Tenía los puños manchados de sangre. Eso estaba bien, uno debería mancharse sus propias manos para hacer negocios. Brake hundió el puño en el estómago de aquel camello proxeneta. Era un humano negro, alto y delgado vestido con un traje de chaqueta morado y un sombrero con pluma, cuanto mal había hecho el trideo. Sujetó su cabeza con la otra mano y la golpeó contra su rodilla. El crujido que hizo le indicó que había roto su nariz, pero aún estaba lejos de haber terminado con él. Mancharse las manos y trabajo bien hecho, dos cosas que aquel pedazo de mierda humana jamás entendería.
Le tiró contra el suelo del callejón y le pegó una patada en el estómago. Eso le enseñaría un poco de respecto a aquel capullo racista. Las calles eran de la gente dura y de quién las sabía trabajar y él no era ninguna de las dos cosas. Si lo fuera habría sabido que este callejón no tenía salida. Le dio otra patada con todas sus fuerzas, esta vez en las costillas. Si aquel mamonazo pensaba que bastaba con ropa de moda y un par de complementos para ser alguien estaba equivocado. Menudo gilipollas, la pluma de su sombrero no iba a parar la patada en la cabeza y las cadenas de oro tampoco harían que se lo pensase dos veces.
Observó con satisfacción como aquel tipo escupía un par de dientes. Su nariz parecía un surtidor de sangre y se le había caído el sombrero con pluma entre las bolsas de basura. Se había creído un tipo duro porque un par de putas trabajaban para él. Se agachó a su lado y levantó su cabeza agarrándole del pelo. Puto chulo marica. Sacó una navaja automática del bolsillo de su chupa y la acercó a su cara hasta que estuvo a un par de centímetros de su ojo derecho.
- ¿Ves esto mierdecilla? – Esta vez Brake pronunció correctamente sin cecear.
Y esta vez el chulo no cometió el error de amenazarle. Tenía gracia, pensó, si sólo supiese cuanto la había cagado ya habría manchado sus horribles pantalones morados. Brake se rió de su propio chiste, no había nadie más en el callejón para verles y no le importaba lo que pensase aquel puto chulo, hortera y marica. “Estoy bajo la protección de Brake”, le había dicho, hay que ser gilipollas. Joder, más le habría valido seguir vendiendo su propio culo, el mundo ya tenía bastantes gilipollas que se creían que todo era apariencias. Pero si aquel chulo hubiera tenido un poco de seso no estaría a punto de perder su ojo derecho.
- Vas a contarme todo lo que sepas – enseñó los colmillos de forma amenazadora – y será mejor que te olvides de la mierda de pistola en tu chaqueta. - Presionó la punta de la navaja contra la mejilla, bajo la cuenca ocular, hasta que salió sangre. - ¿Has entendido?
Si, claro que había entendido. Cuando eran sus propios cojones los que estaban sobre la picota la gente se volvía mucho más colaboradora y detalles como tratar con “un orco de mierda” se volvían mucho menos importantes. Era consciente del aspecto que tenía, los colmillos asomando de la boca, cuerpo grande y fuerte con manos del tamaño de su cabeza y la piel gruesa, con alguna que otra verruga. Sabía perfectamente lo que la gente pensaba de los orcos y se aprovechaba de aquel estereotipo de bruto estúpido. Bastaba colgar sus trajes de chaqueta en el armario y ponerse la chupa con pinchos, las cadenas, olvidarse del desodorante y abusar de la z al hablar para convertirse en otro matón orco más. Y eso podía ser muy conveniente en situaciones como esta, en las que tenía que mancharse sus propias manos. Claro que nunca le había importado eso.
- Te lo preguntaré una vez más y esta vez espero respuestas, ¿capisce?
Giró la hoja de la navaja haciendo que saliese más sangre, aunque la punta aún no había tocado el ojo. Brake volvió a repetir la descripción de Pinki y Zephyr. Coño, una rubia con mechas rosas y otra morena, las dos altas, con buen culo y una de ellas vestía siempre de rosa era imposible que pasaran desapercibidas. El chulo le miró con los ojos muy abiertos.
- Tengo una chica nueva, lleva una peluca verde – Brake se preguntó si Pinki estaría intentando pasar desapercibida – No es elfa, pero trabaja bien, puedes quedártela.
