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jueves, noviembre 15, 2007

C106-Ezequiel 24: 12

El toque marchito y corrupto del elemental tóxico se extendía por sus venas con cada latido de su corazón. La imagen del perro muerto animado por uno de los espíritus tóxicos volvía una y otra vez a su mente, la piel sarnosa colgando de sus costillas que se hacían visibles ahí dónde las ratas habían arrancado la carne. Un mal presagio que había decidido ignorar y ahora pagaba el precio.

Pero ya era tarde para lamentarse, tarde para salvarse o, de hecho, para avisar a Neko y Mantis. Eso era lo que pretendía Oso… o lo que quedaba de él. El veneno que ahora también corría por sus venas había consumido al antaño orondo shamán hasta convertirlo en una parodia de su anterior ser, una marioneta del elemental tóxico. Su pelaje, antes abundante y fuerte, ahora estaba deslucido dejando a la vista calvas de piel blanda bajo la que se movían los gusanos que horadaban su carne. No era una vista agradable para quién recordaba la sonrisa de aquel hombretón.

Había sido imprudente por su parte adentrarse sólo en aquel domino. Demasiado tarde, se daba cuenta de que la muerte de los shamanes tóxicos no hacía sino sumarse a los otros sacrificios. Sólo ahora comprendía que ninguno de ellos, ni el que se había adentrado en el dominio de Mantis, ni el hombre de las cicatrices negras, ni siquiera las gemelas, habían sido tóxicos antes.

Ahora su sangre se sumaba a la del resto, empapando la basura que se apilaba en montañas que en el mundo espiritual tenían vida propia. Allí estaban el oso de peluche destripado y el perro muerto, rodeados por la manifestación del fracaso humano. Ghost siempre decía que tenía tendencia a ponerse melodramático. Esta vez probablemente podía permitírselo, aún con sus venas ardiendo por el veneno consiguió esbozar una sonrisa irónica. Oso gruño mostrando unos colmillos rotos.

- No le importas, estás solo.

Rió. Sonaba hueco, forzado. Risas enlatadas, eso es todo lo que quedaba. Lo que de verdad le horrorizaba era que Oso, su amigo, seguía vivo. Y usaba lo que sabía de él para herirle. Pero tenía razón, Ghost le había dejado y no iba a volver, prefería a Zephyr y sus secretos. La muy zorra se lo había quitado de las manos justo bajo su hocico. Si salía de aquello se aseguraría de hacerla pagar… Oso sonrió dejando a la vista los colmillos partidos. Ezequiel apartó la mirada avergonzado, aquellos no eran sus pensamientos ¿O si?

- Empiezas a entenderlo. Deja que salga, la corrupción siempre ha estado en ti. Perro tiene dientes, garras, ¿con quién quieres usarlas?

La imagen de Mantis se agarró con fuerza en su cabeza. Podía verla delante suyo, arrogante y amenazadora con su mono de piel pegado al cuerpo. Estaba seguro de que mataría a Neko. Gruñó al imaginársela desnuda sobre él y cómo trazaba cortes sobre su piel pálida con el puñal de quitina.

- Si te das prisa podrías llegar al postre.

De nuevo la risa de lata que le devolvió a la realidad. No era Oso y no era él mismo. Era la corrupción, tenía que ser eso. Lo suyo con Ghost estaba acabado, no culpaba a Zephyr, no… ¿No? ¿Y Mantis? ¿De verdad no quería escuchar el chasquido de sus huesos bajo sus mandíbulas? Su corazón se aceleró, el veneno invadía su cuerpo y pronto estaría infectado por los mismos gusanos que el de Oso.

- La enfermedad se manifiesta de forma diferente en cada uno. Creeré yo sé de eso.

La sonrisa partida de Oso resurgió como una parodia de su ser anterior, el sanador. Eso le había hecho correr hasta él al verle en la distancia, esperando que él pudiera curar sus heridas. De no haber estado tan débil tal vez podría haber intentado luchar cuando vio la marca de la corrupción infectar su forma espiritual. No había tenido ninguna oportunidad, Oso le había agarrado por el cuello y hundido sus colmillos rotos en su hombro.

- Yo creo que tendrás la rabia

Entonces recordó a las gemelas. Ellas no estaban enfermas, la corrupción había adoptado otra forma, se alimentaba de su dependencia. Igual que el veneno que le recorría ganaba fuerza con su ira. Su respiración era difícil, se sentía derrotado ¿Pero acaso no había conseguido librarse una de las gemelas?

- Sigue luchando, pero pronto se la comerán las ratas.

Risas enlatadas… tan, tan débil… Más risas. ¿Por qué nadie le ayudaba? Le había traicionado, Neko y la puta psicópata de Mantis. Seguro que estaban follando en aquel motel abandonado mientras él se estaba muriendo. Se merecía que Mantis se lo comiera, por dejarlo ahí. Y él se la comería a ella, masticaría sus huesos y el resto los enterraría profundos en el vertedero. Ya no se sentía débil, la rabia le daba fuerzas.

