jueves, noviembre 15, 2007

C55-Ezequiel, 14:30

El cuerpo de Neko temblaba entre sus brazos y había comenzado a formarse escarcha en su pelo negro. El joven shaman gato estaba débil por sus heridas y se enfriaba por momentos. El Gato clavó sus ojos rasgados en él antes de hablar.

- Tenemos que abrir esa puerta como sea. – dijo por quinta vez, se notaba desesperación en su tono.

- Dispararla solo servirá para que uno de los dos termine herido, la bala rebotaría en la puerta. – repitió una vez más, mientras frotaba los brazos del Gato para que entrase en calor.

- Llevamos varias horas aquí y la jodida puerta sigue cerrada. Los espíritus tampoco responden ¿Qué se supone que tenemos que hacer? ¿Sentarnos a morir? – Neko estaba realmente inquieto.

- Ten paciencia, el engendro tóxico ha debido consumir a los espíritus de este dominio, pero no tardarán en regenerarse – Respondió Ezequiel a sabiendas de que no era del todo cierto.

- ¡Eso podría tardar días! – Protestó el chico.

- Ten confianza, yo confío en Perro. – dijo Ezequiel con toda la confianza que pudo reunir.

Sin embargo Ezequiel sabía que el Gato estaba en lo cierto. Hacía ya unos cuarenta y cinco minutos que había intentado alcanzar el exterior mediante el plano astral, pero no había espíritus en la zona. Los espíritus regresarían al ocaso como muy pronto. Y lo peor era que incluso unas horas podía ser demasiado tarde. Los espíritus de dominios próximos no podían ayudarles tampoco, puesto que no podían traspasar los límites del dominio. Aún así, Ezequiel había ido en su búsqueda con la esperanza de que pudieran transmitir su petición de ayuda a alguien que sí pudiese ayudarles.

Aún no era su hora o eso quería creer. Se había negado a rendirse y alejó su conciencia de su cuerpo. Dejó de sentir el frío y la humedad que calaba hasta los huesos, dejó de sentir la calidez del cuerpo de Neko pegado al suyo, ya no escuchaba su respiración entrecortada. Su vista había cambiado y ahora podía ver el reflejo astral de la sala frigorífica. Aún podían verse los restos de la corrupción tóxica. Las paredes heladas tenían un aspecto sucio y malsano. La carne muerta estaba llena de pústulas y costras. A su alrededor todo tenía un aspecto ruinoso e insalubre. La puerta, que en el mundo material seguía intacta y cerrada, estaba cubierta de herrumbre y no ofreció ninguna resistencia cuando Ezequiel la empujó. El resto de la carnicería presentaba el mismo aspecto repulsivo y ruinoso. Ezequiel había salido de allí lo más rápido que pudo. En comparación con la sensación opresiva que había tenido en la carnicería, salir al estrecho callejón había resultado liberador… le habría podido imitar con su cuerpo a su espíritu.

Y, como si hubiera estado esperándolo en aquel lugar, Ezequiel encontró un espíritu de Perro frente a él. Aquello le tranquilizó, era una buena señal. El Perro se había quedado allí mirándolo con aquello ojos inmensamente sabios que tan bien conocía. Aunque Perro no había dicho nada, lo había entendido perfectamente.

- ¿Por qué me has llamado? – habían dicho sus ojos.

- Estoy en apuros, necesito tu ayuda. – Perro no había respondido, pero Ezequiel había sabido que tenía toda su atención. – Estoy atrapado ahí dentro – había dicho señalando la carnicería cuya sombra se cernía ominosa sobre el callejón.

Perro había observado la puerta que daba a la carnicería y caminó frente a ella de un lado a otro como haría un animal enjaulado frente a las rejas.

- No puedo entrar – Habían expresado sus movimientos.

El poseedor del dominio le vetaba la entrada, otra vez el shaman tóxico se había interpuesto en su salvación. Perro había ladrado amenazadoramente hacia la puerta, le había mirado de nuevo y se había ido. Ezequiel había deseado que encontrase ayuda, pero no lo tenía fácil. La mayoría de los espíritus no podían abandonar sus dominios y mucho menos entrar en otros sin invitación. Los elementales tampoco podían responder a su llamada, estaban atados a sus invocadores herméticos. Se habían quedado sin alternativas y la maldita puerta seguía cerrada.

De modo que Ezequiel había regresado a su cuerpo y recuperado de golpe todos sus sentidos. Lo peor había sido el mordisco del frío y el cuerpo entumecido.

- ¿Hemos tenido suerte? – Había preguntado Neko esperanzado.

Ezequiel había negado con la cabeza incapaz de articular palabra. La decepción en el rostro del joven había sido dolorosa y aún seguía siéndolo ahora. El tiempo dentro de aquella tumba de hielo parecía arrastrarse y cada segundo era como una eternidad. Incluso el mínimo gesto de respirar suponía un esfuerzo y cada bocanada de aire gélido abrasaba sus pulmones. Ya no sentía los dedos y cada vez le era más difícil permanecer despierto. Deseaba quedarse dormido y olvidarse de todo. Solo que si se dormía, jamás volvería a despertarse y su cadáver congelado se uniría a los de las vacas que colgaban del techo. Si hubiera estado solo tal vez habría cedido a una muerte fácil, pero le debía a Neko el seguir luchando. Con cada segundo, cada minuto que pasaba, su esperanza se iba diluyendo, hasta que no le quedó ninguna.