- ¿Qué parte de elfas o pelo rosa no has entendido?
Brake hundió un poco más la hoja de la navaja. Ahora sí que se había cagado y el olor era francamente desagradable, para que luego dijeran de los orcos.
- Si te molan las elfas…
Brake guardó la navaja y estampó la cabeza del tipo contra el suelo. Estaba claro que aquel gilipollas no tenía nada útil que aportar. No podía creer que sus chicos hubieran estado cobrando protección a un marica como ese. Le quito la cartera y las joyas, así parecería un robo. Después le partió el cuello y lo arrojó entre las bolsas de basura del callejón.
Brake echó un vistazo en la cartera en imitación de piel de cocodrilo. Tenía bastante pasta, debía ser cierto lo de que su chica nueva. Mas tarde tendría que enviar alguien que se hiciese cargo de ella y las otras, después de todo no tenían la culpa de trabajar para un pedazo de mierda marica. Siempre lo decía, la calle era de quien sabía trabajarla y las putas nunca habían dado problemas con eso.
La única zorra que le había dado problemas era Zephyr. Pero a diferencia de aquel chulo ella no había tardado ni dos segundos en reconocerle y mandarle a la mierda. Claro que ella conocía por su nombre a la mitad de sus chicos. Era una zorra lista, lástima que no fuese de fiar. Incluso era posible que sus propios chicos las estuvieran escondiendo. Y por eso estaba allí, conduciendo una mierda de coche hacia la mierda de apartamento donde vivían las dos hermanas.
El pedazo de chatarra que conducía tendría que haber acabado en un desguace hacía mucho tiempo. Alguien había rajado la tapicería de atrás buscando droga oculta, tenía el capó aboyado y la chapa había empezado a oxidarse ahí donde la pintura gris se había caído. Pero el motor funcionaba bien y nadie iba a robarlo.
Brake encendió un puro y dio una calada. Las calles estaban a oscuras, debía hacer años desde la última vez que funcionaron las farolas. Conducía con los faros apagados, el de la izquierda estaba roto y no veía la necesidad de encender el otro porque él podía ver perfectamente. Soltó lentamente el humo y giró por una de las calles. Un par de Pandilleros holgazaneaban junto a un portal y dos putas miraban aburridas como pasaban los coches. No podía decirse que las hermanas viviesen en un buen barrio.
Aparcó frente a un edificio de apartamentos viejo con pintadas en las paredes. La mayoría debían estar vacíos porque no se veían luces en las ventanas. Se recostó en el asiento y aspiró de nuevo el humo denso de su puro. Un orco con rastas fumaba un porro en el portal y en la parte trasera se podía ver una escalera de emergencia rota. Con la pasta que se había sacado Zephyr trabajando para él no entendía como podía vivir en un sitio así. Pero a saber en qué se la gastaba.
Apagó lo que quedaba del puro en el cenicero del coche y fue hacia el edificio. Alguien había hecho una pintada que ocupaba todo el muro. Habían dibujado cientos de serpientes enroscadas y sus cuerpos retorcidos rodeaban las firmas de pintadas anteriores, con frases tan originales como “Fuck You”, integrándolas en su diseño.
- Joder, que sutil. – comentó a nadie en particular.
- ¿Buscas el dragón, hermano? – dijo el orco de las rastas.
Brake le miró intentando decidir si ya estaba colocado. Sostenía un canuto entre unos dedos ennegrecidos y un mechero en la otra. Sus colmillos, algo más grandes que los de Brake, estaban algo amarillentos pero sus ojos estaban ocultos tras unas gafas de sol viejas. Supuso que sí debía estarlo.
- ¿El dragón? – preguntó Brake.
- Claro, ¿por qué si no iba a venir alguien a este nido de serpientes? - El orco dio una calada a su canuto y dejo salir el humo en forma de anillos.
Definitivamente estaba colocado. La puerta del portal se abrió dejando escapar un ligero olor a marihuana. Dentro había una luz anaranjada y se escuchaba música jamaicana y tambores. Del portal salieron un par de humanos riendo que apenas se fijaron en él. El orco de las rastas les miro alejarse y se rió.
- Parece que esos lo encontraron. – dio una nueva calada y miro a Brake. – Esta abajo.