C101-Ezequiel, 23: 12

El alambre de espino trepaba por su pierna izquierda. Podía sentir sus puntas clavarse a través de los pantalones de piel, buscar su sangre. Había cometido un error. Cuando las gemelas se le habían echado encima había estado más preocupado de mantenerse lejos del alcance de las manos grandes y deformes de la gemela monstruosa y de bloquear la magia de la otra. Por eso no se había dado cuenta de que el alambre era una extensión de su voluntad.

Parecía que, después de todo, la gemela que colgaba de la espalda de la otra como una muñeca, lo hacía por elección propia. Puede que el alambre de espino no fuera sino la manifestación subconsciente de cómo veía su relación con su hermana. Y eso era precisamente lo que complicaba las cosas, porque parte de él se preguntaba si resolviendo sus conflictos internos podrían llegar a salvarse.

Estaba acorralado contra una de las pilas de coches oxidados. La sangre de uno de los cadáveres colgados goteo sobre su cuello y resbaló por su espalda. Levantó la cabeza para mirar y, en ese momento, se le echaron encima. Un nuevo hilo de alambre se enrollo alrededor de su otra pierna y la gemela monstruosa le golpeó con sus manos como garras. Su mero tacto le produjo un dolor intenso que recorrió toda su espina, estaba usando magia.

Mientras la otra gemela había generado muchos más hilos de alambre. Bloqueó con su tomahawk unas hebras de alambre que intentaban enrollarse alrededor de su brazo. El alambre se enrolló en el mango del tomahawk en lugar de su brazo. Ezequiel dio un tirón fuerte haciendo que las gemelas se desequilibrasen y cayeran al suelo. Pero su pierna seguía enredada en el alambre.

Levantó el tomahawk sobre su cabeza dispuesto a descargarlo sobre el cráneo malformado de la gemela monstruosa pero detuvo su mano. Sus ojos marrón claro estaban llenos de dolor, angustia y odio, pero eran completamente humanos.

- Aquí no tenéis que estar unidas.

Su voz sonó humana pese a su cabeza canina. Esperaba que al menos se dignasen a escucharle pero la única respuesta que recibió fue la risa cruel de la gemela que colgaba como una muñeca. La gemela monstruosa no dijo nada, el alambre de espino la abrazó con más fuerza y subió por su cara hasta cubrir su boca. El alambre que sujetaba a Ezequiel se soltó y también se enrolló con fuerza alrededor de la gemela monstruosa.

- ¿Crees que voy a dejarla ir? Eres un estúpido, esta atada a mí. Aquí y fuera.

Al escuchar la voz chirriante de la gemela que colgaba como una muñera y sentir, más que ver, el vacío de sus ojos, Ezequiel sintió compasión por la gemela monstruosa. Los ojos marrón claro de la gemela monstruosa reflejaron su angustia, aquel era el único modo en que podía gritar.

- Puedes liberarte.

Dijo mirándola a los ojos. Pero sólo palabras no era suficiente. ¿Por qué iba a creerle? Apoyó lo que había dicho invocando el poder de su tomahawk para intentar liberarla del alambre de espino.

Ahora lo entendía, una gemela dependía de la otra físicamente, pero era la gemela “normal” la que dependía de la otra emocionalmente. Eso era lo que simbolizaban sus formas espirituales y, por eso, no quería dejarla ir.

Como siempre las ataduras mentales eran más difíciles de romper que las físicas. Por cada alambre que Ezequiel conseguía quitar, varios más ocupaban su lugar, cortando y hundiéndose en la carne de la gemela monstruosa. Las manos y los dedos de Ezequiel también sangraban, pero siguió intentando arrancar el alambre, ciego a que cada vez había más alambre rodeando el cuerpo monstruoso de la gemela deforme. Y también más sangre. Hasta que al final estuvo completamente envuelta en lo que parecía una vaina de espinas metálicas. O una mortaja que sólo permitía vez sus horrorizados ojos marrón claro.

Colgando de ella como lo haría una marioneta, la otra gemela sonreía sin importarle que el alambre también estuviese cortándola a ella por las muñecas, el cuello y la cintura.

- Es mía.

Su voz era posesiva y rezumaba odio mientras los alambres se movían sobre su hermana cerrándose más y más sobre su presa. El tomahawk cayó de las manos ensangrentadas de Ezequiel. Ya no tenía fuerzas para sostenerlo. No era capaz de liberarla. Demasiado tarde, comprendió que había sido una locura intentar hacerlo. Cayó de rodillas frente a la gemela monstruosa y buscó sus ojos en una muda disculpa por su fracaso, por no ser suficientemente fuerte. Por un segundo ella le devolvió la mirada, una mirada sin odio, solo dolor. Y luego también sus ojos quedaron cubiertos por el alambre de espino.