Solo le restaba una voluntad testaruda de no rendirse, de aguantar hasta el final cuando se abrió la puerta. La silueta de un hombre cubierto por una gabardina vieja obstruyó la luz por unos segundos antes de desaparecer. Había perdido la noción del tiempo y aún estaba algo aturdido, pero su cuerpo reaccionó por él. Sin que fuera consciente de ellos se había puesto en pie ignorando las quejas de sus maltrechas piernas. Ezequiel apoyó al semiinconsciente Neko sobre sus hombros y traspasó con esfuerzo el umbral de la puerta. El calor al salir le golpeó como su fuera tangible. El cambio de temperatura hizo que se marease durante un instante, pero logró no desmayarse. Poco a poco comenzó a sentir de nuevo los dedos, era una sensación dolorosa pero agradable. Pero ¿quién les había abierto la puerta? Ezequiel no lo vio y en aquel momento no estaba para preguntas, todo lo que quería era irse y recuperarse del cansancio y las heridas.

- ¡¿Qué?! ¿Cómo habéis salido? – dijo una voz chirriante.

Ezequiel se volvió hacia ella y enfocó sus ojos en el individuo que había hablado. Era un hombre de aspecto enfermizo y grasiento. Su escaso pelo rubio estaba pegado a un rostro sudoroso y lleno de marcas de granos. Era todo pellejo y huesos, pero pese a ello, o tal precisamente por eso, tenía el vientre hinchado. Sus ropas estaban manchadas por sustancias inidentificables y tenía un olor rancio y dulce. Al verlos, sus manos se había cerrado como garras sobre la empuñadura de un enorme cuchillo de carnicero y había sonreído sádicamente revelando unos dientes podridos.

- Deberíais haberos quedado ahí, ahora tendré que mataros. – Su voz sonó como si arañasen una pizarra.

Ezequiel no tuvo tiempo de responder. Sintió que aquel asqueroso tipo estaba concentrando su voluntad y eso solo podía significar una cosa: era el shaman tóxico. El carnicero había formado una bola de energía verde crepitante y la arrojó hacia el Gato y él. De un modo completamente instintivo respondió al ataque mágico. Su voluntad comenzó a deshacer la magia del shaman tóxico y amortiguó el daño, pero no fue suficiente. Ezequiel sintió como su carne se abrasaba al contacto de la bola, pero había conseguido proteger a Neko. Aquel shaman tóxico se había equivocado si pensaba que se rendiría.

Sabía que no había espíritus en la zona, por lo que descartó las invocaciones, en lugar de ello entonó un canto apache al sol y sintió como las llamas acudían desde el plano astral a este. Su conjuro tomó por sorpresa al miserable y la bola de fuego le estalló en la cara. El shaman tóxico había recibido quemaduras graves, pero resultó mucho más resistente de lo que su aspecto sugería.

- ¿Aún te quedan fuerzas? – el carnicero rezumaba odio – Resérvalas para mi nuevo amigo.

Ezequiel miró con horror como un nuevo espíritu tóxico se materializó en la sala. Era un espíritu diferente al de la sala frigorífica, pero tenía algo en común con él. Ambos tenían un aura que le recordaba lo que había visto en su viaje a la torre, eran engendros del espíritu tóxico.

- Destruiste al otro que tenía, es una suerte que últimamente haya tantos. – El shaman tóxico rió.

Invocó toda su voluntad en el espíritu esperando que el hombre estuviera demasiado herido para invocar su magia más poderosa. Aún empleando sus últimas energías no estaba seguro de que bastase contra aquel espíritu. Sentía como el espíritu tóxico perdía poder, pero también él se estaba debilitando. Pronto no le quedarían fuerzas y lo sabía. El espíritu tóxico dio un paso hacia él, pero luego pareció dudar. Había alguien en la puerta. Su rostro estaba oculto por un sombrero aplastado y una bufanda deshilachada. Una gabardina vieja sobre montones de ropa muy usada y unos guantes de cuero desgastados completaban el cuadro. Sin mediar palabra entró y golpeó al espíritu tóxico. Todo sucedió muy rápido, el espíritu retrocedió por el impacto mientras el carnicero hundía su cuchillo en el recién llegado. No gritó y entonces Ezequiel comprendió: no había nada bajo aquellas ropas, desde el principio había sido un espíritu el que les había abierto la puerta, un espíritu libre. Pero no tenía tiempo para considerar las consecuencias de aquello.

El espíritu libre continuó golpeando al espíritu tóxico. Tras ellos, el carnicero estaba creando una nueva bola de energía. Esta vez no podría defenderse contra ella, todo dependía de aquel espíritu libre. Los guantes de cuero gastado golpeaban una y otra vez al espíritu tóxico sin que este pudiera apenas contraatacar, pero el shaman tóxico había terminado de formar su bola de energía. Ezequiel gritó una advertencia sabiendo que sería inútil. Pero antes de que el carnicero pudiera arrojar la bola, se oyó la detonación de un disparo. La energía del conjuro se disipó y el shaman tóxico se miró incrédulo el agujero del pecho. Ezequiel tampoco sabía lo que había pasado y se giró sorprendido. Neko estaba en el suelo sosteniendo una pequeña pistola que aún humeaba.

- Al final la pistola ha sido útil. – dijo débilmente.

Ezequiel sonrió al shaman Gato y devolvió su atención al combate entre los dos espíritus. El engendro tóxico estaba ya muy debilitado y había dejado de prestarles atención. Ezequiel se concentró una vez más para unir su fuerza a la del espíritu libre. Y no solo él, Neko también aportó su parte. El espíritu no pudo resistir más, el siguiente golpe fue el último.

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