jueves, noviembre 15, 2007

C94-Pinki, 23: 03

El dragón dormido, decían las letras rojas del cartel. Pero el dragón no dormía. Se lo había dicho su hermana y era cierto. La nave industrial reconvertida en gimnasio bullía de actividad. Podía oler la excitación y el sudor, sentir el calor de la multitud y escuchar el ruido provocado por sus voces. El orco Gar esperaba al siguiente aspirante sobre el ring. La raja de su cara y la sangre le daban un aspecto incluso más amenazador. Probablemente dejaría una cicatriz que se sumaría a las que ya tenía. Había ganado todos sus combates pero eso no había impedido que le partiesen uno de los colmillos que ahora asomaba roto por encima del labio. Y tenía una ligera cojera en la pierna derecha.

Pero el aspirante estaba tardando. Pinki no le culpaba, la muerte del luchador al que habían drogado la había dejado temblando. No sabía si era por lo mucho que deseaba su propio chute o porque, en cierto modo, ella era como él. Ahora su cuerpo se enfriaba camino del vertedero y ni siquiera quedaba rastro de su muerte en el ring. Los hombres del Koreano no habían tardado ni dos minutos en retirar el cuerpo y limpiar la sangre. Los espectadores también se habían olvidado de él y se apresuraban a poner nuevas apuestas para el siguiente combate. Más sangre para el dragón, pensó.

Estaba sentada al borde de la silla, con sus manos apretando el asiento con tanta fuerza que le dolían los dedos, pero eso era mejor que no sentir nada. Al menos ella tenía a su hermana, pero ¿quién le recordaría a él? La doctora Milles, con su ropa de moda en violetas y morados no, seguro. Había venido con la excusa de apostar, pero sus gestos despectivos y su mirada fría bajo la sombra de ojos dorada no se correspondían con sus palabras. Cuando se había sentado junto al Koreano, apenas le había dirigido un vistazo, cosa que Pinki había agradecido porque durante ese breve instante se había sentido diseccionada. Había fingido no notarlo con la naturalidad que da la costumbre.

Entonces el combate acababa de empezar y no tenía más interés que la excusa que le proporcionaba para escuchar sin que lo pareciera. No creía que el Koreano hubiese creído su farsa ni por un momento, pero no parecía haberle molestado o la hubiese mandado a la parte de atrás, donde estaba el resto del gimnasio, los aparatos, el spa y las oficinas. Por las noches solo sus hombres podían acceder a esa parte y estaba segura de que había incluso más de lo que ella había visto y ahora esa parte del gimnasio estaba cerrada. El Koreano, con sus ojos negros que nunca se perdían nada, quería tenerla cerca, quería a su hermana.

Por eso había permanecido a su lado, fingiendo que miraba en combate cuando, en realidad, sus ojos azules recorrían las vigas que sostenían el techo metálico unos ocho metros por encima de ellos, los muros insonorizados recubiertos de cemento y los hombres del Koreano que se mezclaban entre el público vociferante. No había forma de salir si él no quería que lo hicieras.

Mientras, la doctora había sonreído con sus labios violetas perfectamente perfilados y le había dicho al Koreano que podía proporcionar una “ayudita en el combate al humano”. Drogas, a eso se dedicaba la doctora, y mientras la doctora daba detalles sobre cómo mediante drogas podía eliminar por completo el dolor y hacer que siguiera luchando, Pinki había sentido algo removerse dentro de ella, un deseo que nunca terminaba de abandonarla. Entonces la doctora la había mirado con sus ojos gélidos, cortantes, como un escalpelo atravesando su piel para ver qué hay debajo. Nada habría podido hacer que se sintiese cómoda bajo aquella mirada, ni su bolso y zapatos de diseño, ni su perfecto maquillaje o su figura retocada por la cirugía.