La gemela de cuerpo de muñeca se giró para encararse a Ezequiel y, pese a su aspecto frágil, le golpeó salvajemente. El odio y la rabia eran palpables. Ezequiel se preparó para el golpe de gracia. Entonces se desplomó en el suelo, como una marioneta a la que han cortado las cuerdas. El rollo de alambre de espino había quedado vacío y el alambre por sí solo no era bastante para sostenerla.

- ¡No! ¡No puedes hacerme esto! – gritó con su voz chirriante.

Ezequiel esbozó una sonrisa perruna, la otra gemela había regresado al mundo material. Y aunque allí aún estaría unida irremisiblemente a su hermana, aquel acto de desafío era el primer paso para liberarse. Y no pensaba desaprovechar la oportunidad que acababa de darle. Antes de que su hermana se recuperase de la sorpresa, recuperó su tomahawk y lo descargó con todas sus fuerzas sobre su pecho destrozando su caja torácica.

Ella aún estaba intentando asimilar la traición de su hermana y ni siquiera se defendió. Se quedó tirada allí, como una marioneta rota, mientras Ezequiel la golpeaba. Hasta que lo único que quedó de ella fue un rollo de alambre de espino ensangrentado.

C99-Ezequiel, 23:10

Ezequiel arrugó el hocico, el olor a sangre era tan intenso que ni siquiera el hedor del vertedero podía enmascararlo. Levantó las orejas negras, lo único que escuchó era el sonido lejano del tráfico y un goteo constante que supuso sería de alguna tubería rota.

Caminó encogido entre los montones de basura, electrodomésticos rotos, juguetes viejos, papeles, plásticos, comida podrida… todo lo que la ciudad había descartado se acumulaba allí.

Llegó hasta una parte en la que se acumulaban los restos de coches viejos que ya no eran aprovechables. Montañas de ruedas rajadas, piezas rotas y carcasas oxidadas apiladas hasta formar un muro. El olor a sangre se había intensificado hasta recordar al de un matadero. El origen del olor debía estar justo detrás de los coches. La herrumbre de los coches le recordó la sangre seca.

Se detuvo un segundo, temía lo que pudiese encontrar. Despacio, cuidando de no hacer un ruido que delatase su presencia, rodeó las carcasas de los coches hasta encontrar una zona despejada entre la basura. Los coches amontonados unos sobre otros formaban un círculo. Y en el centro de aquella matanza había un hombre desnudo lleno de cicatrices por todo el cuerpo. Las cicatrices estaban recubiertas por una costra negra, infectada. Su rostro parecía en carne viva, como si se hubiese arrancado la piel y le faltaba la mitad del cráneo, pero eso debía ser sólo en el mundo espiritual, en el real debía tener un implante. El hombre estaba bañado en sangre. Pero la sangre no era suya la sangre provenía de cinco cadáveres colgados boca abajo, de forma que se desangrasen. Igual que un matadero. De uno de ellos goteaba sangre, era el mismo sonido que había confundido con una tubería rota.

Enseñó los colmillos blancos y afilados en un gesto instintivo, reprimiendo apenas un gruñido rabioso. Fue rápido, no quería darle tiempo a reaccionar. Su mano izquierda rozó las cuerdas del atrapasueños, más por costumbre que por necesidad. Sintió la inyección de energía, como si un rayo le hubiese golpeado. Entonces atacó, veloz, implacable. Sus colmillos se hundieron en el cuello desprotegido del hombre mientras le sujetaba por la espalda. Le sintió revolverse, intentando librarse sin éxito de su presa. Clavó aún más los colmillos, aún cuando eso hizo que su boca se llenase de aquella sangre podrida. Reprimió las náuseas. La sangre oscura y fétida chorreó por su morro y su garganta.

Entonces su cuerpo empezó a desvanecerse entre sus brazos. Incluso la sangre, oscura y densa, desapareció dejándole solo un regusto agrio. Intentaba escapar regresando al mundo material. Ezequiel maldijo. No es que le preocupase que regresara al mundo material porque pudiese escapar, pero podía dar la alarma a los otros shamanes.

- Quedan cuatro

Las palabras de Mantis resonaron en su mente mientras usaba las cicatrices negras que eran su foco como Nexo para seguirle al mundo material. Mientras no se quitase la máscara shamanica sería vulnerable al mundo espiritual.

En el mundo material las víctimas no estaban colgadas, estaban metidas en bolsas de plástico ocultas dentro de maleteros oxidados. Pero gracias a los sentidos caninos que le proporcionaba su máscara espiritual podía oler la sangre y localizarlos de forma inequívoca. El shaman tóxico al que había mordido estaba sentado sobre el capó de uno de esos coches. Estaba vestido con un traje de oficina manchado de sangre y aceite. Las marcas de las cicatrices negras era sólo espirituales y producían un efecto extraño superpuestas sobre la ropa. A juzgar por su barba de tres días y el conector en su sien, debía ser un despertado reciente. Puede incluso que hubiese iniciado el camino con la creación del elemental tóxico.

