchador al que habían drogado la había dejado temblando. No sabía si era por lo mucho que deseaba su propio chute o porque, en cierto modo, ella era como él. Ahora su cuerpo se enfriaba camino del vertedero y ni siquiera quedaba rastro de su muerte en el ring. Los hombres del Koreano no habían tardado ni dos minutos en retirar el cuerpo y limpiar la sangre. Los espectadores también se habían olvidado de él y se apresuraban a poner nuevas apuestas para el siguiente combate. Más sangre para el dragón, pensó.

Estaba sentada al borde de la silla, con sus manos apretando el asiento con tanta fuerza que le dolían los dedos, pero eso era mejor que no sentir nada. Al menos ella tenía a su hermana, pero ¿quién le recordaría a él? La doctora Milles, con su ropa de moda en violetas y morados no, seguro. Había venido con la excusa de apostar, pero sus gestos despectivos y su mirada fría bajo la sombra de ojos dorada no se correspondían con sus palabras. Cuando se había sentado junto al Koreano, apenas le había dirigido un vistazo, cosa que Pinki había agradecido porque durante ese breve instante se había sentido diseccionada. Había fingido no notarlo con la naturalidad que da la costumbre.

Entonces el combate acababa de empezar y no tenía más interés que la excusa que le proporcionaba para escuchar sin que lo pareciera. No creía que el Koreano hubiese creído su farsa ni por un momento, pero no parecía haberle molestado o la hubiese mandado a la parte de atrás, donde estaba el resto del gimnasio, los aparatos, el spa y las oficinas. Por las noches solo sus hombres podían acceder a esa parte y estaba segura de que había incluso más de lo que ella había visto y ahora esa parte del gimnasio estaba cerrada. El Koreano, con sus ojos negros que nunca se perdían nada, quería tenerla cerca, quería a su hermana.

Por eso había permanecido a su lado, fingiendo que miraba en combate cuando, en realidad, sus ojos azules recorrían las vigas que sostenían el techo metálico unos ocho metros por encima de ellos, los muros insonorizados recubiertos de cemento y los hombres del Koreano que se mezclaban entre el público vociferante. No había forma de salir si él no quería que lo hicieras.

Mientras, la doctora había sonreído con sus labios violetas perfectamente perfilados y le había dicho al Koreano que podía proporcionar una “ayudita en el combate al humano”. Drogas, a eso se dedicaba la doctora, y mientras la doctora daba detalles sobre cómo mediante drogas podía eliminar por completo el dolor y hacer que siguiera luchando, Pinki había sentido algo removerse dentro de ella, un deseo que nunca terminaba de abandonarla. Entonces la doctora la había mirado con sus ojos gélidos, cortantes, como un escalpelo atravesando su piel para ver qué hay debajo. Nada habría podido hacer que se sintiese cómoda bajo aquella mirada, ni su bolso y zapatos de diseño, ni su perfecto maquillaje o su figura retocada por la cirugía.

Pero no le había quedado más remedio que permanecer allí quieta bajo aquellos ojos fríos porque el Koreano había alargado las negociaciones durante varios rounds en los que Gar, que hacía solo unos meses había sido sólo un matón orco más, demostraba que el Koreano había tenido razón al sacarlo de la calle y convertirlo en uno de sus luchadores. El descomunal orco exhibía sus músculos entre golpe y golpe ante la incapacidad de su adversario, cada vez más machacado, de plantarle cara. En cierto modo Pinki se había sentido así bajo la mirada de la doctora. El Koreano no había zanjado las negociaciones hasta que el rival de Gar, carne de cañón para aumentar su fama, había caído al suelo medio inconsciente. Por el modo en que había sonreído estaba segura de que había salido ganando.

Aún había tenido que soportar la compañía de la doctora varios minutos más, hasta el final del round. El humano se retorcía en el suelo intentando evitar que las patadas de Gar alcanzasen alguna zona vital o su cabeza. La doctora no había dejado de mirarla mientras Pinki sólo deseaba perderla de vista a ella, su bolso y sus zapatos de diseño.

