jueves, octubre 25, 2007

Capítulo 18

Gunner, 15: 00

Max le había dicho que tenía dos horas antes de que rodease el prostíbulo y detuviese a los italianos. Aquel asunto de trata de blancas con la hija del alcalde le iba a costar caro al cabrón del italiano. Una pijita tonta que se dejó embaucar por la sonrisa de Enrico y pensó que sería una estrella, pero esta vez la incauta pertenecía a la clase rica. Menuda cagada pensó Gunner. Desde entonces el italiano había tenido a la pasma encima suyo. Si Max le pillaba eso supondría un ascenso para él… y un problema menos para Gunner.

La casa de la Signiora Fiorella era un edificio de cuatro plantas de principios de siglo y aspecto gris. La fachada del edificio no tenía ningún tipo de indicación de los servicios que se ofrecían en su interior, pero todos sabían que dentro podía satisfacerse todo tipo de deseos y perversiones. Gunner sabía de visitas anteriores que el edificio estaba insonorizado. Algunas habitaciones, aquellas para clientes especiales tenían incluso generadores de ruido blanco. Probablemente Enrico se encontraba en alguna de ellas, aunque Gunner no podía estar completamente seguro de ello.

El interior del prostíbulo estaba abierto para todo aquel con dinero suficiente para pagar una habitación y los servicios que allí ofrecían. Aunque la mayoría de los servicios corrían a cargo de mujeres, también había hombres y menores allí. Muchos de ellos habían llegado allí porque no tenían una alternativa mejor, otros habían sido comprados como mercancía a los italianos. Todos ellos tenían algo en común, ninguno de ellos tenía ID, ya fuese porque jamás lo habían tenido o porque se lo habían robado, eso los convertía en menos que nada porque sin él no tenías derechos. Aquella era la esclavitud moderna.

Gunner se lo pensó antes de entrar. Si lo hacía, Enrico lo sabría e intentaría largarse, por lo que descartó pedir los servicios de uno de los chicos jóvenes que tanto le gustaban a Enrico. La Signiora Fiorella tenía un pequeño ejército de matones que se encargaban de vigilar el negocio y tener controlados a los trabajadores, de modo que colarse tampoco era algo sencillo. Sin embargo Gunner sabía de alguien que podía entrar y salir de allí sin ser visto ni oido. Alguien que tenía acceso a todas las habitaciones y que estaría dispuesta a contarle todo cuanto quisiera saber por unos pocos nuyens.

Su nombre era Molly Hatcher, pero todos la llamaban la vieja Molly. En sus rasgos ajados por el paso de los años y sus ropas gastadas se adivinaba una vida dura en las calles. Numerosas cicatrices atestiguaban peleas olvidadas por todos salvo por quienes las habían vivido y la mayoría estaban muertos. Sus ojos habían perdido la capacidad de soñar y, vencidos al cansancio, miraban con tristeza el mundo que la rodeaba. Pero nada escapaba a su escrutinio y, de vez en cuando, su paciente espera se veía recompensada por algún fragmento de información útil o alguna chuchería olvidada por sus dueños.

Molly salió a tirar la basura y Gunner la abordó mientras revisaba los desperdicios en busca de algo de valor. La vieja lo miró sin temor pues no tenía nada que perder.

- Yo lo he visto primero. Puede que sea basura, pero es MI basura. – La vieja conocía a Gunner, pero le gustaba fingir que estaba chiflada para que no la molestasen.

- Necesito información. –Dijo Gunner sacando unos billetes. Esta era una de aquellas ocasiones en las que el dinero hablaba por si solo.

- ¡Ja! Nadie se acuerda de la vieja Molly hasta que necesitan algo. – La vieja se acercó y cogió los billetes.

- ¿Esta Enrico dentro? – Molly asintió distraídamente mientras contaba el dinero. No era mucho pero era más de lo que ella ganaba en una semana limpiando. - ¿Sabes qué se trae entre manos?

- Los italianos y los tipos importantes van allí, hacen sus cosas y hablan en esas bonitas habitaciones con moqueta roja y paredes de madera falsa. Mientras la vieja Molly va por los estrechos y oscuros pasillos de servicio. Ellos ensucian y yo limpio. Nadie me presta atención, pero yo oigo cosas. – A Gunner le habría gustado ir directo al grano, pero sabía que no conseguiría nada metiéndole prisa a Molly, la anciana mujer disfrutaba de la escasa atención que pudiese conseguir.

- ¿Entonces has oído algo? – Molly entrecerró los ojos y asintió levemente.

- Aquellos tipos trajeados no llevaban nada que pudiese identificarlos, pero no eran de por aquí. Concertaron una cita con Enrico, quería comprarle gente. No les importaba el sexo, pero querían que fuesen jóvenes y estuviesen sanos. Enrico dijo que les saldría caro porque la mayoría de su mercancía esta enganchada a algo. - Eso le recordó a la hermana de Zephyr. La habían reclutado como a las demás, una rubia con un cuerpo escultural y un talento mediocre como cantante. Las drogas las hacían más manejables. Zephyr había tenido que comprarla para sacarla de allí.

- De modo que le compraron gente ¿Cuántos querían?

- En principio les pidieron ocho, pero luego volvieron y pidieron diez más. No estaban del todo contentos, decían que seis se habían muerto muy rápido. Pero el caso es que al final cerraron el trato y acordaron que Enrico les daría dos gratis, para compensar. - ¿Para que mierdas quería infotech comprar prostitutas?

- ¿Escuchaste algo más?

- Llamaron a uno de ellos por teléfono y salió al pasillo. Casi me cago del susto, pero el tipo ni se fijo en mí. Nadie lo hace, por eso estás aquí. Cogí mi fregona y me hice la tonta. El tipo se fue a un rincón y siguió a lo suyo, pero yo escuche lo que decía. El mamón era un intermediario de Infotech, no pude escuchar nada más. No han vuelto desde hará un mes. – Dijo Molly como si escupiese y confirmando lo que Gunner ya sabía.

- Gracias Molly, cómprate algo bonito. – Dijo Gunner dándole otro puñado de billetes.

Gunner se alejó por el callejón. Faltaba media hora para que Max entrase a saco e hiciese las detenciones. Gunner sonrió mientras buscaba un lugar desde el que verlo todo. No se perdería la humillación de Enrico por nada del mundo…

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