El hombre no estaba sólo. Junto a él había dos gemelas siamesas, unidas por la espalda. Una de ellas tenía un aspecto casi normal si se excluía sus ojos que estaban inyectados en sangre como los de alguien que tiene resaca o no ha dormido. La otra tenían los miembros atrofiados y colgaba de la otra como podría haberlo hecho un niño grande. Su aspecto recordaba al de un feto, aún a medio formar. Ambas llevaban idénticos vestidos blancos que recordaban al de una muñeca. Aquella parodia de la inocencia fue lo que encontró más desagradable.

El shaman de las cicatrices negras se llevó las manos a su garganta como si así pudiese recuperar el daño causado a su forma espiritual. Las dos gemelas chillaron al unísono taladrando su oído sensible.

Aprovechó que en su forma espiritual era más veloz para echarse encima del shaman de las cicatrices y rematarle con un codazo que destrozó la parte de cráneo que no había sido consumida por el conector. Implantes, pensó Ezequiel con desprecio mientras su forma espiritual se desplomaba, sólo te debilitan.

Mientras las dos gemelas habían puesto sus ojos en blanco, como si estuviesen poseídas, y sus cuerpos se habían desplomado sobre el suelo como muertas. El combate con ellas sería en el mundo espiritual y Ezequiel no era tan ingenuo como para pensar que allí estarían tan impedidas como en el mundo material.

Cruzó de nuevo la barrera entre los mundos para encontrarse a las gemelas justo delante suyo. Si en el mundo material su aspecto era desagradable, en el mundo espiritual era grotesco. Sus formas espirituales estaban sujetas por alambre de espino que se clavaba en su piel. Los vestidos blancos estaban manchados por la sangre de los múltiples cortes. Allí la gemela deforme era mucho más grande y era la que sostenía a la otra que, en comparación, parecía una muñeca de porcelana rota a la que habían arrancado los ojos. Las dos le dedicaron idénticas sonrisas crueles justo antes de saltar sobre él…

C95- Ezequiel, 23:04

Los espíritus del vertedero habían acudido a la llamada de la cábala tóxica envolviéndo sus formas no corpóreas con la basura que los rodeaba. Carcasas de restos de comida pútridos, juguetes rotos, electrodomésticos estropeados y envases de colores deslucidos que se erguían para adoptar formas vagamente humanas en los lindes del dominio a la espera de que alguien los traspasase.

Pero el círculo que los cercaba se había roto cuando uno de los shamanes tóxicos había cometido el error de irrumpir en la habitación del motel Sunsine que Mantis había reclamado como suya. Ahora su cuerpo debía yacer comatoso en algún lugar del vertedero mientras su forma astral, su espíritu, era devorado por los guerreros de la colmena. Apenas quedaba el torso que Mantis había atravesado con su daga quitinosa y pronto los voraces espíritus mantis habrían acabado con todo. La shaman giró la hoja de su daga y mostro sus dientes en una expresión feroz que hizo que Neko se echase hacia atrás.

- Quedan cuatro.

El filo de la daga reflejaba la luz mortecina del viejo cartel del Motel. La mayoría de los neones estaban gastados y nadie se había tomado la molestia de reponerlos, pero aún se podía leer el nombre de Sunsine. Ezequiel imaginó que era Mantis quien había conseguido la energía para encenderlo.

- Y sus espíritus. - Añadió el gato en un intento vano de recuperar el terreno perdido.

Pero cualquiera que prestase atención al lenguaje corporal se habría dado cuenta de cómo el gato se encogía dentro de su cazadora y cómo evitaba mirar a Mantis a los ojos escondiéndose tras la gorra de Beisbol. En comparación, la shaman tenía una postura agresiva, los músculos tensos perfectamente delineados bajo el mono de cuero y los pies firmemente plantados en el suelo. A punto de atacar.

- Si acabas con la cábala los espíritus se desvaneceran al amanecer.

Mantis lanzó un tajo a un enemigo imaginario. El movimiento salió con la naturalidad de quien lo ha repetido cientos de veces y Ezequiel no pudo evitar pensar en cuantas vidas se habría cobrado ese puñal. Ezequiel se colocó junto a Neko, una cabeza más alto y mucho más musculoso.

- Salvo pactos - corrigió

- Salvo pactos - repitió Mantis.

Por un momento intercambiaron una mirada conocedora y se hizo un silencio incómodo. Ambos sabían lo que eso podía suponer y sólo Neko, algo ruborizado bajo su gorra se atrevió a romper el silencio.

- ¿Y qué pasa si hay pacto?

Neko había cruzado los brazos frente a él y adoptó una expresión descarada. Ezequiel meneó la cabeza ante la aparente ignorancia de Neko ¿Realmente no sabía nada de pactos? Ezequiel se quitó el sombrero de vaquero y se peinó el pelo castaño hacia atrás. Se sentía viejo.