Había sido un alivio cuando se levantó para ir al ring, aunque por un momento había temido que, una vez a solas con el Koreano, le preguntase sobre su hermana Alex. Pero apenas la horrible doctora se había levantado, un hombre de pelo rojo ligeramente familiar había ocupado su lugar. Sus ojos dorados habían recorrido sus piernas, su cintura, su escote para detenerse en sus labios pintados de rosa. Estaba acostumbrada a que los hombres la mirasen con deseo y a que evitasen su mirada. Porque mirarla rompía la ilusión de que ellos le gustaban, de que estaba ahí porque quería y que disfrutaba de ser puta. Y eso mataba el deseo de la mayoría, preferían engañarse y pesar que cuando les decía que eran fantásticos era cierto. Por supuesto había a los que no les importaba, los que disfrutaban sabiendo que no querías porque eso les hacía sentir poderosos, esos eran los peligrosos.

Pero este no era así y Pinki había podido observarle sin que él le devolviese la mirada. Había estudiado su perilla ligeramente descuidada y del mismo color rojo intenso que su pelo. Los ojos dorados se que esforzaban en evitar al Koreano y sus manos, algo temblorosas, jugando con el borde del mantel de forma inconsciente. Creía recordarle entre las brumas de su último chute, en el local del cabrón de Brake. Y entonces la había asaltado una punzada de culpa al recordar que su hermana le había pedido que no se colocase más y que no se acercase allí. Luego sus pensamientos habían volado hasta la conversación que había tenido después y que Alex le había preguntado por él, Dexter Smithers. Por eso había grabado su conversación con el Koreano, con todos sus sentidos. Podía ser adicta, pero no era idiota, fuese lo que fuese en lo que su hermana estaba metida, ese tipo de aspecto inofensivo estaba relacionado.

Y Dexter Smithers estaba nervioso, se había removido en su silla bajo los ojos escrutadores del Koreano. No era el único que se ponía así al hablar con el Koreano, pero había algo más. Entonces había metido la mano en el bolsillo de su gabardina marrón y sucia, con un ligero olor a aguas estancadas y sacado un papel doblado que entregó al Koreano. La pelea brutal sobre el ring no había podido resultarle más lejana o absurda en esos momentos, pero Pinki se había inclinado hacia delante dejando que el escote de su vestido rosa resbalase hasta dejar entrever unos centímetros más. Y al hacerlo, sus ojos habían recorrido la lista del señor Smithers grabando cada palabra en ella.

Eso había sido poco antes del final del combate. Ahora Dexter Smithers y sus peculiares ojos dorados habían desaparecido entre la gente, estaba a solas con el Koreano y el retraso del siguiente combate le había puesto de mal humor. Pinki hizo todo lo posible por evitar su mirada. Ojos negros, ligeramente rasgados y sin apenas atisbo de empatía. El Koreano habría sido uno de esos clientes a los que no les importa si finges o no. Pero no estaba interesado en ella, si no en Alex, su hermana pequeña, y eso la asustaba más que la mirada fría de la doctora o una noche con un cliente sádico.

- ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres tomar algo?

La pregunta, aunque cortés, iba destinada a obligarla a mirar. Recordó lo mucho que le apetecía una dosis, evadirse de la realidad en una simulación de una vida mejor. Solo tenía que pedirlo y el Koreano se lo habría conseguido. Trago saliva. Tal vez era el miedo por su hermana, pero Pinki se forzó a rechazar la oferta. No dijo nada, sólo negó débilmente con la cabeza.

- Como prefieras, si necesitas algo sólo tienes que pedirlo. Ya sabes lo mucho que aprecio a tu hermana.