Pero no le había quedado más remedio que permanecer allí quieta bajo aquellos ojos fríos porque el Koreano había alargado las negociaciones durante varios rounds en los que Gar, que hacía solo unos meses había sido sólo un matón orco más, demostraba que el Koreano había tenido razón al sacarlo de la calle y convertirlo en uno de sus luchadores. El descomunal orco exhibía sus músculos entre golpe y golpe ante la incapacidad de su adversario, cada vez más machacado, de plantarle cara. En cierto modo Pinki se había sentido así bajo la mirada de la doctora. El Koreano no había zanjado las negociaciones hasta que el rival de Gar, carne de cañón para aumentar su fama, había caído al suelo medio inconsciente. Por el modo en que había sonreído estaba segura de que había salido ganando.

Aún había tenido que soportar la compañía de la doctora varios minutos más, hasta el final del round. El humano se retorcía en el suelo intentando evitar que las patadas de Gar alcanzasen alguna zona vital o su cabeza. La doctora no había dejado de mirarla mientras Pinki sólo deseaba perderla de vista a ella, su bolso y sus zapatos de diseño.

Había sido un alivio cuando se levantó para ir al ring, aunque por un momento había temido que, una vez a solas con el Koreano, le preguntase sobre su hermana Alex. Pero apenas la horrible doctora se había levantado, un hombre de pelo rojo ligeramente familiar había ocupado su lugar. Sus ojos dorados habían recorrido sus piernas, su cintura, su escote para detenerse en sus labios pintados de rosa. Estaba acostumbrada a que los hombres la mirasen con deseo y a que evitasen su mirada. Porque mirarla rompía la ilusión de que ellos le gustaban, de que estaba ahí porque quería y que disfrutaba de ser puta. Y eso mataba el deseo de la mayoría, preferían engañarse y pesar que cuando les decía que eran fantásticos era cierto. Por supuesto había a los que no les importaba, los que disfrutaban sabiendo que no querías porque eso les hacía sentir poderosos, esos eran los peligrosos.

Pero este no era así y Pinki había podido observarle sin que él le devolviese la mirada. Había estudiado su perilla ligeramente descuidada y del mismo color rojo intenso que su pelo. Los ojos dorados se que esforzaban en evitar al Koreano y sus manos, algo temblorosas, jugando con el borde del mantel de forma inconsciente. Creía recordarle entre las brumas de su último chute, en el local del cabrón de Brake. Y entonces la había asaltado una punzada de culpa al recordar que su hermana le había pedido que no se colocase más y que no se acercase allí. Luego sus pensamientos habían volado hasta la conversación que había tenido después y que Alex le había preguntado por él, Dexter Smithers. Por eso había grabado su conversación con el Koreano, con todos sus sentidos. Podía ser adicta, pero no era idiota, fuese lo que fuese en lo que su hermana estaba metida, ese tipo de aspecto inofensivo estaba relacionado.

Y Dexter Smithers estaba nervioso, se había removido en su silla bajo los ojos escrutadores del Koreano. No era el único que se ponía así al hablar con el Koreano, pero había algo más. Entonces había metido la mano en el bolsillo de su gabardina marrón y sucia, con un ligero olor a aguas estancadas y sacado un papel doblado que entregó al Koreano. La pelea brutal sobre el ring no había podido resultarle más lejana o absurda en esos momentos, pero Pinki se había inclinado hacia delante dejando que el escote de su vestido rosa resbalase hasta dejar entrever unos centímetros más. Y al hacerlo, sus ojos habían recorrido la lista del señor Smithers grabando cada palabra en ella.

Eso había sido poco antes del final del combate. Ahora Dexter Smithers y sus peculiares ojos dorados habían desaparecido entre la gente, estaba a solas con el Koreano y el retraso del siguiente combate le había puesto de mal humor. Pinki hizo todo lo posible por evitar su mirada. Ojos negros, ligeramente rasgados y sin apenas atisbo de empatía. El Koreano habría sido uno de esos clientes a los que no les importa si finges o no. Pero no estaba interesado en ella, si no en Alex, su hermana pequeña, y eso la asustaba más que la mirada fría de la doctora o una noche con un cliente sádico.

