jueves, noviembre 15, 2007

C91-Doctora Verónica Milles, 22:40

Los sensores de movimiento se habían vuelto locos y la pantalla hacía cosas raras. Pero ya era tarde para subirle la tarifa al orco. No otra vez. Y eso dejaba a Verónica en la desagradable posición de seguir a ciegas o buscarse otra pista.

Se recostó en el asiendo del conductor y luego desconectó los sensores. De todos modos no servían para nada, una vez habían cesado los disparos el edificio volvía a estar en calma. Y sus inquilinos o bien estaban ausentes o estaban acostumbrados a los disparos porque nadie había salido a mirar. Cogió frustrada los prismáticos y enfocó las ventanas del apartamento, intentando adivinar algún movimiento entre las rendijas de las persianas.

Nada. En eso coincidía con los sensores, ahí arriba no había nada. Pero algo había matado a los dos yonkis. Magia, siempre complicaba las cosas, pensó Verónica. Arrancó el coche pero no llegó a soltar las llaves. Alguien había encendido las luces del portal. Apagó de nuevo el motor y esperó.

Era una elfa rubia vestida de rosa. Las mechas, el bolso y los zapatos también rosas dejaban pocas dudas sobre su identidad: era la hermana prostituta. ¿Pero qué hacía allí? Por su pelo y sus ropas revueltas supuso que venía de visitar a un cliente... o de pagar un favor.

Seguirla por las calles mal iluminadas y casi vacías resultaba sencillo. Bastaba con seguir el repiqueteo de los tacones de aguja sobre el asfalto. Carreras cortas seguidas de pausas por unos segundos para recuperar el aliento. No llevaba los mejores zapatos para correr, aunque tenía que reconocer que eran bonitos. Piel rosa, tacón alto y adornos de flores, corazones y estrellas en dorado. Sin duda eran imitación de Prada, una prostituta no habría podido pagar los originales, pero eran una imitación buena, casi no podía notar la diferencia.

La elfa no se volvió a mirar ni una sola vez, pero por si acaso conducía despacio y sin luces. Recorrieron varias manzanas. Las carreras de la elfa se habían vuelto más cortas y los descansos más largos, pero empezaba a verse más actividad. Varias prostitutas se exhibían medio desnudas sobre la acera, otras se habían reunido en un corrillo y hablaban animadamente mientras que otras se abalanzaban sobre varios coches que conducían lentamente.

Escuchó unos golpecitos en la ventana de cristal tintado de su coche. Una prostituta morena intentaba llamar su atención mostrándole unos pechos grandes y algo caídos. Verónica miró con asco la horrible minifalda naranja, ¡naranja!, y las botas blancas que llevaba. Era una suerte que no pudieran verla a ella y el desprecio que le producían. La cirugía podría arreglar sus tetas, pero nada podría arreglar su pésimo gusto, pensó.

La elfa ya no corría, caminaba con la confianza de la familiaridad, ignorando las llamadas que le hacían desde los coches. Verónica intentó seguirla, pero las otras prostitutas se interponían delante de su coche frenando su avance. Comenzó a alejarse, una mancha rosa rodeada de colores chillones.

La gorda de la minifalda naranja seguía pegada a su cristal oscuro y empezó a considerar los inconvenientes de bajar la ventanilla y clavarle una jeringa con arsénico. Realmente no entendía porque las teorías eugenésicas tenían tantos detractores. Por suerte, otra prostituta la apartó de su ventanilla y empezaron a discutir entre ellas.

Aprovechó para avanzar y dejarlas atrás, pero había perdido de vista a la elfa. Buscó desesperada algo de color rosa en aquel caos de carne y colores fuertes que rodeaba la procesión de coches justo a tiempo de ver una pierna y un zapato de tacón rosa con adornos dorados meterse en una limusina negra. Verónica maldijo mientras intentaba escaparse de las putas más insistentes que le bloqueaban el paso.

Consiguió salir de la calle justo a tiempo de ver como la limusina se alejaba por la calle hacia la incorporación de la autopista. Siguió a la limusina con las luces aún apagadas hasta un barrio industrial de las afueras.

Era una de esas zonas en las que no había nada abierto por la noche. Sólo almacenes y fábricas silenciosas. Excepto un cartel luminoso con un dragón oriental sobre los típicos símbolos orientales en rojo. La limusina paró justo delante.

Verónica detuvo también su coche y sacó los prismáticos. Un hombre vestido en chándal abrió la puerta de la limusina y de ella salió un hombre oriental vestido con un traje de chaqueta. El hombre ayudó a salir a la elfa y los dos entraron en el edificio.

Verónica conectó los sensores de movimiento pero sólo captó interferencias. Intentó recalibrar el aparato sin éxito, debían de tener un buen sistema de contravigilancia. ¿Dónde diablos se había metido?

Otra vez escuchó golpecitos en la ventana, pero esta vez no era ninguna prostituta molesta. Al otro lado del cristal tintado había un orco en chándal con una bolsa de deporte en una mano y una pistola de calibre pesado en la otra. El orco le hizo un gesto con la pistola para que saliese. Verónica abrió la puerta y cogió el bolso, la jeringuilla con arsénico seguía allí pero no quería arriesgarse a que el orco disparase primero.

- Será mejor que me acompañe señorita.

Para ser orco su pronunciación era bastante aceptable pero se notaba las dificultades que le producían sus colmillos. Verónica tuvo que morderse la lengua para no hacer comentarios sobre la cirugía maxilar y le siguió hasta la puerta bajo el cartel del dragón.

Nada más entrar, con el orco aún apuntándole con su pistola, vio un ring donde dos hombres, uno humano y otro orco, estaban peleando sin guantes. Parecía que valía todo, puñetazos, patadas y cualquier maniobra que pudiera herir, incluidos estrangulamientos. A su alrededor había docenas de personas contemplando el combate y con papeles en las manos. Sobre el ring, el humano había caído pero el orco seguía dándole patadas sin que el árbitro hiciese nada por detenerlo. El público comenzó a gritar animando al orco. Así que era eso, peleas ilegales.

- Escucha cielo, me gustaría hacer una apuesta. - El orco la miró con desconfianza pero no se inmutó.

- Seguro señorita, en cuanto comprobemos que no es poli.

- Naturalmente cielo, naturalmente.

Verónica sonrió confiada, si jugaba bien sus cartas no le costaría saber qué hacía la elfa allí. Y si sólo estaba allí por un trabajo siempre podía seguirla más tarde. Además, aquel lugar era una oportunidad de negocio, después de todo, dudaba que allí se practicase el antidopping…

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