El Koreano había suavizado su tono de voz. Pinki tuvo que clavar las uñas en la palma de la mano por debajo de la mesa para obligarse a repetir la negación con una sonrisa artificial. El Koreano tenía toda su atención puesta en ella ignorando el inicio del nuevo combate.

- ¿Cómo esta? – Insistió.

No sabía cómo responder, ni qué quería el Koreano de su hermana o cuál era exactamente su relación con lo que estaba pasando. Se lamió los labios resecos intentando recordar algo que la ayudase en su última conversación con Alex. Entonces la había dejado con aquel “amigo” que la había dejado encerrada. Puede que después de todo su hermana se hubiese cansado y la hubiera intentado desenganchar a la malas. No la habría culpado. Pero eso no la ayudaba ahora, tenía que ganar tiempo.

- Pensándolo mejor me gustaría una infusión… - Se esforzó en recordar lo que habían bebido, eso la calmaba pero no podía recordar qué era - … una tila.

El Koreano hizo un gesto con la mano sin dejar de mirarla con aquellos ojos rasgados que daban la impresión de no peder ningún detalle. Luego su expresión cambió hasta una de preocupación casi genuina.

- No tendrá problemas ¿verdad? – Era más una afirmación que una pregunta.

Pinki dudó de nuevo mientras cogía con manos temblorosas la taza de porcelana y aspiraba el vapor de la infusión. No estaba segura de lo que él sabía o a qué se refería. Alex nunca le contaba gran cosa. El Koreano puso la mano sobre su hombro de forma casi amistosa.

- Puedes contármelo. Sé que no se largaría sin ti…

Sus palabras quedaron colgadas en el aire como terciopelo, pero sus ojos volvían a ser obsidiana pulida, sin emoción. Pinki supo que tenía que mentir. Y tenía que ser convincente. Dio un pequeño sorbo a la tila casi ardiendo y dejó que el pelo cayese sobre su cara como una cortina dorada y rosa.

- Yo… - podía sentir toda la tensión acumulada, el miedo y el ligero temblor que le producía la abstinencia - … ¡No lo sé! – dejó que las lágrimas salieran sin importarle que con eso se corriese el maquillaje, eso sólo ayudaba a la actuación.

Pinki dejó la taza sobre la mesa y ocultó la cara tras las manos, ese era el momento más importante, donde le echaba la culpa a otro. Por suerte no tuvo que pensar demasiado a quién.

- Brake… - Pinki hizo una pausa fingiendo que intentaba limpiar su maquillaje arruinado. – Brake…

Su cuerpo temblaba ligeramente con los sollozos. El Koreano la hizo callar colocando un dedo sobre sus labios.

- Comprendo, no digas más - Su corazón se aceleró ¿Sabría que mentía?

Mantuvo la cabeza agachada sin atreverse a mirarle hasta que la tensión fue insoportable y miró de reojo a través de la cortina de pelo rubio con mechas rosas. El Koreano le estaba ofreciendo un pañuelo y ella lo cogió con la mano aún temblando.

- No te preocupes, yo me encargo. Este ha sido el último error de ese orco.

Pinki cogió de nuevo la taza humeante y dio un trago para calmarse. Parecía que de momento se había librado y, la verdad, no le importaba una mierda que el cabrón de Brake cargase con las culpas, se lo había buscado. Dio otro trago, por primera vez en toda la noche se sentía bien.

C90-Pinky, 22: 35

Se escucharon golpes al otro lado de la puerta y después gritos. ¿Estaría teniendo algún delirio por el síndrome de abstinencia? Ya había tenido antes alucinaciones. Pinki se sentó al borde de la cama y escuchó atentamente.

- ¡Me ha mordido! – Era un grito de mujer.

Pinky se levantó corriendo de la cama y se escondió debajo. El suelo de baldosas bajo la cama estaba frío pero no había pelusas, sólo lo que le parecieron pelos de perro. Puede que sólo fuera eso, un perro.

- ¡No se muere! - Más gritos, esta vez de hombre.