Brake miró de nuevo el edificio, las serpientes pintadas en las paredes y al orco de las rastas que mantenía la puerta del portal abierta. La traición de Twitch le había dejado en mala posición, tenía que encontrar a Zephyr antes de que las cosas se pusieran aún peor. Pasó junto al orco y entrar al portal. La luz anaranjada provenía de varias velas colocadas en lo que habían sido buzones. En el lateral varios tablones roídos bloqueaban lo que habían sido los ascensores y a su lado había unas escaleras. La música venía de abajo y también una nube de humo blanco. En las escaleras que subían una pareja se daba el lote.
Bajó las escaleras hasta un sótano iluminado por velas. El suelo estaba tapado por una alfombra gruesa con dibujos de serpientes de colores sobre la que había esparcidos almohadones. Varias personas estaban repartidas por la habitación fumando y una espesa nube de humo blanca desdibujaba todo.
- Siéntete como en casa, hermano – dijo el orco de las rastas detrás de él.
El orco estaba sonriendo y su cabeza se movía al ritmo de la música. Un par de colgados le saludaron y él les lanzó una bolsa de plástico con hierba. Brake sacó un par de billetes.
- Estoy buscando a dos elfas, viven en este edificio. – dijo ofreciéndole el dinero.
El orco no cogió el dinero y se quito las gafas para mirarle, ya no estaba sonriendo. Varias personas habían dejado sus conversaciones y le estaban mirando, algunos habían sacado pistolas. El humo denso del sótano parecía dibujar formas sinuosas en el aire.
- ¿Y para qué las buscas?
- Negocios
- Negocios – repitió el orco de las rastas acercándose a él, olía a marihuana e incienso.
Aquello era cierto, tenía un nuevo trato que ofrecer a Zephyr si conseguía encontrarla antes de que lo hiciese el Koreano. El orco de las rastas dio una calada a la chusta de su porro y se lo paso a uno de los que estaban sentados. La música seguía sonando y el humo le parecía cada vez más espeso, como niebla. Brake era consciente de las miradas y las armas apuntándole. Jodida Zephyr, ya sabía porqué vivía ahí.
- Hermano, no quiero problemas, – Brake esperaba ganarse cierta simpatía llamándole así - solo quiero hablar con ellas.
- Mala suerte, no están, será mejor que te largues y vuelvas otro día.
Brake asintió y caminó despacio hacia las escaleras que subían, asegurándose de no hacer ningún movimiento brusco que les diese motivos para disparar. Salio del sótano, podía sentir al orco detrás, apuntándole. En el portal la parejita había dejado de darse el lote y habían sacado un par de pistolas. En la camiseta de la chica había dibujada una serpiente mordiéndose la cola, más serpientes.
Salió del portal y dejó que el aire húmedo de la noche le despejase antes de subir al coche. En el edificio apoyado contra la puerta del portal volvía a estar el orco de las rastas, le estaban vigilando. Brake arrancó el coche. Pero no fue lejos, se limitó a alejarse un par de manzanas y aparcar de nuevo.
Volver sobre sus pasos asegurándose de que nadie le veía le llevo al menos diez minutos. Desde la esquina podía ver al orco de las rastas sentado en el rellano del portal. Esperó a que entrase un momento en el edificio y corrió hacia el callejón donde estaba la escalera de emergencia. Con suerte aguantaría su peso, con suerte no haría demasiado ruido.
El metal oxidado de la escalera se quejó un poco bajo su peso, pero al menos la escalera aguantó lo suficiente como para que entrase por una de las ventanas del primer piso. Aquel apartamento estaba vacío salvo por los restos de cera derretida en alguna de las esquinas. Brake se quedó quieto, podía escuchar la música jamaicana que provenía del sótano y algunas voces ahogadas, pero no parecía que le hubiesen descubierto.
Salió del apartamento. Había serpientes dibujadas por todas partes, en el suelo, las paredes y las cuatro puertas, una por cada apartamento, pero por suerte no había nadie. Echó un vistazo a las escaleras, la parejita volvía a estar dándose el lote en el piso de abajo. Brake se agacho mientras subía al piso de arriba por si acaso. Otro pasillo vacío con cuatro puertas. Y más serpientes. Realmente era como para volverse majara.
