jueves, noviembre 15, 2007

C108-Mantis 00: 36

Fiebre. El espíritu vagabundo tenía razón. No importaba que el cuerpo que animaba estuviese hecho de harapos y periódicos viejos, eso sólo era una máscara. Y estaba en lo cierto. La piel de Perro ardía y estaba cubierta por una capa de sudor agrio. Su respiración raspaba su garganta como si el propio aliento se arrastrase cansado. Su piel morena se había vuelto de color cetrino pero no era ni la mitad de preocupante que sus ojos inyectados de sangre cuando levantabas sus párpados.

Miró al Gato, encaramado sobre una silla y envuelto en ropas demasiado grandes para él. Abrazaba sus rodillas mientras miraba fijamente el cuerpo dormido de Ezequiel. Había insistido en arrastrarlo hasta la cama y prácticamente le había bufado cuando había sugerido esposarle. Se resistía a aceptar que le habían perdido. Una hora era demasiado tiempo, los dos lo sabían.

El espíritu abandonó su cáscara dejando un montón de ropas sucias y húmedas sobre el suelo de la habitación. Una mancha más en la moqueta no se notará, la sangre nunca desaparece del todo. Y ni siquiera otras manchas más recientes podían ocultar la primera de ellas, la que había empezado todo. No mientras quedase el recuerdo.

El Gato y ella también tendrían que irse antes de que despertase. Dejar atrás el motel Sunsine y su cartel de neón que empezaba fallarle. Dejar atrás las grabaciones viejas y la cama doble de muelles viejos. Dejar el nido.

Acarició el filo irregular de su puñal. La hoja de quitina había saboreado la sangre de muchos hombres y sólo el recuerdo hacía que se estremeciese. Era una sensación a la vez terrible y excitante. Perro no despertaba ese deseo. Matarle solo sería el precio para no abandonar el nido. Su cuerpo no serviría de larva ni su carne de alimento. Y rompería el pacto con Serpiente.

Mantis se revolvió incómoda junto a la puerta del motel y miró la carretera apenas transitada por la que se llegaba al motel, pasaba demasiado cerca del vertedero. Antes eso no había sido un problema, no es como si quisiera visitas en el nido y sólo advertía el olor cuando el viento soplaba desde allí. Ahora lo impregnaba todo. Era como si la basura del vertedero se arrastrase hacia ellos.

Tenía que convencer al Gato para dejar a Ezequiel. Pero si se acercaba a él, no sabía si sacaría las uñas o si se apartaría de un salto. No le importaban los arañazos, fueran el resultado de una noche de pasión o de pelea no eran sino trofeos. Si corría sería presa fácil, no suya, de los tóxicos. No, Gato no alcanzaría el otro lado del vertedero con vida sin ayuda.

Ezequiel se agitó sobre el colchón y los muelles protestaron. Murmuraba algo incomprensible que recordaba más a un gruñido que a palabras. El Gato se inclinó sobre él para intentar entender lo que decía, sentándose tan al borde de la silla que pensó que iba a caer. Y entonces Perro se levantó y le golpeó con todas sus fuerzas. Sus ojos se habían vuelto rojo sangre y las pupilas dilatas hacían que el iris apenas fuese visible.

Mantis maldijo para sus adentros, tenía que haber dejado el nido como le había recomendado el espíritu vagabundo. Se puso en guardia sosteniendo el puñal de quitina de forma que apuntase al cuello de Perro. Gato estaba en el suelo y antes de que pudiera levantarse Ezequiel se le había echado encima. Maldijo de nuevo, esta vez de forma audible y eso pareció atraer la atención del perro rabioso en que se había convertido.

Saltó sobre ella y apenas tuvo tiempo de apartarse. Hacía un instante su cuerpo había estado débil y exhausto sobre el colchón. ¿Qué le daba la fuerza ahora? ¿Qué le impulsaba? Retrocedió hacia el aparcamiento sin perderle de vista.