Pinky se encogió aún más debajo de la cama y se encogió con las piernas abrazadas contra el pecho.

- ¡Esta puerta no se abre! – dijo la mujer

- ¡Pues vuela la puta cerradura! – respondió el hombre – ¡Yo estoy ocupado!

Escuchó un disparo y luego un golpe en la puerta. Pinky se mantuvo muy quieta, conteniendo la respiración. Solo quería que todo terminase y todo fuese una pesadilla generada por el mono.

- ¡Agh! ¡Dispárale otra vez! – Seguía gritando el hombre.

- ¡Mierda! ¡Se me han acabado las balas! – gritó la mujer.

Desde dónde estaba sólo podía ver una fina línea de luz que se escapaba por debajo de la puerta. El perro, si es que era realmente eso, debía seguir molestándoles. Había escuchado a los chicos e Brake decir que era fácil fallar un disparo a bocajarro y, supuso, que lo sería incluso más si te estaban mordiendo mientras. Los gritos dejaban claro quién se estaba llevando la peor parte.

- ¡Josh! Mierda… - escuchó lloriquear a la mujer. - … tenemos que salir de aquí… apóyate en mí…

Dos disparos más. Uno había sido realmente cerca e hizo que escondiese la cabeza entre las piernas. Alguien golpeó de nuevo la puerta reventándola. Pinky pudo ver unos pies de mujer entrar y el cuerpo de un hombre siendo arrastrado. Tenía varios mordiscos en la pierna y en el cuerpo con muy mal aspecto. Un perro normal no podía hacer eso.

- ¿Josh? Dime algo – la voz de la mujer sonaba lastimosa.

La mujer arrastró al hombre hasta la cama y lo apoyó sobre ella. No parecían haberse dado cuenta de su presencia pero por si acaso siguió inmóvil, sin importarle que se le estuviese durmiendo el brazo izquierdo o las nauseas. El hombre había dejado un rastro de sangre tras él. Vio como la mujer se apartaba de la cama y se colocaba entre ella y la puerta.

- ¡Cabrón! ¡Te mataré!

La mujer disparó varias veces más y luego siguió apretando el gatillo aún cuando no quedaban balas. No podía ver dónde disparaba y tampoco ningún perro, pero pronto empezó a ver dibujarse huellas de perro sobre el rastro de sangre que había dejado el hombre. Pinki tuvo que morderse la lengua para no gritar, necesitaba un chute.

Las huellas se fueron acercando. Pinky cerró los ojos, la mujer no dejaba de gritar. Podía escucharla apretar el gatillo de forma frenética. Luego la escuchó caer al suelo. Pese al miedo abrió los ojos, la mujer estaba justo delante de ella. La había visto y, por un instante, sus ojos se clavaron en los suyos. Pinky pudo reconocerse en ellos. Pero ya era demasiado tarde para ella, tenía la garganta desgarrada y ya no podía siquiera gritar.

Pero incluso mientras la mujer se desangraba con sus ojos vidriosos fijos en los de Pinky, seguía sin poder qué la había atacado. Tenía que salir de allí, fuese lo que fuese no iba a esperar a que viniese a por ella.

C58-Pinky, 19: 04

Despertó sin saber ni dónde estaba ni qué hora era. Tenía el cuerpo completamente cubierto de magulladuras y arañazos que, supuso, se había hecho ella misma. Su recuerdo era algo difuso y el dolor de cabeza le impedía concentrarse. Tenía palpitaciones y sus miembros parecían hechos de gelatina, incapaces de sostenerla. Solo el esfuerzo de incorporarse y quedarse sentada agotó sus escasas fuerzas. Pinki se limpió el rostro manchado por sus propias babas lo mejor que pudo y miró sin interés el trideo.