Escuchó gemidos que provenían de uno de los apartamentos al final del pasillo y pisadas en las escaleras. Se escondió justo a tiempo de ver pasar a un par de humanos altos con rastas y que olían a marihuana. Cuando había visto el edificio por fuera había pensado que lo único que tendría que hacer era buscar el apartamento en el que hubiese serpientes dibujadas o alguno de esos dibujos étnicos que les gustaban a los shamanes, pero o todos en el puto edificio era shamanes o Zephyr se había buscado el único jodido sitio en toda la puta ciudad donde podía llenar su casa de serpientes sin que nadie la tomase por loca.
Brake maldijo entre dientes mientras esperaba que los dos rastas pasasen de largo para seguir buscando. Tenía que haber algo que distinguiese el apartamento de Zephyr del resto. Y entonces se le ocurrió. Probablemente lo único que diferenciaba a Zephyr de aquella panda de colgados era Pinki. Lo que tenía que hacer era buscar algún signo de normalidad.
Siguió subiendo por las escaleras en penumbra. Un ligero olor a marihuana impregnaba todo el edificio y casi todas las paredes tenían graffitis o murales, casi todo de serpientes. Y mientras subía se encontró recordando los ratos que había pasado con Pinki, pero nada de lo que recordaba parecía servirle de ayuda para orientarse allí.
Hasta que llegó al final de la escalera. En el último piso sólo había dos puertas y una de ellas daba a lo que parecía una plantación de marihuana. Y entonces recordó uno de los comentarios de Pinki estando colocada sobre que desde su casa podía ver la María… Brake meneó la cabeza, panda de colgados. Luego miró la otra puerta. Tenía una serpiente dibujada en el marco pero comparado con el resto del edificio parecía casi normal.
Y también tenía cerradura. Abrirla le costó mucho más de los normal, como si la propia puerta no quisiera que la abriesen, estaba claro que estar allí le estaba afectado. El interior era bastante normal, un pequeño salón con cocina americana, baño y un par de habitaciones. Sobre la barra de la cocina había una taza medio vacía con algún tipo de infusión y un par de platos sucios.
Por un momento sintió como si alguien le estuviese mirando. Cerró la puerta que daba a las escaleras y fue hacia la habitación con símbolos aztecas en la puerta. No había que ser un genio para saber a quien pertenecía y si había alguna pista estaría ahí. Al entrar le pareció escuchar un siseo y algo moverse entre las mantas de la cama doble pero cuando tiró de la manta de lana cruda no vio nada. Debía estar imaginando cosas.
Una luz en el telecom le indicó que había mensajes sin oír. Brake enchufó su secretaria de bolsillo y copió los mensajes para escucharlos más tarde. Sintió algo frío rozar su tobillo, tampoco esta vez vio nada. Se sintió tentado de encender las luces aunque no lo necesitase, pero se recordó que alguien podía haber subido a la “plantación”.
Abrió el armario y buscó algún tipo de compartimento secreto pero lo más interesante que encontró fue un cajón con lencería. Cogió unas braguitas de encaje negro, las olió y se las guardó en el bolsillo de la chaqueta. Una vez más sintió como si algo frío rozase su pierna. Fuera lo que fuese le estaba poniendo de los nervios. Cerró el armario y ojeó los cajones de la mesilla. Piedras pintadas, plumas, un par de bolsitas con hierbas y un par de cuchillos de filo extraño.
- ¿Por qué cojones no tendrá un diario?
Vio una sombra moverse a su espalda y se giró con rapidez. Otra vez nada. Pero algo se estaba enroscando a su pierna, bajo de su pantalón. Y estaba subiendo. Brake comenzó a quitarse los pantalones entre maldiciones. Algo le había mordido cerca de la ingle. Pero no sabía qué, tenía los pantalones por las rodillas y seguía sin verlo. La manta en el suelo se había movido otra vez y seguía sintiendo algo frío rozando sus tobillos.
Estaba claro que no iba a encontrar nada más, así que se subió los pantalones y salió lo más rápido que pudo de la habitación. Y de la casa. Tenía prisa por alejarse de aquel lugar y despejarse, porque tenía que haber sido el humo.
- Maldita zorra
Pero era una zorra lista. Y olía bien, pensó con la mano en el bolsillo.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario