Ezequiel arrugó el hocico, el olor a sangre era tan intenso que ni siquiera el hedor del vertedero podía enmascararlo. Levantó las orejas negras, lo único que escuchó era el sonido lejano del tráfico y un goteo constante que supuso sería de alguna tubería rota.
Caminó encogido entre los montones de basura, electrodomésticos rotos, juguetes viejos, papeles, plásticos, comida podrida… todo lo que la ciudad había descartado se acumulaba allí.
Llegó hasta una parte en la que se acumulaban los restos de coches viejos que ya no eran aprovechables. Montañas de ruedas rajadas, piezas rotas y carcasas oxidadas apiladas hasta formar un muro. El olor a sangre se había intensificado hasta recordar al de un matadero. El origen del olor debía estar justo detrás de los coches. La herrumbre de los coches le recordó la sangre seca.
Se detuvo un segundo, temía lo que pudiese encontrar. Despacio, cuidando de no hacer un ruido que delatase su presencia, rodeó las carcasas de los coches hasta encontrar una zona despejada entre la basura. Los coches amontonados unos sobre otros formaban un círculo. Y en el centro de aquella matanza había un hombre desnudo lleno de cicatrices por todo el cuerpo. Las cicatrices estaban recubiertas por una costra negra, infectada. Su rostro parecía en carne viva, como si se hubiese arrancado la piel y le faltaba la mitad del cráneo, pero eso debía ser sólo en el mundo espiritual, en el real debía tener un implante. El hombre estaba bañado en sangre. Pero la sangre no era suya la sangre provenía de cinco cadáveres colgados boca abajo, de forma que se desangrasen. Igual que un matadero. De uno de ellos goteaba sangre, era el mismo sonido que había confundido con una tubería rota.
Enseñó los colmillos blancos y afilados en un gesto instintivo, reprimiendo apenas un gruñido rabioso. Fue rápido, no quería darle tiempo a reaccionar. Su mano izquierda rozó las cuerdas del atrapasueños, más por costumbre que por necesidad. Sintió la inyección de energía, como si un rayo le hubiese golpeado. Entonces atacó, veloz, implacable. Sus colmillos se hundieron en el cuello desprotegido del hombre mientras le sujetaba por la espalda. Le sintió revolverse, intentando librarse sin éxito de su presa. Clavó aún más los colmillos, aún cuando eso hizo que su boca se llenase de aquella sangre podrida. Reprimió las náuseas. La sangre oscura y fétida chorreó por su morro y su garganta.
Entonces su cuerpo empezó a desvanecerse entre sus brazos. Incluso la sangre, oscura y densa, desapareció dejándole solo un regusto agrio. Intentaba escapar regresando al mundo material. Ezequiel maldijo. No es que le preocupase que regresara al mundo material porque pudiese escapar, pero podía dar la alarma a los otros shamanes.
- Quedan cuatro
Las palabras de Mantis resonaron en su mente mientras usaba las cicatrices negras que eran su foco como Nexo para seguirle al mundo material. Mientras no se quitase la máscara shamanica sería vulnerable al mundo espiritual.
En el mundo material las víctimas no estaban colgadas, estaban metidas en bolsas de plástico ocultas dentro de maleteros oxidados. Pero gracias a los sentidos caninos que le proporcionaba su máscara espiritual podía oler la sangre y localizarlos de forma inequívoca. El shaman tóxico al que había mordido estaba sentado sobre el capó de uno de esos coches. Estaba vestido con un traje de oficina manchado de sangre y aceite. Las marcas de las cicatrices negras era sólo espirituales y producían un efecto extraño superpuestas sobre la ropa. A juzgar por su barba de tres días y el conector en su sien, debía ser un despertado reciente. Puede incluso que hubiese iniciado el camino con la creación del elemental tóxico.
El hombre no estaba sólo. Junto a él había dos gemelas siamesas, unidas por la espalda. Una de ellas tenía un aspecto casi normal si se excluía sus ojos que estaban inyectados en sangre como los de alguien que tiene resaca o no ha dormido. La otra tenían los miembros atrofiados y colgaba de la otra como podría haberlo hecho un niño grande. Su aspecto recordaba al de un feto, aún a medio formar. Ambas llevaban idénticos vestidos blancos que recordaban al de una muñeca. Aquella parodia de la inocencia fue lo que encontró más desagradable.
El shaman de las cicatrices negras se llevó las manos a su garganta como si así pudiese recuperar el daño causado a su forma espiritual. Las dos gemelas chillaron al unísono taladrando su oído sensible.
Aprovechó que en su forma espiritual era más veloz para echarse encima del shaman de las cicatrices y rematarle con un codazo que destrozó la parte de cráneo que no había sido consumida por el conector. Implantes, pensó Ezequiel con desprecio mientras su forma espiritual se desplomaba, sólo te debilitan.
Mientras las dos gemelas habían puesto sus ojos en blanco, como si estuviesen poseídas, y sus cuerpos se habían desplomado sobre el suelo como muertas. El combate con ellas sería en el mundo espiritual y Ezequiel no era tan ingenuo como para pensar que allí estarían tan impedidas como en el mundo material.
Cruzó de nuevo la barrera entre los mundos para encontrarse a las gemelas justo delante suyo. Si en el mundo material su aspecto era desagradable, en el mundo espiritual era grotesco. Sus formas espirituales estaban sujetas por alambre de espino que se clavaba en su piel. Los vestidos blancos estaban manchados por la sangre de los múltiples cortes. Allí la gemela deforme era mucho más grande y era la que sostenía a la otra que, en comparación, parecía una muñeca de porcelana rota a la que habían arrancado los ojos. Las dos le dedicaron idénticas sonrisas crueles justo antes de saltar sobre él…
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