Siempre había pensado que si alguna de las dos hermanas se la jugaba con el Koreano sería Zephyr. No en vano se rumoreaba que estaban liados. Por si acaso nunca se había arriesgado a intentar tirársela. Sólo ahora, oculto entre los espectadores del combate, se daba cuenta que la que debía estar chupándole la polla era Pinki. Desde dónde estaba, mezclado junto a un grupo de orcos a un par de metros del ring, podía ver a la muy zorra sentada a su lado con uno de sus mini vestidos rosas. Y no se había movido de ahí en todo el rato que él había estado mirando, ni siquiera mientras el Koreano hacía tratos con el señor Smithers.
Claro que eso no explicaba el mensaje en el contestador de Zephyr. Lo había escuchado al menos diez veces hasta que terminó por memorizarlo, palabra por palabra y gesto por gesto.
- Tengo trabajo urgente para ti. Ven al Dragón – decía el Koreano con su rostro oriental impasible.
Nada más. Por eso Brake había cruzado media ciudad pese a que el lugar de la entrepierna dónde había sentido el mordisco le dolía tanto que hacía que cojease. Jodida Zephyr, pensó. Por suerte, era noche de peleas y eso le permitió pasar desapercibido mientras merodeaba por los alrededores. Pero pasar por la puerta delantera habría sido demasiado arriesgado. Ya había temido que le reconociesen cuando se había cruzado con el Señor Smithers, afortunadamente debía ser uno de esos humanos incapaces de diferenciar a un orco de otro. Puto racista. El troll de la puerta era otro asunto. Llevaba mucho tiempo trabajando para el Koreano y le habría reconocido seguro.
Eso le había dejado sólo una alternativa: la puerta trasera por la que entraban los luchadores. No había tenido que esperar mucho para que uno saliera a fumar. Los neoyens habían cambiado de manos y Brake había entrado en su lugar. Una vez dentro no había sido difícil escaquearse en el camino a los vestuarios y colarse por los pasillos que iban hacia los despachos.
Había sido entonces cuando había visto a Kurage. La mujer caminaba con paso seguro guiándose con un cayado de madera de poco más de un metro. Sus ojos, vendados como siempre, estaban ensombrecidos bajo un sombrero oriental de mimbre. Brake se había escondido tras una puerta de los baños. Habría sido un error pensar que por ser ciega de nacimiento no podía verle. ¿Ciega? Los cojones. Su vista espiritual lo compensaba con creces y ella parecía encontrar un placer sádico en golpear con aquel cayado a cualquiera que cometiese el error de subestimarla por ello.
Tras ella iban dos hombres del Koreano arrastrando a un hombre esposado y vestido con ropas naranjas de presidiario. Una capucha negra sin agujeros para los ojos le tapaba la cabeza, aunque Brake había podido reconocerlo por la marca a fuego del padrino en el dorso de la mano. Enrico. De no haber estado Kurage podría haberse arriesgado a intentar rescatarlo, pero con la shaman presente habría sido un fracaso.
El Koreano tenía a Enrico. La idea, con todas sus mortales implicaciones, no había terminado de asentarse en su cabeza cuando escuchó en el vestuario que preguntaban por el siguiente luchador. Había echado un vistazo por la rendija de la puerta. Kurage había desaparecido y también Enrico. Solo se escuchaba el sonido del cayado hacia el final del pasillo. Entonces alguien había respondido que había salido a fumar y Brake, maldiciendo para sus adentros, había decidido sería mejor que salir de allí antes de que salieran a buscarlo y le encontraran a él en su lugar.
Fue entonces cuando había salido a la nave central donde estaba el ring y había visto a Pinki sentada con el Koreano y con uno de esos vestidos que cuando cruzaba y descruzaba las piernas permitían comprobar que el tanga que llevaba también era rosa.
Se mezcló con la gente haciendo lo posible por pasar desapercibido. Había bastantes orcos aficionados a las peleas, puede que porque era en una de las pocas cosas en las que los orcos solían salir ganando. Brake se juntó con ellos fingiendo ser uno más. No sólo no pareció importarles sino que su compañero de al lado le pasó una cerveza.
De no haber tenido tantos problemas y aquel dolor en la entrepierna incluso podría haber disfrutado del espectáculo. Si el Koreano tenía a Enrico no tardaría en saber que se la había jugado con los italianos. O tal vez no, después de todo era él quién le había sugerido que tratase con Enrico para comprar chicas. Incluso le había recomendado que escogiese a Pinki… Pinki, desde el principio había sospechado de Zephyr, pero había creído que mientras tuviese a Pinki no tenía de qué preocuparse. Pero si había tenido alguna esperanza de recuperarla, se había desvanecido en el momento en que la había visto allí sentada pasándole el escote por la cara al Koreano.
Terminó de un trago la cerveza y le dio pasta a su compañero para que comprase más. Unos pocos neoyens eran todo lo que costaba que le aceptasen, nada que ver con conseguir un territorio y ser respetado por las mafias. Por eso había sido todo. Los italianos llevaban un tiempo buscando expandir su territorio y él había visto su oportunidad para librarse del Koreano y no tener que dar cuentas a nadie. Primero había hecho tratos pequeños y luego, poco a poco, había empezado a pasarles información.
Pero ahora el Koreano tenía a Enrico y sólo era cuestión de tiempo que se enterase. Incluso puede que lo hubiese sabido desde el principio. Lo de Pinki no era si no otro clavo más en el ataúd que, a buen seguro, le estaba preparando el Koreano. Estaba jodido, los hombres del Koreano debían estar ya buscándole y, si no quería durar menos que el siguiente combate de Gar más le valía mantener la cabeza fría, de momento lo más importante era no llamar la atención, actuar con normalidad y mantenerse alerta. Pero si quería salir de esta iba a necesitar algo con lo que negociar y rápido. Algo que el Koreano quisiese, pero ¿qué?
No hay comentarios:
Publicar un comentario