Se escucharon golpes al otro lado de la puerta y después gritos. ¿Estaría teniendo algún delirio por el síndrome de abstinencia? Ya había tenido antes alucinaciones. Pinki se sentó al borde de la cama y escuchó atentamente.
- ¡Me ha mordido! – Era un grito de mujer.
Pinky se levantó corriendo de la cama y se escondió debajo. El suelo de baldosas bajo la cama estaba frío pero no había pelusas, sólo lo que le parecieron pelos de perro. Puede que sólo fuera eso, un perro.
- ¡No se muere! - Más gritos, esta vez de hombre.
Pinky se encogió aún más debajo de la cama y se encogió con las piernas abrazadas contra el pecho.
- ¡Esta puerta no se abre! – dijo la mujer
- ¡Pues vuela la puta cerradura! – respondió el hombre – ¡Yo estoy ocupado!
Escuchó un disparo y luego un golpe en la puerta. Pinky se mantuvo muy quieta, conteniendo la respiración. Solo quería que todo terminase y todo fuese una pesadilla generada por el mono.
- ¡Agh! ¡Dispárale otra vez! – Seguía gritando el hombre.
- ¡Mierda! ¡Se me han acabado las balas! – gritó la mujer.
Desde dónde estaba sólo podía ver una fina línea de luz que se escapaba por debajo de la puerta. El perro, si es que era realmente eso, debía seguir molestándoles. Había escuchado a los chicos e Brake decir que era fácil fallar un disparo a bocajarro y, supuso, que lo sería incluso más si te estaban mordiendo mientras. Los gritos dejaban claro quién se estaba llevando la peor parte.
- ¡Josh! Mierda… - escuchó lloriquear a la mujer. - … tenemos que salir de aquí… apóyate en mí…
Dos disparos más. Uno había sido realmente cerca e hizo que escondiese la cabeza entre las piernas. Alguien golpeó de nuevo la puerta reventándola. Pinky pudo ver unos pies de mujer entrar y el cuerpo de un hombre siendo arrastrado. Tenía varios mordiscos en la pierna y en el cuerpo con muy mal aspecto. Un perro normal no podía hacer eso.
- ¿Josh? Dime algo – la voz de la mujer sonaba lastimosa.
La mujer arrastró al hombre hasta la cama y lo apoyó sobre ella. No parecían haberse dado cuenta de su presencia pero por si acaso siguió inmóvil, sin importarle que se le estuviese durmiendo el brazo izquierdo o las nauseas. El hombre había dejado un rastro de sangre tras él. Vio como la mujer se apartaba de la cama y se colocaba entre ella y la puerta.
- ¡Cabrón! ¡Te mataré!
La mujer disparó varias veces más y luego siguió apretando el gatillo aún cuando no quedaban balas. No podía ver dónde disparaba y tampoco ningún perro, pero pronto empezó a ver dibujarse huellas de perro sobre el rastro de sangre que había dejado el hombre. Pinki tuvo que morderse la lengua para no gritar, necesitaba un chute.
Las huellas se fueron acercando. Pinky cerró los ojos, la mujer no dejaba de gritar. Podía escucharla apretar el gatillo de forma frenética. Luego la escuchó caer al suelo. Pese al miedo abrió los ojos, la mujer estaba justo delante de ella. La había visto y, por un instante, sus ojos se clavaron en los suyos. Pinky pudo reconocerse en ellos. Pero ya era demasiado tarde para ella, tenía la garganta desgarrada y ya no podía siquiera gritar.
Pero incluso mientras la mujer se desangraba con sus ojos vidriosos fijos en los de Pinky, seguía sin poder qué la había atacado. Tenía que salir de allí, fuese lo que fuese no iba a esperar a que viniese a por ella.
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