jueves, noviembre 15, 2007

C50-Pinki, 9:00

Sus latidos de corazón se había acelerado y sentía sus venas arder. Sentía una presión en el pecho que hacía que le doliese cada vez que intentaba respirar. Estaba completamente empapada en sudor, febril. Daba vueltas y vueltas en la cama intentando dormir, perder el sentido. No podía soportarlo más, necesitaba una dosis. ¿Cuántas veces había intentado dejarlo y cuántas más había acabado del mismo modo?

Se levantó de la cama bruscamente, tenía que salir de allí y conseguir una dosis. Tal vez si era amable con Brake le daría algo. Sabía que la utilizaba para coaccionar a Alex y se odiaba a sí misma por ello, pero no podía resistirlo. Ella no era fuerte como Alex, quería serlo, pero cada vez que intentaba dejarlo terminaba volviendo a rastras, tan desesperada por conseguir una dosis que ya no le importaban las humillaciones o lo que la hicieran. Su mano tembló al ir a coger el pomo de la puerta, era una yonki, las lágrimas corrieron por su cara. No, no, no.

Pinki retiró la mano aún temblorosa, tenía que aguantar, distraerse de algún modo. No pensar, eso era lo que tenía que hacer. Le costó toda su fuerza de voluntad volver hasta la cama y sentarse en el borde. Estaba en una habitación sin ventanas de unos tres por cuatro metros cuyo único mobiliario era la cama colocada en una esquina y una mesa en otra. No tenía mucho con qué entretenerse, solo un viejo trideo que ni siquiera funcionaba bien.

Solo canales públicos. Menuda mierda, pensó al encenderlo. Pero era mejor que nada. Mejor que apretar los puños hasta que los nudillos se le ponían blancos y las clavar las uñas en las palmas hasta que salía sangre. Mejor que dar más vueltas en la cama revuelta y sucia. Mejor que volver arrastrándose. Todo su cuerpo temblaba de ansiedad y rabia. Era débil, patética y débil, pensó mientras se dejaba caer derrotada sobre la cama.

Anuncios, anuncios, un documental sobre bichos, anuncios. La tele pública apestaba. Pinki hacía zapping compulsivamente hasta que vio algo que hizo que se detuviera. Enrico salía en un canal de noticias locales. El muy cabrón, él la había hecho esto, la había hecho adicta a aquella mierda que la estaba matando, él la había convertido en una puta. Pinki apretó con fuerza el mando del trideo mientras intentaba entender lo que decían.

“… la detención de Enrico di Rosso, acusado de trata de blancas y del secuestro de la hija del alcalde Paul Basoria. El fiscal pide la pena máxima recientemente aprobada por el ayuntamiento como medida para reducir costes penitenciarios. El alcalde ha declarado que esta medida no tiene nada que ver con un afán de venganza.”

La imagen cambió para mostrar la rueda de prensa del alcalde con la periodista en la esquina superior. El alcalde, un hombre de unos cincuenta años y traje de diseño, salía condecorando al detective que había logrado la detención. El nombre del agente apenas fue mencionado y las cámaras se centraron en el alcalde. “Ya es hora de que se haga justicia. Los contribuyentes están cansados de que el dinero de sus impuestos se malgaste en la manutención de criminales que no aportan nada a la sociedad. Tengo plena confianza en que la nueva ley traerá una disminución de la delincuencia y será bien recibida por los ciudadanos.”

El alcalde había jodido bien a Enrico, esta vez no iba a poder librarse. Pinki comenzó a reírse a carcajadas. ¡Qué se joda! Se lo merece el muy cabrón, pensó. Aunque jamás le hubiera pasado nada si no hubiera ido por la chica equivocada, la hija del alcalde, y ella lo sabía. El mundo era una puta mierda.

El trideo había cambiado ahora a una noticia sobre la pérdida de contacto con un complejo privado de Infotech, pero Pinki había dejado de escuchar. Sentía el cuerpo frío a pesar de estar ardiendo. Miles de agujas se clavaban en su cuerpo. ¿Se estaba muriendo? ¿Por qué no se moría ya? No podía soportar aquella tortura, necesitaba algo que calmase el dolor. Tenía que conseguir su dosis, algo que meterse, lo que fuera.

Apenas era consciente de lo que hacía. Se había levantado y había intentado abrir la puerta, pero estaba cerrada. La golpeó con todas sus fuerzas mientras gritaba de rabia y desesperación, estaba encerrada. Sabía que no serviría de nada, pero no le importaba, gritó hasta quedarse afónica. Golpeó la puerta hasta que sus nudillos sangraron. Al final, completamente extenuada, se dejó caer. Bendita inconsciencia, pensó Pinki antes de perder el sentido.

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