- Que estaríamos jodidos.

- Vamos, no es para tanto - espetó Mantis - Con un poco de suerte son tan pringados como el Gato.

Mantis se rió de su propia broma pero esta vez en su tono de voz y en su postura había menos seguridad que antes. Neko agachó la cabeza y se colocó la ropa visiblemente incómodo. Ezequiel reprimió el impulso de pasar su brazo por los hombros del gato y en su lugar respondió a Mantis.

- Salvo que al elemental tóxico le interese, no lo olvides.

Mantis miró su daga sopesandola, como si considerase la posibilidad de tener que enfrentarse a él. La luz mortecina del cartel proyectaba sombras dando a la vieja habitación del motel un aspecto melancólico. En la penumbra, los muebles de otra época no se veían tan gastados por el tiempo. En otras circunstancias se habría permitido la indulgencia de imaginar la gente que había usado esa habitación y cómo eran sus vidas. Pero ahora no, incluso si el sonido irritante a radio distorsionada o de risas enlatadas, era imposible olvidarse de la presencia de los espíritus tóxicos... y sus invocadores.

- Basta de cháchara, tenemos que aprovechar la sorpresa antes de que se den cuenta de su muerte. - dijo señalando la figura astral casi consumida.

- Lástima no poder disfrutarlo más - Mantis hizo un mohín - Pero tienes razón, nos esperan cuantro víctimas.

- ¿Y si no son hombres? - Neko intentaba provocar a Mantis.

Su actitud desafiante no era sabia, aun cuando fuese típica de Gato. Mantis le miró acariciando el mango de su puñal. Ezequiel se sintió en la obligación de ayudarle un poco. Cruzando los brazos se colocó entre él y Mantis. Por un momento llegó a temer que la shamán fuese a saltar sobre él para apuñalarle, pero apenas fue un segundo antes de que Mantis recuperase la calma.

- Entonces te las dejaré a tí.

- Qué amable - gruño Neko.

Ezequiel suspiró sintiéndose como un padre teniendo que mediar entre hermanos que no se soportan. En momento como aquel echaba de menos a Ghost. Sabía como reírse de estas cosas y le hacía sentir más joven. Aunque nunca había compartido el modo salvaje en que se abandonaba a las fiestas desenfrenadas hasta caer agotado. En el fondo sabía que aquel era su modo de huir de todo, solo Ezequiel no podía rechazar quién era para acompañarle en esa huída. Y Zephyr tampoco lo haría. Pero de nada servía pensar en eso ahora.

Devolvió su atención al vertedero donde uno de los espíritus animaba los restos más allá del remiendo de un oso de peluche. Aquel oso del color marrón indefinido que da la suciedad era el origen de la risa irritante que no dejaba de repetirse. ¿A quién se le ocurriría meter risas enlatadas en los osos de peluche? Probablemente al mismo imbécil que había creado escopetas de agua a presión que el mismo espíritu había llenado con un líquido aceitoso y oscuro. Ezequiel se cubrió tras el marco de la ventana, el líquido despedía un olor intenso a disolvente. Echo un vistazo rápido y volvió a ocultarse. Pese a su aspecto burlón, podía sentir que aquel espíritu era mucho más poderoso que el que animaba la maraña de cables o el que había alzado los restos de parcialmente devorados por las ratas de un perro muerto.

- ¿Pedes entretener a los dos espíritus menores? - susurró a Neko

El Gato asintió y desplegó frente a él una baraja de cartas. Ezequiel contuvo un gesto de desaprobación, usar los naipes como foco era una moda reciente, se estaban perdiendo las tradiciones. Claro que debía reconocer que era más sencillo que la voluntad pura y más discreto que el baile o los cánticos.

- ¿Quieres que me encargue del osito? - ofreció Mantis que se había cercado mucho más de lo que Ezequiel consideraba cómodo.

Dudó un momento antes de aceptar. Sabía que era el más preparado para adentrarse en el dominio de la cábala Toxica pero no le hacía gracia la idea de dejar su cuerpo abandonado en aquella vieja habitación de motel y al cuidado de Mantis. Miro a Neko y luego a la shamán.

- No te preocupes, no te voy a comer.

Bromeó Mantis, claro que en su caso no era tan descabellado.

- Si, solo después de sexo. - murmuró Ezequiel entre dientes.

Mantis sonrió de una forma nada tranquilizadora. Ezequiel miro hacia el vertedero, esperaba no tener que arrepentirse de lo que iba a hacer. Con una última mirada significativa a Neko, Ezequiel abandonó su cuerpo.

C88-Ezequiel, 22: 30

Un cartel roto junto a la carretera indicaba el desvío para llegar al motel. Era un edificio gris de una planta cuyas habitaciones daban directamente al aparcamiento. Pese a estar abandonado, sorprendía la ausencia de pintadas o de ocupas en las habitaciones aunque probablemente se debía al vertedero que habían montado justo detrás de él.