El viejo aparato no había dejado de funcionar y la música irritante de un anuncio de barritas de chocolate le recordó que no había comido nada desde el día anterior. Pero su estómago era solo una masa revuelta y sabía que vomitaría todo lo que tomase. Aún así, Pinki se levantó apoyándose en la pared. Ignorando las quejas de su maltratado cuerpo dio un par de pasos hasta la mesa y se forzó a beber un poco de agua para quitarse el sabor pastoso de la boca, incluso eso le produjo nauseas.

Dejó la botella en el suelo junto a la cama y se dejó caer entre las sábanas revueltas. Sabía por experiencia que ya había pasado la peor parte. Seguía de bajón y aún deseaba meterse algo para evadirse un rato, pero al menos el mono ya no la estaba volviendo loca. Pero ahora estaba encerrada y no sabía cuanto tiempo pasaría antes de que alguien viniera a verla, por lo visto su hermana se había propuesto desengancharla por las malas.

La canción del último anuncio de Cola-Cool volvía a sonar taladrándole la cabeza cuando el trideo pareció captar interferencias. ¿Qué se podía esperar de un cacharro tan viejo como aquel? De todos modos Pinki agradeció que interrumpiese aquel maldito anuncio que ponían a todas horas para dar un avance informativo o lo que quiera que fuese aquello. Al principio no entendió las palabras y se limitó a mirar a la chica de aspecto nervioso que estaba hablando. No tiene estilo, pensó Pinky, ni siquiera sabía peinarse y estaba claro que en su vida había estado delante de la cámara. La mayoría de la gente pensaba que presentar un programa o dar las noticias no requería mucha preparación, pero estaban equivocados. Ella podría haberlo hecho mucho mejor que aquella humana flacucha de pelo revuelto y voz temblorosa. Pinky sintió envidia ¿Qué tenía esa chica que ella no? Si incluso se notaba que estaba leyendo…

- Eh… Estamos en… estamos en las proximidades del complejo de Infotech a las afueras de la ciudad… – A la espalda de la chica podía verse el rascacielos de cristal de más de cuatrocientos metros de altura y forma piramidal. – ah… y estamos aquí para informar sobre los disturbios que hay en su interior y la falta de respuesta por parte de los ejecutivos de Infotech.

La chica había logrado leer aquello último de carrerilla, pero miraba constantemente por encima de su hombro, como si esperase algún tipo de instrucciones o aprobación. Era una jodida aficionada, de eso no había duda.

- Hace ya varias horas que el complejo no admite ningún tipo de visita o contacto con el interior. – las cámaras mostraron la carretera de acceso al complejo cortada. – Los portavoces de Infotech no han hecho ninguna declaración al respecto y se desconoce la gravedad de la situación ahí dentro.

La cámara mostró entonces unas imágenes borrosas de los disturbios en el interior del complejo. Pese a la mala calidad de la imagen podía distinguirse a varios civiles asaltando algunos comercios y construyendo barricadas con cubos de basura y mobiliario urbano. En otra imagen, algunos guardias de seguridad de Infotech disparaban sin contemplaciones a una masa furiosa que intentaba acceder al rascacielos donde se encontraban los laboratorios y oficinas.

- Como pueden ver, en las imágenes que les ofrecemos se ve que los residentes se han enzarzado en una pelea con los guardias de seguridad por motivos desconocidos. – continuó la chica. – Estas imágenes parecen aumentar los rumores sobre un accidente en los laboratorios de investigación.

Pinky se dio cuenta de que tenía los puños apretados y se estaba clavando las uñas. Su hermana estaba ahí y pretendía entrar en los laboratorios. Era incapaz de apartar la mirada de aquellas imágenes mal enfocadas y editadas con prisa. ¿Y si Alex no regresaba? Ella era la única persona que tenía, la única que se preocupaba por ella. Sus ojos se empañaron al pensar en la posibilidad de que muriese y sintió como una lágrima resbalaba por su mejilla.