- ¿Cómo te encuentras? ¿Quieres tomar algo?

La pregunta, aunque cortés, iba destinada a obligarla a mirar. Recordó lo mucho que le apetecía una dosis, evadirse de la realidad en una simulación de una vida mejor. Solo tenía que pedirlo y el Koreano se lo habría conseguido. Trago saliva. Tal vez era el miedo por su hermana, pero Pinki se forzó a rechazar la oferta. No dijo nada, sólo negó débilmente con la cabeza.

- Como prefieras, si necesitas algo sólo tienes que pedirlo. Ya sabes lo mucho que aprecio a tu hermana.

El Koreano había suavizado su tono de voz. Pinki tuvo que clavar las uñas en la palma de la mano por debajo de la mesa para obligarse a repetir la negación con una sonrisa artificial. El Koreano tenía toda su atención puesta en ella ignorando el inicio del nuevo combate.

- ¿Cómo esta? – Insistió.

No sabía cómo responder, ni qué quería el Koreano de su hermana o cuál era exactamente su relación con lo que estaba pasando. Se lamió los labios resecos intentando recordar algo que la ayudase en su última conversación con Alex. Entonces la había dejado con aquel “amigo” que la había dejado encerrada. Puede que después de todo su hermana se hubiese cansado y la hubiera intentado desenganchar a la malas. No la habría culpado. Pero eso no la ayudaba ahora, tenía que ganar tiempo.

- Pensándolo mejor me gustaría una infusión… - Se esforzó en recordar lo que habían bebido, eso la calmaba pero no podía recordar qué era - … una tila.

El Koreano hizo un gesto con la mano sin dejar de mirarla con aquellos ojos rasgados que daban la impresión de no peder ningún detalle. Luego su expresión cambió hasta una de preocupación casi genuina.

- No tendrá problemas ¿verdad? – Era más una afirmación que una pregunta.

Pinki dudó de nuevo mientras cogía con manos temblorosas la taza de porcelana y aspiraba el vapor de la infusión. No estaba segura de lo que él sabía o a qué se refería. Alex nunca le contaba gran cosa. El Koreano puso la mano sobre su hombro de forma casi amistosa.

- Puedes contármelo. Sé que no se largaría sin ti…

Sus palabras quedaron colgadas en el aire como terciopelo, pero sus ojos volvían a ser obsidiana pulida, sin emoción. Pinki supo que tenía que mentir. Y tenía que ser convincente. Dio un pequeño sorbo a la tila casi ardiendo y dejó que el pelo cayese sobre su cara como una cortina dorada y rosa.

- Yo… - podía sentir toda la tensión acumulada, el miedo y el ligero temblor que le producía la abstinencia - … ¡No lo sé! – dejó que las lágrimas salieran sin importarle que con eso se corriese el maquillaje, eso sólo ayudaba a la actuación.

Pinki dejó la taza sobre la mesa y ocultó la cara tras las manos, ese era el momento más importante, donde le echaba la culpa a otro. Por suerte no tuvo que pensar demasiado a quién.

- Brake… - Pinki hizo una pausa fingiendo que intentaba limpiar su maquillaje arruinado. – Brake…

Su cuerpo temblaba ligeramente con los sollozos. El Koreano la hizo callar colocando un dedo sobre sus labios.

- Comprendo, no digas más - Su corazón se aceleró ¿Sabría que mentía?

Mantuvo la cabeza agachada sin atreverse a mirarle hasta que la tensión fue insoportable y miró de reojo a través de la cortina de pelo rubio con mechas rosas. El Koreano le estaba ofreciendo un pañuelo y ella lo cogió con la mano aún temblando.

- No te preocupes, yo me encargo. Este ha sido el último error de ese orco.

Pinki cogió de nuevo la taza humeante y dio un trago para calmarse. Parecía que de momento se había librado y, la verdad, no le importaba una mierda que el cabrón de Brake cargase con las culpas, se lo había buscado. Dio otro trago, por primera vez en toda la noche se sentía bien.

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