El rastro de alimañas muertas le había llevado hasta un callejón tras una carnicería de la zona vieja. A medida que se acercaba a su objetivo, el tamaño de los animales muertos iba aumentando, el espíritu corrupto debía encontrarse cerca. Al fondo del callejón había una puerta metálica entornada y un fuerte olor a carne podrida emanaba de allí. Ezequiel realizó un pequeño gesto de protección y avanzó con cuidado, atento a cualquier detalle que pudiera suponer una amenaza.
Sintió un movimiento a su derecha y se giró con rapidez en busca de su fuente. Una tapa de un cubo de basura había caído rodando con un sonido metálico, a los pies del cubo el cuerpo de un perro se había desplomado y respiraba con dificultad. Mal augurio pensó Ezequiel mientras se arrodillaba junto al animal agonizante y acariciaba su costado. El pobre chucho probablemente había acudido allí en busca de la basura de la carnicería. Su cuerpo presentaba las mismas señales que los otros animales: sarpullidos y vómitos sanguinolentos. Hizo lo que pudo por él, la curación no era su fuerte pero consiguió que su estado mejorase un poco y pudiese levantarse.
El perro callejero se había ido del callejón y Ezequiel volvía a encontrarse solo. No era muy difícil adivinar dónde se escondía el espíritu, cuando traspasase aquella puerta de aspecto ordinario puede que no hubiera marcha atrás. Pero la elección ya estaba tomada, debían destruir aquellos espíritus.
Alguien había pasado por ahí antes y la puerta estaba abierta. El espíritu no necesitaba puertas. Normalmente un espíritu tóxico no podía abandonar su dominio, tan solo extenderlo. Estos espíritus eran diferentes, pero aún así era probable que necesitasen algún tipo de invitación para apoderarse de un nuevo dominio.
En el interior el olor era insoportable y la temperatura había aumentado varios grados hasta ser asfixiante. La luz estaba encendida revelando una habitación de azulejos blancos con un desagüe en el centro. Una gran mesa dominaba la sala. Sobre ella había varias tablas sobre las que cortar la carne, pero aunque vio alguna pieza de buen tamaño no se veía a nadie. En el suelo, junto a la puerta, había un trozo de carne mordisqueado y restos de vómito y sangre. Ezequiel comprendió que el perro había estado aquí y le había dejado un aviso, la carne contaminada.
Frente a él había una puerta de madera que debía conducir hacia la parte delantera de la carnicería. El único camino posible era la puerta del congelador dónde almacenaban la carne. La gruesa puerta metálica y de mecanismo antiguo solo podía abrirse por fuera. Alguien había colocado una barra de metal para que no se cerrase por accidente. Quién estuviera dentro ¿estaría aún vivo?, ¿sería amigo o enemigo? Ezequiel se acercó sigilosamente, no convenía arriesgarse y estaba el asunto de la invitación…
El frió del congelador contrastaba con el calor excesivo de la sala que acababa de dejar. Su aliento formaba pequeñas nubes de vaho mientras caminaba lentamente entre los cerdos y vacas despellejados que colgaban de unos ganchos. Tanta carne contaminada… si se consumía mucha gente compartiría la suerte del perro, tenía que impedirlo.
A su alrededor todo parecía en perfecta quietud. Se adentró en la cámara frigorífica en busca de alguna pista. Entonces escuchó un ruido al fondo. Ezequiel se preparó para atacar lo que fuese invocando el poder de Perro. Pero al localizar la fuente del ruido comprendió que había cometido un error. Encontró al shaman gato atado y amordazado. Tenía varias heridas y, por su aspecto, parecía que había estado en contacto con el veneno o con el espíritu que los producía. Su forcejeo era lo que producía el ruido. La puerta del refigrerador se cerró a sus espaldas, estaban encerrados. Ezequiel maldijo y se agachó para desatar al maltrecho shaman gato.
- Detrás de ti – dijo nada más le quitó la mordaza.
Ezequiel se dio la vuelta y vio a qué se refería el shaman gato. El espíritu tóxico se había materializado a su espalda. Apenas tuvo tiempo de apartarse. El espíritu había adoptado la forma de un animal muerto cuyos ojos muertos brillaban con extraña malevolencia. El canturreo del shaman gato le indicó que no estaba solo en aquella pelea, aunque su aliado seguía estando sujeto por las cuerdas y más muerto que vivo.
Ezequiel invocó una barrera astral justo a tiempo para detener un nuevo golpe. El espíritu aún no era demasiado fuerte, suponiendo que fuera el único podría arreglárselas. Al verles fuera de su alcance el espíritu comenzó a emitir lo que parecía un vapor tóxico, su barrera no les protegería contra eso. Tenía que contraatacar.
El gato se adelantó a él con un pequeño y débil proyectil psíquico. El ataque apenas tuvo éxito, pero logró confundir durante un instante al espíritu. Era su oportunidad y no la desaprovechó, Ezequiel conjuró una esfera psíquica al máximo de sus capacidades. Sintió cómo el conjuro empleaba sus energías dejándole agotado pero aún consciente. La esfera impactó en el espíritu y notó como gran parte de él se consumía, pero no había sido suficiente, aún seguía allí.
El espíritu emitió un rugido de rabia y embistió contra la barrera astral sin mucho éxito, pero sabía que no aguantaría mucho más. Las armas modernas no funcionaban con los espíritus, solo la voluntad y la magia. Solo tenía una alternativa, forzarse a lanzar un conjuro más. Demasiado cansado para otra esfera psíquica, Ezequiel invocó un proyectil como había hecho el gato antes. Tuvo suerte y la criatura recibió la descarga completa. Mientras se desvanecía Ezequiel se dejó caer sobre el suelo cubierto de escarcha, había estado cerca…
- Desátame antes de que venga el carnicero – escuchó decir al gato. – Tenemos que salir de aquí.
- ¿El carnicero? – preguntó Ezequiel mientras comenzaba a pelearse con los nudos.
- Es un shaman tóxico – Las palabras de Gato hicieron que todo tuviera sentido. ¿Cómo había podido olvidarlo? Alguien tenía que haber invitado al espíritu y cerrado la puerta a sus espaldas.
- ¿Es muy fuerte? – Ezequiel no creía que pudiera aguantar mucho más.
Gato negó con la cabeza.
- Eso no importa, tenemos que salir de aquí. Ya hemos cumplido con el espíritu. – Pero Ezequiel no estaba de acuerdo.
- Podría crearle un dominio, vender toda esta carne envenenada. – Ezequiel logró soltar al Gato.
- Espero que tengas un buen plan… - dijo el Gato frotándose las muñecas.
- Sí, pero primero tendremos que abrir esa puerta.
Ezequiel se inclinó sobre el Gato, ¿se llamaba Neko?, e invocó un conjuro de antídoto simple. El aspecto del Gato mejoró notablemente aunque aún tenía el rostro manchado de sangre reseca y las ropas destrozadas, aquello debía poner de muy mal humor al joven shaman gato. Pero no era el momento de preocuparse por banalidades, tenía que haber un modo de salir de allí, aunque fuera tirando la puerta abajo. Ezequiel no tenía intención de morir congelado.
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