- … hace ya varias horas que el gabinete de prensa de Infotech convocó una rueda de prensa, pero ninguno de los periodistas que acudió ha regresado. Tampoco hemos recibido ninguna comunicación de nuestra reportera en el lugar de los hechos, Emma Chrystler. Infotech se ha negado a hacer declaraciones sobre el paradero y estado de los periodistas…

De pronto la transmisión se contó abruptamente. Pinky se levantó y golpeó con rabia el viejo aparato de trideo, pero no sirvió de nada. Cuando regresó la imagen habían vuelto a poner anuncios y sus intentos de volver a sintonizar la emisión resultaron inútiles. También intentó cambiar de canal intentando encontrar alguno que hablase de Infotech, pero ninguno de los otros canales parecía interesado en el tema, ni siquiera el canal de noticias.

Pinky gritó de frustración: su hermana podía estar en peligro y su única fuente de información era una emisora pirata. Y probablemente ahora estaban huyendo de la policía para no ser detenidos por emisión ilegal. Putas multinacionales cabronas, tienen toda la prensa bajo control, la libertad de información era solo un mito. Si alguna vez conseguía rehacer su vida, se aseguraría de que el público supiera la verdad.

Tomar aquella decisión hizo que se sintiese algo mejor. Al menos ahora tenía un objetivo, haría que Alex se sintiera orgullosa.

C50-Pinki, 9:00

Sus latidos de corazón se había acelerado y sentía sus venas arder. Sentía una presión en el pecho que hacía que le doliese cada vez que intentaba respirar. Estaba completamente empapada en sudor, febril. Daba vueltas y vueltas en la cama intentando dormir, perder el sentido. No podía soportarlo más, necesitaba una dosis. ¿Cuántas veces había intentado dejarlo y cuántas más había acabado del mismo modo?

Se levantó de la cama bruscamente, tenía que salir de allí y conseguir una dosis. Tal vez si era amable con Brake le daría algo. Sabía que la utilizaba para coaccionar a Alex y se odiaba a sí misma por ello, pero no podía resistirlo. Ella no era fuerte como Alex, quería serlo, pero cada vez que intentaba dejarlo terminaba volviendo a rastras, tan desesperada por conseguir una dosis que ya no le importaban las humillaciones o lo que la hicieran. Su mano tembló al ir a coger el pomo de la puerta, era una yonki, las lágrimas corrieron por su cara. No, no, no.

Pinki retiró la mano aún temblorosa, tenía que aguantar, distraerse de algún modo. No pensar, eso era lo que tenía que hacer. Le costó toda su fuerza de voluntad volver hasta la cama y sentarse en el borde. Estaba en una habitación sin ventanas de unos tres por cuatro metros cuyo único mobiliario era la cama colocada en una esquina y una mesa en otra. No tenía mucho con qué entretenerse, solo un viejo trideo que ni siquiera funcionaba bien.

Solo canales públicos. Menuda mierda, pensó al encenderlo. Pero era mejor que nada. Mejor que apretar los puños hasta que los nudillos se le ponían blancos y las clavar las uñas en las palmas hasta que salía sangre. Mejor que dar más vueltas en la cama revuelta y sucia. Mejor que volver arrastrándose. Todo su cuerpo temblaba de ansiedad y rabia. Era débil, patética y débil, pensó mientras se dejaba caer derrotada sobre la cama.

Anuncios, anuncios, un documental sobre bichos, anuncios. La tele pública apestaba. Pinki hacía zapping compulsivamente hasta que vio algo que hizo que se detuviera. Enrico salía en un canal de noticias locales. El muy cabrón, él la había hecho esto, la había hecho adicta a aquella mierda que la estaba matando, él la había convertido en una puta. Pinki apretó con fuerza el mando del trideo mientras intentaba entender lo que decían.

“… la detención de Enrico di Rosso, acusado de trata de blancas y del secuestro de la hija del alcalde Paul Basoria. El fiscal pide la pena máxima recientemente aprobada por el ayuntamiento como medida para reducir costes penitenciarios. El alcalde ha declarado que esta medida no tiene nada que ver con un afán de venganza.”