Aparcó junto a un coche verde manzana que estaba frente a la habitación número cuatro. El resto del aparcamiento estaba vacío excepto por la carcasa oxidada de un coche al que había quitado todo lo que podía tener algún valor.

Ezequiel bajó de su camioneta blanco. Desde la habitación cuatro del Sunshine se escuchaba una música melancólica y el viento agitaba de forma caprichosa un precinto de policía roto. A Ezequiel la música le recordaba a la de una película antigua, de las de dos dimensiones, y casi podía imaginarse un disco en un gramófono.

Neko también bajó del coche. Se había cambiado de ropa. Su nueva ropa había costado mucho más de lo que era razonable y probablemente no le durase más de un par de inviernos. El shamán gato se había calado una gorra de béisbol como si temiese que alguien pudiera verle con unos simples vaqueros y una cazadora. Ezequiel no pudo evitar sonreír, no había nadie más allí para ver al chico de la gorra de béisbol y al vaquero de cazadora de cuero.

- ¿Qué pasa? – preguntó Neko con tono ligeramente irritado.

- Nada. – Ezequiel casi dejó escapar una risita.- Vamos dentro.

Ezequiel indicó con la cabeza la habitación cuatro, el precinto policial hondeaba como banderines a los lados de la puerta entreabierta y la música seguía sonando, casi como un lamento. Empujó la puerta, Neko le seguía muy cerca, mirando con dificultad por encima de su hombro.

- Saludos vaquero. – Mantis saludó desde la cama.

Estaba tumbada bocabajo, pintándose las uñas del mismo color verde intenso que su peluca. Sonrió de forma coqueta y paladeó exageradamente con sus pestañas postizas. Tenía las rodillas dobladas y de sus pies colgaban unos zapatos de tacón de aguja. No llevaba nada más. Ezequiel levantó una ceja negra. Detrás de él Neko se caló aún más la gorra.

- Saludos también a ti, gato. – Mantis sonrió y sopló el esmalte de sus uñas.

El shamán gato se escondió detrás de Ezequiel, se había ruborizado. La música antigua y melancólica tapó un silencio incómodo.

- ¿Vas a venir así o piensas vestirte? – el rostro moreno de Ezequiel no dejaba traslucir nada, pero no se sentía de humor para juegos y menos con una psicópata como Mantis.

- No tienes sentido del humor.

Mantis se levantó y se quitó los zapatos dejándolos alineados junto a la cama, luego atravesó la habitación hasta llegar a un tocador y se quitó la peluca. Bajo ella, tenía el pelo cobrizo recogido en un moño. A la peluca le siguieron las pestañas y las lentillas.

- Dame un momento y me pondré algo más… aceptable.

Ezequiel entró en la habitación y se tumbó en la cama cuan largo era, fingiendo ponerse cómodo. El somier protestó bajo su peso, aún cuando no estaba gordo. Sus ojos verdes vigilaban los movimientos de Mantis mientras sacaba algo de ropa de una maleta vieja.

Neko permaneció fuera de la habitación, justo al otro lado del umbral, fuera del dominio, y miraba receloso a Mantis bajo la visera de su gorra. Ella le había visto y hacía de vestirse un espectáculo, no sabía si destinado a ponerle nervioso o excitarle. O tal vez las dos cosas. Lo que era seguro era que con Ezequiel no iba a tener efecto. Pero Neko era otra historia, sus ojos rasgados seguían cada uno de los movimientos y poses sugerentes que Mantis hacía al ritmo de la música suave y triste.

- ¿Es necesario todo esto? – preguntó Ezequiel desde la cama.

Por un momento consideró la posibilidad de seguirle el juego y flirtear como hacía con las mujeres de su club que aún no sabían que no estaba interesado. Algunas decían que tenía una bonita sonrisa o sus ojos verdes no implantados y otras estaban más interesadas en el resto de su cuerpo. Ambas cosas eran buenas para el negocio. Mantis interrumpió su actuación y le miró mientras se abrochaba el sujetador.

- Es mi naturaleza depredadora. – Su sonrisa, todo dientes, no dejaba lugar a malinterpretar sus palabras.

Neko agachó la cabeza apartando la mirada y ocultándose tras la gorra. Mantis se rió y se enfundó un mono de motorista una talla menor de lo necesario y se puso unas botas de combate. Cuando terminó, miró al reflejo de Ezequiel en el espejo y le guió el ojo antes de sacar un cuchillo hecho con quitina cuya hoja era tan larga como su antebrazo.

- Estoy lista

Ezequiel se levantó impaciente, iba a responder con un comentario sarcástico cuando sintió nauseas y sus pulmones ardiendo. Neko se había encogido y se frotaba la piel como si quisiera arrancársela. Mantis también lo había notado y sus lágrimas dibujaban surcos negros de maquillaje por sus mejillas. La música se vio interrumpida por el sonido de interferencias y desde el vertedero le llegaba un hedor penetrante. Ezequiel vomitó sobre la moqueta raída de la habitación.