Ezequiel aulló y se echó encima de ella. Sus dedos arañaban el aire, cada vez más cerca suyo mientras ella intentaba esquivar. Hasta que rasgaron su mono de cuero y probaron su carne, tan afilados como su propio puñal. Su estómago ardía ahí donde la había herido.

En un acto reflejo extendió el brazo y sintió como su puñal se clavaba. Instinto. No estaba acostumbrada a luchar a la defensiva y su cuerpo había retomado el ataque como por voluntad propia. Sintió la excitación en la boca del estómago mientras asestaba tajos precisos en el pecho de Ezequiel.

- ¿Pero qué hacéis? ¡Dejad de pelear! – El Gato intentó meterse entre ellos para detener su duelo.

Mantis frenó su puñal, Perro no detuvo su ataque y sus dedos convertidos en garras destrozaron la espalda de Gato haciendo que cayese al suelo. Pero aquel breve instante le permitió mirar al rostro enajenado de Perro. No era su presa, no se sentía atraída por él, no debería estar excitada. Pero lo estaba. Algo no iba bien.

Invocó a los espíritus mantis para ganar tiempo. Tenía que empujarle hacia la habitación del motel, alejarle del Gato. Aunque no sabía qué haría después. ¿Y si se veía forzada a matarle? ¿Lo entendería Serpiente?

Pero Ezequiel se movía como si no le importase morir, como si los cortes apenas le afectasen. Mantis decidió cambiar de táctica y reculó para intentar atraerle hacia la habitación. Sus espíritus danzaban recibiendo los golpes que tendría que haber recibido ella. No aguantarían mucho, peor aún, podía sentir como se corrompían. Pronto cambiarían de bando.

Detrás de Ezequiel Gato se levantó tambaleándose. Mantis tomó una decisión rápida y le lanzó las llaves de su coche. Decían que los gatos tienen varias vidas, no importa tanto si pierde una atravesando el vertedero.

- Sal de aquí, busca a Serpiente.

Ezequiel se giró, pero no estaba dispuesta a dejarle ir y aprovechó para empujarle hacia la habitación. Ezequiel cayó sobre la cama y el colchón terminó de ceder.

- Ahora estamos los dos solos.

Sonó lasciva, pero no se reconocía en su propia voz. No era su presa, no tendría que sentirse excitada. Es el espíritu tóxico, comprendió de pronto. Era como las manchas de sangre en la moqueta y ella nunca había conseguido quitarlas del todo.

Ezequiel se levantó. Había perdido sangre, se debilitaba. Mantis danzó a su alrededor, tenía que cansarle. Pero le costaba concentrarse. Sentía calor emanando de su vientre.

Perro aprovechó para atacar y sus garras destrozaron uno de sus espíritus mantis. Podía estar débil pero aún era una amenaza. Saltó sobre la cama para evitar un nuevo ataque y luego siguió esquivando mientras se preguntaba por cuanto tiempo podría mantener esa situación. Cada vez sentía más calor y sudores, tenía la fiebre. El espíritu vagabundo tenía razón, se extiende, se alimenta. Entonces, como si pensar en él le hubiese invocado, las ropas viejas se enrollaron en los pies de Ezequiel haciendo que cayese. Perro se revolvió, pero sólo consiguió enredarse aún más en las ropas, hasta que estas le envolvieron por completo, como una mortaja.

Bendito espíritu. Aprovechó para recuperar el aliento e intentar calmarse.

- No es mi presa. Ni siquiera le gustan las mujeres. - Decirlo en voz alta la ayudó, era como si desafiase a la fiebre a contradecirla.

Miro a Ezequiel envuelto en ropas sucias y papeles de periódico viejo. En un impulso le agarró y le arrastró de nuevo a la cama. Luego, se puso encima de él, sujetó sus muñecas y le esposó. Tenía a Perro indefenso y esposado a una cama. Mantis esbozó una sonrisa burlona y se inclinó para besar su mejilla. Había recuperado el control y ya no sentía ni excitación ni deseo.

- Da gracias de no ser mi tipo. – susurró a su oído

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