La imagen cambió para mostrar la rueda de prensa del alcalde con la periodista en la esquina superior. El alcalde, un hombre de unos cincuenta años y traje de diseño, salía condecorando al detective que había logrado la detención. El nombre del agente apenas fue mencionado y las cámaras se centraron en el alcalde. “Ya es hora de que se haga justicia. Los contribuyentes están cansados de que el dinero de sus impuestos se malgaste en la manutención de criminales que no aportan nada a la sociedad. Tengo plena confianza en que la nueva ley traerá una disminución de la delincuencia y será bien recibida por los ciudadanos.”

El alcalde había jodido bien a Enrico, esta vez no iba a poder librarse. Pinki comenzó a reírse a carcajadas. ¡Qué se joda! Se lo merece el muy cabrón, pensó. Aunque jamás le hubiera pasado nada si no hubiera ido por la chica equivocada, la hija del alcalde, y ella lo sabía. El mundo era una puta mierda.

El trideo había cambiado ahora a una noticia sobre la pérdida de contacto con un complejo privado de Infotech, pero Pinki había dejado de escuchar. Sentía el cuerpo frío a pesar de estar ardiendo. Miles de agujas se clavaban en su cuerpo. ¿Se estaba muriendo? ¿Por qué no se moría ya? No podía soportar aquella tortura, necesitaba algo que calmase el dolor. Tenía que conseguir su dosis, algo que meterse, lo que fuera.

Apenas era consciente de lo que hacía. Se había levantado y había intentado abrir la puerta, pero estaba cerrada. La golpeó con todas sus fuerzas mientras gritaba de rabia y desesperación, estaba encerrada. Sabía que no serviría de nada, pero no le importaba, gritó hasta quedarse afónica. Golpeó la puerta hasta que sus nudillos sangraron. Al final, completamente extenuada, se dejó caer. Bendita inconsciencia, pensó Pinki antes de perder el sentido.

C35-Pinki, 00: 21

Tenía que mantenerse limpia, se lo había prometido a Alex, repitió Pinki como una especie de mantra. Esta vez no voy a fallarla, se dijo mientras se miraba una vez más en el espejo. Sin las mechas y la ropa rosa que habían sido su seña de identidad, primero como actriz y luego como prostituta, estaba irreconocible. Aquel color era todo lo que le quedaba de una carrera fallida como actriz y cantante. Había adoptado aquella apariencia siguiendo los consejos de su representante, ya no tenía sentido mantenerlo, aquel sueño había muerto.

Era extraño verse reflejada en el espejo, se sentía vieja por dentro, con cicatrices, destrozada, pero su rostro y su cuerpo seguían siendo jóvenes. No se reconocía a si misma en aquel reflejo. Ojalá estuviera drogada, eso lo haría todo más fácil, de colores hermosos. Pero no tengo nada que meterme y todo es gris y sucio.

Tenía que salir de allí, dejar atrás aquella maldita mierda en que vivía, que la ahogaba y consumía casa instante de su vida. Fuera llovía y parecía como si el cielo se mease sobre ellos, los pobres, los miserables, los olvidados. En el fondo no podía entender porqué Alex aún la quería, después de todos los problemas que le había causado, pero esta vez no iba a fallar, iba a mandar la droga a tomar por culo. Esta vez iba a dejarlo.

Salió de su propia casa como si fuera una criminal, a escondidas para que nadie la viera. En el bajo, la canción del último anuncio de Coke-Cool le indicó que la señora Bench seguía despierta, pero no tuvo valor para despedirse de ella, a pesar de lo buena que había sido con ella.

El pinchazo del mono era como el cerebro a punto de estallar, los pulmones oprimidos y sentía ganas de trepar por las paredes de vomitar en aquel mundo de mierda en el que vivía. Si solo tuviera una dosis que meterse… pero lo había prometido… ¿solo una dosis más?