- Mierda, Zephyr ha fallado – dijo entre dientes.

Mantis se secó las lágrimas y acarició el filo del cuchillo. Había recuperado su sonrisa de maniquí bajo la que se ocultaba la depredadora.

- No la subestimes. La presa aún no ha escapado, la Serpiente puede invocarle.

Ezequiel consideró sus palabras mientras se limpiaba con un cleenex. Si el elemental no estaba atado por nadie, Zephyr podía usar el nombre para llamarle y destruirle cuando acudiese… si es que no la mataba antes. Pero Mantis parecía muy segura de sus palabras y se preguntó si su sonrisa exultante sería algo más que una máscara. Ezequiel tiró el cleenex y se acercó a Mantis.

- ¿Qué es lo que sabes? – Ezequiel la sujetó del brazo y entrecerró sus ojos verdes.

Mantis puso su mano sobre la de Ezequiel y le miró a los ojos sin dejar de sonreír.

- No es necesario, no voy a apartarme – Mantis se acercó más a él y se puso de puntillas para susurrar a su oído.

- Es un secreto, Zephyr guarda muchos secretos. – La voz de Mantis era seria, por una vez no había rastro de burla o provocación, pero no había dicho nada que él no supiera.

- Claro que guarda secretos, es Serpiente. - Mantis se rió – Si sabes algo dilo.

- Las paredes escuchan y no creo que ella apreciase que Él se entere.

Ezequiel soltó su brazo y se apartó, tenía la inquietante sensación de que algo se le escapaba. Neko entró en la habitación del motel tapándose la nariz con un pañuelo de tela, estaba sangrando. Fuera la peste del vertedero parecía haberse incrementado y la música recordaba al sonido que hace una pizarra cuando la arañan.

- ¿Qué cuchicheáis? – preguntó Neko con el pañuelo ensangrentado en la mano.

Ezequiel ignoró su pregunta. Mantis estaba mirando hacia la puerta con la mirada perdida más allá del aparcamiento y los dos coches, su mano acariciaba distraída el filo de su cuchillo.

- Pronto se harán también con este dominio.

- ¿De qué conoces a Zephyr? – soltó Ezequiel

Neko había sacado su pistola y se colocó junto a él. Mantis parpadeó un par de veces antes de volver a enfocar la vista.

- De qué me conoce ella a mí sería más apropiado. – Mantis parpadeó y miró de nuevo hacia la puerta

- ¿De qué te conoce? – Ezequiel sacó un tomahawk de su guardapolvos y se preparó.

- ¿Tiene que ver con sexo lésbico? – preguntó Neko.

Mantis ignoró el comentario, sus ojos seguían fijos en un punto más allá de la puerta.

- Si sobrevivimos tal vez os lo cuente.

C84-Ezequiel, 22: 13

El calor húmedo de la carnicería resultaba opresivo incluso después de purificar el dominio y apenas podía soportar el olor a matadero por lo que salir al aire fresco de la noche resultó liberador. Las luces mortecinas de la calle vacía mostraban sin misericordia la suciedad y el abandono de aquel pedazo de asfalto.

El viento arrastraba tras de sí papeles, bolsas de plástico y paquetes de tabaco arrugados. Neko se abrazó intentando entrar en calor. Lo que quedaba de su traje de chaqueta a rallas blancas y negras no ofrecía mucha protección, la sangre reseca y su delgadez le daban un aspecto aún más lastimoso y desamparado. Ezequiel gruñó para sus adentros, se quitó su guardapolvos marrón de piel y se lo ofreció. La camisa de franela a cuadros que llevaba tampoco ofrecía mucha protección contra el viento pero el frío le resultó estimulante.

Neko se puso el guardapolvos, era una prenda resistente y práctica, nada que ver con lo que solía vestir, que además le quedaba grande. Gato siempre solía preocuparse por su aspecto y, por un momento, esperó algún tipo de queja. Pero no llegó, simplemente permaneció frente a él con el cuello del guardapolvos subido hasta que sólo asomaban sus ojos rasgados y el pelo rubio teñido.

- ¿Y ahora qué? – se preguntó Ezequiel

Por un momento los dos se quedaron mirando en silencio. Ezequiel se preguntó si debía llevar a Neko a su casa o si debía seguir la búsqueda por su cuenta, el viento seguía soplando en remolinos de periódico y envoltorios de plástico. Una de las hojas chocó contra su pierna y permaneció allí, sostenida por el viento. Ezequiel la apartó y comenzó a andar.

- Deberíamos volver a casa. – comentó con gesto cansado.

- Deberíamos – Murmuró Neko bajo el guardapolvos.

Un nuevo golpe de viento hizo que el shamán gato se encogiese y devolvió la hoja de periódico a los pies de Ezequiel, justo delante suyo. La miró por un momento y luego le dio una patada. Neko alcanzó a Ezequiel y se puso a su lado.

- He aparcado cerca… - comenzó a decir Neko mientras se esforzaba por mantener su ritmo. Ezequiel se detuvo de pronto. El viento había vuelto a traer la hoja de periódico hasta dónde estaban. - ¿Qué pasa?

Ezequiel se agachó y cogió el trozo de papel, era sólo una hoja arrugada de la sección de contactos, nada que pudiese interesarle, pero pese a ello reconoció un nombre: Eltsbeth. Ezequiel le enseñó el trozo de periódico arrugado a Neko y señaló el anuncio: “Eltsbeth 23. Completo 300” y abajo un número de contacto.

- ¿Es ella? – su voz sonaba ligeramente ahogada bajo el cuello del guardapolvos.

- Mantis – los dos se miraron incómodos, no hacía falta añadir mucho más.

Los dos conocían los rumores, Ezequiel miró de nuevo el trozo de periódico arrugado con el número de Mantis. Aunque no le gustase sabía que no era casualidad.

- Tengo… tengo un telecom en el bolsillo – dijo señalando su guardapolvos.

Neko palpó los bolsillos hasta que encontró un telecom del tamaño de una libreta y se lo entregó, tenía los dedos helados.

- Hay unos guantes en el bolsillo. – comentó mientras abría el telecóm.

Ezequiel meneó la cabeza, el gato le hacía comportarse como un padre y eso no le gustaba nada porque le hacía sentir viejo. Y ni siquiera había cumplido los cuarenta y se conservaba en buena forma. Que diablos, no iba al gimnasio para que un niñato le hiciese sentir viejo. Soltó un gruñido grave y marcó el número del anuncio de contactos. Dos tonos después, apareció la imagen apenas reconocible de Mantis.

- ¿Eltsbeth? – Ezequiel estudió a Mantis.

Llevaba una peluca verde brillante, unas pestañas postizas, mucho maquillaje y un abrigo de plumón blanco. Aquel disfraz apenas dejaba entrever a la mujer que había detrás e incluso el color de sus ojos estaba oculto por lentillas doradas. Mantis parpadeó ostentosamente con fingida coquetería y se llevó la mano al pecho.

- Soy una sentimental. Quedamos en la habitación 4 del Sunshine. – dijo con una sonrisa maliciosa.

Ezequiel se quedó con mal sabor de boca. Era sólo un rumor entre los shamanes, pero se decía que hacía unos años habían matado a una prostituta llamada Eltsbeth en la habitación número 4 del Sunshine y que cuando llegó la policía tuvieron que sacarla a pedacitos. Y también se decía que había sido un juez que, por eso, se había archivado el caso rápidamente, total una prostituta muerta no era nada nuevo. Lo que no era un rumor, era que hacia tres años el honorable juez Carlson había aparecido muerto en la misma habitación. Le habían rajado de arriba abajo y su cadáver estaba parcialmente devorado hasta quedar prácticamente irreconocible. Más o menos por la misma fecha en que encontraron a Carlson apareció Mantis y todo el mundo empezó a especular. Ezequiel se preguntó cuanto de verdad habría en aquella historia y si Mantis quería alimentar los rumores, de lo único que estaba seguro era que no le hacía gracia el lugar de la cita. Ella pareció notarlo porque sonrió divertida.

- No te tienes que preocuparte, cielo, sólo me entra hambre después del sexo – dijo dejando que se entreabriese el abrigo de plumón, debajo sólo llevaba un sujetador verde oscuro.

Ezequiel no estaba para juegos y menos juegos heterosexuales.

- No me gustan… - Comenzó a decir cortante. Mantis hizo una mueca burlona.

- Ya lo sé – interrumpió – No es ningún secreto.

Ezequiel levantó una ceja y se preguntó hasta que punto conocía los detalles de su vida privada. Mantis movió la mano como si apartase algo molesto y adoptó una sonrisa casi amistosa.

- Por eso te he llamado, hace más fácil que trabajar juntos. – Ezequiel la miró escéptico

- ¿qué trabajo? – preguntó Neko junto a Ezequiel.

Mantis entrecerró los ojos estudiando al shamán gato y se pasó la lengua por los labios de forma provocativa. Nekó dio un pequeño salto hacia atrás y ella se rió.

- Hay un foco importante en las afueras, en el estercolero que está a dos kilómetros de la estatal. – Mantis se giró para mirar algo a su izquierda, fuera del campo de visión del telecom luego volvió a sonreír.

- Eso es… - comenzó a decir Neko.

- Exacto, justo al lado del viejo motel, están tan cerca que puedo verlos desde aquí. – Mantis volvió a mirar a su izquierda. – Será mejor que os preparéis va a ser una noche movida.